Cuento

Montserrat en el teatro

Cuando un hombre no llega a tener a la mujer querida, aquél se hace una noción sagrada de la dama a la que adora...
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada 
Escritor

Montserrat hizo su entrada tranquila y digna. Vestía de blanco y sus facciones, ya de por sí atractivas, resultaban todavía más seductoras resaltadas por la luz de las lámparas de araña. Había decidido mantener una actitud de valor y parecía confiar en su inocencia. Buscó el asiento más cercano al escenario, se sentó y puso sus ojos en las tablas, pero el telón aún no se había levantado. Asistía desde hacía mucho tiempo. Estaba sola; su madre vivía en otra ciudad, su hermana menor se había quedado en casa haciendo bordados y recogiendo lirios y a su padre jamás le había interesado nada que no fueran la caza, los naipes y las finanzas.

En el palco, viéndola como se ve a una alondra que está a punto de volar, estaba el señor Palacios, conde del pueblo de D. Vestía de luto porque su esposa había muerto hacía diecisiete días, pero cuando vio a Montserrat olvidó todo su duelo; el estar vestido de un negro como el azabache y el verla de un blanco de nieve, le arrancaron un suspiro cual el de los enamorados de veinte años, pues por un momento olvidó dónde estaba, y se imaginó a sí mismo en una iglesia, a punto de casarse con quien había sido siempre para él como una promesa divina.

Un ruidito insoportable de voces que chismeaban todas al unísono dominaba el ambiente. El marqués de T. hablaba del incesto de dos personas de la corte, la emperatriz de R. comentaba con malicia las fallas de los vestidos de otras damas, el cónsul de Inglaterra hablaba de las inversiones que tenía en unas minas y los consejeros platicaban acerca de la última hazaña de Napoleón y de su separación de Josefina.

 Palacios contestaba negativamente a todo lo que escuchaba, porque había aprendido que cuando la mente anda perdida, la mejor respuesta a todo es siempre un no antes que un sí. 

Había quedado absorto en el brillo de las perlas que adornaban la garganta de una señora que, pocos metros más abajo, blandía elegantemente un abanico, y había clavado la mirada particularmente en una que daba solemnidad a ese pecho y se veía tan esplendorosa como un diamante.

Entró el duque Augusto, con toda su galanura y buen porte, teniendo ceñida del brazo a su mujer, y casi todos –menos dos amantes que se miraban a los ojos como si no hubiese de haber un mañana– dirigieron la mirada hacia la puerta. Sonriendo a izquierda y derecha, con ese gesto de alegría simulada que tienen los que deben saludar por cumplir, el duque se acercó hasta la primera fila y se sentó al lado de Montserrat. El acomodador cerró la puerta con fuerza y las lámparas de araña se apagaron.

“Largos años os gocéis”, dijo la que hacía de Inés. Apareció Costanza y “Si son como yo deseo, casi inmortales seréis”, agregó. Luego entraron Casilda, el Cura, Peribañez, los labradores y finalmente los músicos.

Los invitados tenían la cabeza en otro mundo; Palacios rascaba la empuñadura de su espada de puro nervios y muchas mujeres no entendían nada de lo que sucedía en el escenario. (Había, eso sí, un escritor en la cuarta fila que tenía su vida y alma puestas en la representación).

“Senado, con esto acaba la tragicomedia insigne del comendador de Ocaña”, sentenció Peribañez. Y el telón cayó.

Palacios soltó el nudo de su pañoleta y después se deshizo de ella porque le hacía sudar la frente, se levantó de su sitio y comenzó a bajar. En la platea se caló los guantes, se puso el sombrero y se ensalivó el copete que se le había caído por la transpiración. Le pareció ver a Montserrat platicando con la mujer del duque, y comenzó a recordar la declaración que había hecho a su difunta esposa para hacerle el corte, hacía ya muchos años, en una campiña de Aragón, y que tan buen resultado había dado. Montserrat era quince años menor, ¡pero eso qué importaba! “La vida conyugal, cuanto más desigual en edades, tanto más dulce se presenta”, le había dicho su abuelo, quien llevó 21 años a su esposa.

Es posible que Montserrat haya tenido tantos defectos como los tiene cualquier persona, pero ocurre que cuando un hombre no llega a tener a la mujer querida, aquél se hace una noción sagrada de la dama a la que adora, y esto era justamente lo que había ocurrido con la imagen de Montserrat en el espíritu de Palacios. Se habían conocido en una boda cuando éste tenía treinta y cuatro y la muchacha solamente diecinueve. Desde entonces, el conde se había fijado en ella como fija un aventurero su atención en la belleza de un horizonte a la hora del atardecer, e incluso habiendo estado casado con su mujer, nunca había echado por tierra la esperanza de tener un día entre sus brazos a la jovencita Montserrat.

Pasaron cinco años. Ahora ella tenía veinticuatro y él casi cuarenta. Palacios estaba empezando a perder su pelo castaño en la parte frontal, pero seguía apuesto y esbelto y sus ojos pardos no habían perdido brillo; Montserrat, con veinticuatro, estaba en la lozanía plena y su cuerpo era tan fresco como una flor primaveral. La ciudad la tenía como la más hermosa, pero esa noche su figura ya rayaba en la perfección. ¿Podían ser posibles aquel rostro, aquella cintura, aquellas manos? Por su piel y su vestido, era tan blanca como una nube de verano, y se podría decir que era como un fantasma aparecido en lo más hermoso de un momento nocturno: una lividez andante que causa fascinación.

Mientras los actores pasaban por su lado, el conde se armó de todo el valor posible y esperó en la puerta. Los nobles pasaban también al lado suyo. Palacios, sin embargo, no lo notaba porque había perdido la noción del tiempo y el espacio; era como si hubiese estado en el vacío del universo; solamente esperaba el momento. Cuando ella estaba ya solo a un par de metros, tomó aire y dijo, extendiendo la mano:

–Señorita, dejadme acompañaros hasta vuestro carruaje. Vuestro cochero ya os espera.

La muchacha pasó insensible, inadvertida, o distraída, con la mirada fija en un punto perdido de su camino. Sus ojos, inmóviles como las estrellas, eran brillantes y negros como pedazos de ónix. El conde quedó desconcertado.

Salió el duque Augusto, teniendo ceñida del brazo a su mujer y despidiéndose de todos con una sonrisa en la cara, con ese gesto de alegría simulada que tienen los que deben despedirse por cumplir. Y dijo a Palacios:

–Señor conde, hace siete días falleció la muchacha más bonita de la ciudad. Elevad esta noche una oración por su eterno descanso. La sabía amiga vuestra. Todos los jóvenes apuestos la lloran y guardan duelo en su memoria.

Palacios, parado en la puerta, todavía viendo al cochero en el carruaje, tomó la noticia con impavidez. Si el lector piensa que su espíritu se desmoronó, se equivoca. El conde siempre había pensado que una realidad así de perfecta como ésa de aquella noche podía ser no tan cierta, y por tanto siempre, aunque sin saberlo, había estado preparándose para no tenerla nunca o para que ella fuese como un sueño.

Porque el ideal pertenece a los cielos. No lo alcanzan las manos de los hombres ni el corazón humano. Ella era un ideal. Y su figura, blanca como la nieve que cubría la calle, desapareció entre la espesa bruma.

Toda su vida siguió evocando a quien fue para él inalcanzable, remota. Porque el hombre que ama sigue percibiendo, en sus sueños y aun en la misma realidad, a la mujer que ya no existe. Hasta donde sabemos, el conde Palacios jamás perdió la cordura: tenía plena conciencia de que se trataba de una realidad increíble de la que solo él podía ser partícipe. Vivió cincuenta y cuatro años más, hasta los noventa y tres, elegante y guapo en su ancianidad y perseguido por una sombra hermosa a la que solamente él podía ver.

 

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