Perfil

Gabriela Mistral, poeta de la naturaleza

El primer Nobel de Literatura latinoamericano fue para la autora de obras como Tala y Lagar. De maestra rural a poeta imprescindible del español.
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Winston Manrique Sabogal
Periodista y director-
fundador de WMagazín

Bajé por espacio y aires y más aires, descendiendo, sin llamado y con llamada por la fuerza del deseo, y a más que yo caminaba era el descender más recto y era mi gozo más vivo y mi adivinar más cierto, y arribo como la flecha éste mi segundo cuerpo en el punto en que comienzan Patria y Madre que me dieron.

Son los primeros versos de Hallazgo, del libro póstumo Poema de Chile, de Gabriela Mistral. La poetisa nacida como Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga falleció un 10 de enero de 1957. Hallazgo es un poema río en cuyos versos confluyen los afluentes temáticos mistralianos: la naturaleza, el paisaje, la infancia, los niños, la maternidad, el dolor, la solidaridad, el amor, el americanismo, el tiempo-muerte… Y si en estas primeras palabras Mistral expresa la génesis de una historia, a medida que avanza la desarrolla y hacia el final el poema se adentra en la muerte:

Cómo me habían de ver 
los que duermen en sus cerros 
el sueño maravilloso que me han contado mis muertos.
 Yo he de llegar a dormir 
pronto de su sueño mismo
 que está doblado de paz, 
mucha paz y mucho olvido,
 allá donde yo vivía, 
donde río y monte hicieron
 mi palabra y mi silencio
 y Coyote ni Coyote 
hielos ni hieles me dieron.

Mistral nació el 7 de abril de 1889, en Vicuña, en los altos Andes. Murió cuando tenía 67 años. Obtuvo el primer Nobel de Literatura para América Latina en 1945. El año que terminó la Segunda Guerra Mundial, la catástrofe más grande creada por el ser humano. 

Una maestra rural que alcanzó la gloria junto a los más grandes autores del siglo XX por obras como Desolación, Ternura, Tala y Lagar. El galardón le fue otorgado, según el acta de la Academia sueca, “por su poesía lírica que, inspirada en emociones poderosas, ha hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”.

En sus poemas se reflejan dos mundos, América y Europa. Y dos clases de sentimientos: los más íntimos y los públicos que abogan por la solidaridad. 

Es una poesía tapizada de lo autóctono, pero donde resuenan el panteísmo religioso y las creencias venidas de ultramar. Desolación (1924) es el poemario que empieza a poner en boca de todos la obra de esta maestra de escuela. Coloquial, natural, directa, pasional y sensible a los sentimientos y al entorno, la ilusión y el dolor ante la muerte.

En Tala (1938) su espíritu religioso vuelve a aparecer y se alterna con la naturaleza, la maternidad y la solidaridad con la gente más necesitada. Era la obra preferida de Mistral. Y la Academia sueca, en la ceremonia del Nobel dijo: “En 1938, su tercera gran colección, Tala (título que puede traducirse como estragos, pero que también es el nombre de un juego infantil), apareció en Buenos Aires para beneficio de los niños víctimas de la Guerra Civil española. Contrastando con el patetismo de Desolación , Tala expresa la calma cósmica que envuelve a la tierra sudamericana cuya fragancia llega hasta nosotros. Estamos otra vez en el jardín de su infancia. Escucho nuevamente los diálogos íntimos con la naturaleza y las cosas en común. Hay una curiosa mezcla de himno sagrado y canción ingenua para niños; los poemas sobre pan y vino, sal, maíz y agua, agua que se puede ofrecer a los hombres sedientos, ¡celebran los alimentos primordiales de la vida humana! …”.

Ese lirismo terrenal y sentimental y de fe lo confirma en Lagar (1954) en cuyos versos late con fuerza su admiración por la naturaleza, una clara vocación americanista. Su poesía retrata las emociones de sus gentes, de su América Latina que siente desamparada (es la presencia del dolor por los seres amados ya muertos), a veces, incluso, dejada de la mano de su Dios.

La conjunción de varias de esas emociones y de esa alteridad de sentirse otra, pero reconocerse la que es en verdad, son poemas como este de El amor que calla:

Si yo te odiara, mi odio te daría en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres, tan oscuro!
Tú lo quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.
Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la muerte!

La poesía de Gabriela Mistral procede del modernimo, de Amado Nervo o Rubén Darío, pero luego hizo su propio camino. Uno marcado por las penas, por la sensación de abandono y orfandad. Cuando tenía 3 años su padre dejó el hogar, luego en su juventud un exnovio se suicidio, y de aquel suceso surgieron sus Sonetos de la muerte. Años después se suicidaría un sobrino.

Heridas que la acompañaron y acecharon, permanentemente, en su vida errante. Pues por su doble condición de ejemplar profesora o gran poeta viajó por México, Estados Unidos, varios países de Europa, Argentina, Brasil…

La infancia y la maternidad son dos de los aspectos más populares de Gabriela Mistral. A los niños, sus derechos o sus temores dedicó hermosas canciones de cuna y rondas. Varias de ellas están reconocidas en antologías como Gabriela Mistral para niños (Ediciones de la Torre).

Pablo Neruda la recuerda así en sus memorias: “Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Era la nueva directora del liceo de niñas. Venía de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral (…). La vi muy pocas veces. Lo bastante para que cada vez saliera con algunos libros que me regalaba. Eran siempre novelas rusas que ella consideraba como lo más extraordinario de la literatura mundial. Puedo decir que Gabriela me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos y que Tolstoi, Dostoievski, Chejov… entraron en mi más profunda predilección. Siguen acompañándome”.

 

 

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