Reseña

Puntos de partida

Publicamos aquí la introducción de El garabato y la letra que sale justamente estos días. Cuenta su autor, en esta advertencia, de qué trata este libro sui géneris.
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

¿Qué reúne a todas estas páginas en un mismo libro? Páginas de garabatos, páginas de poemas, páginas de ensayos, páginas en blanco. ¿Qué hacen en un mismo lugar?

Todas ellas atraviesan, hay que decirlo, un mismo desfiladero y, por mucho que nunca acaben de confluir en ninguna parte, se verá que se atraen entre sí, coinciden o se alejan en ciertos parajes, se hacen señas. Crecen en la grieta de su diferencia pero abrevan en parejas rupturas y bordes, entre la escritura y el garabato, lo legible y lo ilegible, la borradura y el trazo, allá donde el sentido hace aguas y el lenguaje recurre a extremos fronterizos, a tiempo de despeñarse en trazos, poemas, signos sin solución.

Pasando las páginas, el lector se verá frente a poemas unas veces, otras frente a escrituras a secas y otras, aún, en sendos capítulos (sobre Vallejo, Michaux, Lispector, Artaud) u otros más cortos,  cuando no todas estas páginas atienden, a su vez, a otra apelación glosolálica que se insinúa en alfabetos en ruinas, dibujos/escrituras, inciertos trazos. Supuestas letras o signos que hablan sólo a la mirada y no se traducen en ningún sentido ni palabra conocida. 

¿Podría acaso darse una glosolalia visual?

La vecindad entre caligrafía y pintura, entre garabato y letra, por otra parte, se remonta hasta muy lejos; incluso, si queremos, hasta los orígenes. Primeros glifos. Orígenes de la escritura, orígenes del dibujo, orígenes de la pintura. Primeras cavernas, primeras tablillas. 

Y las más viejas inscripciones, seguramente, también se hicieron junto a las primeras ofrendas. Pero esa vecindad entre imagen y escritura se encuentra, también, en las páginas iluminadas de las Biblias medievales, en que las letras mayúsculas se elevan a los cielos rodeadas de colores y de fintas, cuando trazos, pinceles y ángeles bailan por los márgenes de las páginas. 

La tentación de la página iluminada deja aquí sus cicatrices.

Se encontrarán poemas que se leen normalmente y otros que sólo se miran. Y si bien es cierto que también se hallan prosas ensayísticas, tampoco éste es un libro de ensayos, mucho menos de crítica, aunque tal vez todo él sea un ensayo, como intento, de otro libro, una tratativa –en el sentido más literal de la palabra– de escapar a todo eso sin dejar de ser todo eso. Lo que más interesa, en el fondo, es el lugar en que “esto” se da u ocurre como tal libro, como tal ensayo-de-libro.

A pesar de su tan evidente dispersión, a pesar de los diversos modos de expresión que concurren en estas páginas, éste libro querría, a pesar de todo, reclamarse de una vaga unidad, hacia la cual tiende y en la cual, asimismo, acaba por disgregarse.

La unidad disgregada es algo también detectable en las obras de los autores tratados aquí, a tiempo de que la misma posición e idea de “obras” se ve seriamente cuestionada. No solo por la relación de la obra con la vida, que en sus casos es de una inusual complejidad y entreveramiento, y no solo por los diversos modos de expresión que emplearon, como la pintura, el dibujo o el garabato, sino por la diversidad de pasajes que cruzaron, siempre nuevos, contradictorios, tácticamente periféricos y tocando límites, cuestionando la propia idea de sentido. 

El que sean justamente esos autores los que aparecen aquí, como habrá de verse, no es casual ni caprichoso. Tampoco es el caso de que hayan sido previamente elegidos en vistas a un plan general o idea que ilustrar. No. Están aquí en primer lugar, y esta es una confesión inevitable, por la forma diferente que tienen de tocar la propia vida de quien los lee, sin ofrecer ningún confort ni consuelo de nada, más bien desde el centro de una herida.

Vallejo es el único entre ellos que no se tentó, que sepamos, por el llamado de la imagen. Sin embargo, sí se dio otros modos para llevar el lenguaje a extremos en que éste toca sus límites, conoce sus anversos y crea, o explora, sus propias terras incognitas. Pero las vecindades con la pintura, los garrapateos, los cuadernos, los dibujos, los lápices y los colores, las plumas y las tintas, sí que ocuparon espacios importantes en las trayectorias de Michaux, Artaud, Lispector. Como si todos ellos, algún momento, hubieran dado el paso de los bordes de lo lingüístico a lo extralingüístico que se agazapa tras garabatos y pinturas. No por ello, sin embargo, llegaron a ser –ni nunca lo pretendieron– pintores o artistas “hechos y derechos”, mientras sus relaciones con el espacio plástico siempre estuvieron marcadas por su vecindad, oposición, confrontación o prolongación de/con la escritura, en su sentido más caligráfico: no en vano Michaux fue un incesante productor de alfabetos desconocidos.

Los dibujos de Artaud, hay que tomarlo en cuenta, siempre tienen letras, frases o palabras que los surcan. Pueden ser títulos o pueden ser palabras-puestas como partes del dibujo. Como conduciendo una operación, Artaud apela a la eficacia mágica de los dibujos, como rebalses de la escritura (si no al revés) o aún como una anterioridad al propio lenguaje, en la búsqueda de una Parole anterior a las palabras (mots). 

Michaux por su parte, siempre en huida de cualquier forma o gesto establecido, se apoyaba fuertemente en sus ensayos gráficos, en garabatos y alfabetos, en el trazado de “signos sobre todo para retirar su ser de la trampa de la lengua de los demás”, reclamando por “otros medios de expresión que las palabras…”. 

También se traducen unos poemas suyos originados en la consideración de ciertas caligrafías chinas. “Viajes de expatriación/ de la lengua”, se lee en el primero.

A Clarice Lispector, a su vez, la desgarraba la partición pintura/escritura y, desde los bordes de la escritura, añoraba la supuesta inefabilidad del trazo, que le parecía menos difícil, menos comprometedor. O, desde la letra, echaba de menos el garabato. De hecho, el personaje que habla en su libro Agua viva, es una pintora. “Sólo sé pintando o pronunciando sílabas sin sentido”, dice.

Finalmente, también van diseminados, por el libro, 20 poemas. Éstos tampoco son ajenos a las preocupaciones más evidentes de sus páginas, a sus trazados caligráficos y juegos de signos. Más bien doblan la vaga  apuesta general del libro y concurren, con sus propios medios, a un mismo espacio de interrogación. La poesía participa de aquel lugar indefinido y poblado en el que se exponen y revelan las grietas de la expresión, pero que también son sus nacimientos. No podía dejar de asistir, ella misma, al lugar en que se ausculta ese estremecimiento, difícil, por el que llegan a la luz el arte o la escritura, el garabato o la letra.
 

 

 

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