Reseña

Noventa y tres

La historia de esta novela, más o menos corta, más o menos compleja, está hilvanada de una forma magistralmente sólida. Ningún cabo queda suelto al final
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  
Escritor

Noventa y tres (Quatre-vingt-treize) es el título de la última novela que escribió el hombre de letras francés más grande de todos los tiempos: Victor Hugo. La publicó en 1874, y con ella cerró su dilatadísima y prolífica obra de narrador. Su nombre, lacónico pero sugestivo, hace referencia al año 1793, uno de los más trascendentales y emblemáticos de todo el proceso que significó la Revolución Francesa: el denominado “año del terror”, cuando por todas partes rodaban cabezas por la hoja de la guillotina. Novela histórica (cargada también de un romanticismo social de denuncia), en ella lo real se va mezclando con una historia ficticia muy particular que no pudo ser sino obra del vuelo imaginativo de su autor.

Compré este libro hace varios años, y una vez que lo hice, lo guardé por mucho tiempo, pues el título no me seducía mucho, como sí lo habían hecho en cambio Nuestra Señora de París, El último día de un condenado a muerte y, por supuesto, Los miserables. Intenté leerlo varias veces, pero todas abortaron en intentos fallidos. 

Me quedaba en las primeras páginas. Sin embargo, hace poco me dieron ganas de leer una buena novela y a un buen novelista, y decidí darle una oportunidad más. Lo que descubrí en sus páginas me sobrecogió y hechizó tanto como lo hicieron Los miserables, hace ya mucho tiempo. En Noventa y tres hallé a ese mismo Victor Hugo profundo, imaginativo, reflexivo, épico y erudito que había sido capaz de tocar las teclas más íntimas de mi espíritu con su arte.

Novela relativamente corta, su historia más o menos compleja está hilvanada de una forma magistralmente sólida. Ningún cabo queda suelto al final. Hay varios personajes que, en un principio, parecerían accesorios o no tener función alguna en la trama central, pero que a medida que ésta se desenvuelve, van apareciendo y justificando su existencia. Es el caso, por ejemplo, de Micaela Flechard, la joven mujer madre de tres hijos que queda viuda, herida y despojada de sus vástagos por soldados que defienden la monarquía, y que por buena parte del libro desaparece, para al final irrumpir nuevamente en escena y ser el pivote central del mensaje de la narración. Ésa, la de Micalea y sus hijos, es la parte ficticia y poética. 

La otra parte de fondo es la histórica, en la que Hugo tampoco se queda corto, pues hace gala de su talento como conocedor profundo de la historia de la Revolución Francesa y moralista, aludiendo tanto a lugares específicos donde se libraron ciertas escaramuzas, cuanto a personajes que se enfrentan a dilemas éticos y que cambiaron el rumbo de la historia mundial para siempre.

Noventa y tres es un canto épico o una epopeya en prosa. Victor Hugo, el Homero de la Francia republicana y revolucionaria, cree que el hombre es bueno por naturaleza, y que en su última novela debe dar testimonio de esa nobleza inherente que al final debe triunfar en todo tiempo. Atrás quedaron las personalidades amorfas, monstruosas y viles de Claude Frollo, de Han de Islandia y del verdugo de El último día de un condenado a muerte… 

Atrás quedó y para siempre la miseria de los Thénardier. Ya han cumplido su misión en su obra narrativa. La lucha entre el bien y el mal ya no es más. Ahora solo queda que su pluma dé al mundo el alegato de la nobleza de que es capaz el hombre, nobleza que no es una sola, sino que puede ser presentada bajo muchas y diversas formas… 

Sí, porque la ortodoxia ética, moral, religiosa y política también es, en sus distintas manifestaciones, causante de divergencias irreconciliables, de enconos que pueden desembocar en la misma muerte. Así, se enfrenta el bien contra el bien en una lucha bella y gloriosa, como la que libraron Jacob y el ángel. Esta lucha está encarnada por Gauvain, por un lado, y Cimourain, por el otro. Ambos son fervientes defensores de los principios revolucionarios, pero el uno es quimérico, soñador, idealista, como Jean Valjean, mientras que el segundo es recto, inexorable, sistemático, armónico, como el policía Javert. 

El uno quiere al hombre como Homero. El otro lo quiere como Euclides. Un tercer personaje (éste adicto a la monarquía) completa la saga de la nobleza y el heroísmo: el marqués Lantenac, también de ideales altos y nobles como los otros dos, pero en un bando político antagónico. A través de los tres, Hugo expone sus ideas sobre la justicia, la sociedad, la ley y Dios.

Un pasaje de la narración nos lleva a una taberna lúgubre, propiamente un café en la calle del Pavo-real, donde platican y debaten apasionadamente, en secreto, tres hombres. Hablan primero sobre el curso de la revolución, y, como es usual en este tipo de diálogos, los ánimos llegan a caldearse tanto, que la charla degenera en trivialidades personales en las que los tres se reprochan y recriminan sus yerros políticos y personales. 

Los tres hombres son Robespierre, Dantón y Marat. Y aquí un rasgo técnico del texto. Noventa y tres es una novela en la que el diálogo (entendido como el parlamento de los personajes) se impone a la narración y las descripciones del autor. Y es a través de este recurso que Victor Hugo resucita a sus personajes históricos dándoles vida nuevamente, y da vida también a sus personajes imaginarios, tal como si estuvieran con nosotros o como si hubiesen existido en realidad. Como dijo el novelista Gustave Flaubert luego de leer esta obra: “…los personajes hablan como actores. No se le ha dado a este genio el don de crear seres humanos. Si lo hubiese tenido, Hugo hubiese superado a Shakespeare”.

Otra de las cosas dignas de destacar en esta novela, y de la que Victor Hugo ya había hecho gala en Los miserables y sobre todo en Nuestra Señora de París, es la descripción que en ella se hace de la arquitectura y el urbanismo, particularmente del castillo de la Tourgue y su torre.

Una de las más valiosas enseñanzas que entraña la novela, es que por encima de la guerra civil, de las posiciones políticas cerradas, de los odios personales (que son fruto de aquéllas), por encima de las cuestiones terrestres en las que campean solamente dilemas efímeros, puede darse un testimonio de solemne humanitarismo y puede intervenir una verdad superior, para dar libertad a los cautivos y esperanza a los débiles. Así lo hace Lantenac. Esta imposición de una acción benévola suprema, para Hugo y para quien siente en el corazón esta novela, es solamente prueba de la existencia de Dios. Para que Hugo haya escrito esta obra, tuvo que haber estado bajo la inspiración del Espíritu Santo. No hay otra explicación para que haya escrito cosas tan profundas y tan bellas.

El grito que queda en la cabeza del lector, al caer la hoja de la guillotina sobre Gauvain, es el de los revolucionarios que —pese a haber entregado sus vidas por salvar las de los tres niñitos hijos de Micaela— siguieron guardando en su corazón un ideal supremo: “¡Viva la República!”
 

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