Esbozos culturales

Las creencias religiosas y el templo vacío de la sabiduría

La civilización bizantina se caracterizó por ser un centro de discusiones, debates y polémicas de castigos sobre sus diversas creencias religiosas, que derivaron en un sincretismo extenso e interminable.
viernes, 24 de julio de 2020 · 00:00

Óscar Rivera Rodas
Escritor

En medio de la pandemia que azota al mundo, el viernes 10 de julio, un tribunal de Turquía decidió cambiar, una vez más, la función del antiguo y famoso edificio de Estambul conocido como Ayasofya (en turco), o Santa Sofía (en español). Ahora los turcos tienen un nuevo espacio para profesar y prosternar sus sentimientos y prácticas religiosas musulmanas en una mezquita (masgid, árabe clásico, o “lugar de prosternación”). Desde sus inicios ese edificio fue sucesivamente iglesia católica, catedral, mezquita, museo y, hoy, nuevamente mezquita.

 El edificio fue construido por orden del emperador Justiniano (483-565), soberano del Imperio romano de Oriente desde agosto de 527 hasta su muerte. La construcción se realizó entre los años 532 y 537. En 558 un terremoto dañó la cúpula principal, lo que obligó a levantar una nueva en 563. Fue inaugurada como centro de la Iglesia católica apostólica y ortodoxa bizantina de rito oriental, de Constantinopla, nombre anterior de la actual capital turca. Entre 1204 y 1261 fue reconvertida catedral católica de rito latino; es decir, iglesia del pontífice romano.

 Sin embargo, más tarde, tras la invasión de Constantinopla por los turcos otomanos, el 29 de mayo de 1453, la construcción dedicada a la “santa sofía” fue transformada nuevamente y reconvertida al rito musulmán; es decir, convertida en mezquita. 

Así permaneció hasta el 1 de febrero de 1935, cuando el edificio fue transformado en museo, por Mustafá Kemal Atatürk (1881-1938), considerado el fundador de la República de Turquía. Notable fue su decisión de transformar el templo en museo. Ahora Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, decidió convertir el museo en mezquita.

El domingo 12 de julio, el pontífice católico Francisco, desde el Vaticano, dio un mensaje muy breve: “Mi pensamiento va a Estambul. Pienso en Santa Sofía. Estoy muy afligido”. 

 Es importante aclarar que el nombre “santa sofía” no refiere a ninguna de las mujeres declaradas y canonizadas «santas» por el rito católico. El término sofía es solo la transcripción latina de una  palabra griega s?f?as?f?a que significa sabiduría, tal como se observa en otro vocablo griego  que afirma el amor a la sabiduría, es decir, filosofía. El templo, en sus orígenes fue dedicado a la sabiduría, el grado más alto del conocimiento; de ahí que fuese considerada santa o divina. 

 El historiador alemán Wilhelm Oncken (1838-1905), autor de la extensa Historia Universal (en 45 volúmenes, 1876-1893), traducida al castellano entre 1917-1922, dedicó el tomo 18 a “El imperio bizantino y los turcos. Desde Justiniano I hasta fines del siglo XVI”. Ahí escribió: “El monumento más grandioso de esta clase, y que se ha conservado intacto en todas sus partes más esenciales, es la basílica de Santa Sofía, nombre que quiere decir “divina Sabiduría”, a la cual fue dedicada por el emperador Justiniano I que la hizo fabricar en el sitio que había ocupado otra iglesia construida por los Constantinos y que fue destruida por un incendio” (1918, 18: 61).

 Conviene destacar la valoración estética que implicó la visita de este historiador en el siglo XIX al interior de ese templo dedicado a la sabiduría. Escribió: “En toda esta basílica hay en los bajos y galerías hasta 100 columnas todas de mármol. No menos de 40 ventanas solamente en el perímetro de la cúpula principal dan acceso a la luz en el interior, donde es mitigada agradablemente al reflejarse contra los revestimientos preciosos de mármol de las paredes, y los ricos mosaicos que cubren el interior de las bóvedas”; más aún, de la fachada externa agrega: “El aspecto exterior en conjunto es el de una mole pesada, compacta, gigantesca y abrumadora; pero el del interior es grandioso, imponente y suntuosísimo” (1918, 18: 61-62). El historiador Oncken contempló el templo de la sabiduría.

 Otra aclaración necesaria se refiere al Imperio bizantino, cuyo nombre si bien remite a la ciudad capital Constantinopla, antiguamente llamada Bizancio, se distinguió sobre todo por el abrumador interés por las especulaciones religiosas desde las múltiples perspectivas de las religiones existentes entonces, algunas de las cuales perviven en el siglo XXI. 

La época bizantina, aunque tenía sus propias pestes a causa de la confluencia de Asia, África y Europa, vivía intensamente bajo la tenebrosidad e incertidumbre provocadas por los misterios propios de las mismas religiones, enfrentadas en su diversidad, a la que acababa de llegar la más joven e inexperta entonces: la cristiana, que empezó atraer en el siglo IV creyentes del imperio romano.

 El historiador ruso Alexander A.Vasiliev (1867–1953), considerado una autoridad en las investigaciones y conocimiento de la historia y cultura bizantina, escribió en su Historia del Imperio Bizantino (traducción, 1945) que el cristianismo y el helenismo, considerado “pagano” por los cristianos, se fundieron poco a poco en una unidad e hicieron nacer una civilización cristiano-greco-oriental que recibió el nombre de bizantina. El centro de ella fue la nueva capital del Imperio romano: Constantinopla.

 Por su parte, el historiador rumano de las religiones Mircea Eliade (1907-1986), en su valiosa Historia de las creencias y las ideas religiosas (4 volúmenes, 1999), afirma que en esa época se reafirman las influencias mutuas entre las religiones, como fue el caso de las creencias egeas, anteriores a los griegos, que persistían aún en épocas posteriores, en las que se encontraron estatuas del dios Zeus, considerado por los griegos el “padre de los dioses”, quien asimismo fue aclamado por su resurrección. 

Eliade apunta: “También en Creta se enseñaría más tarde la tumba de Zeus. Ello significa que el gran dios olímpico había sido asimilado a un dios mistérico que muere y resucita”; y respecto al periodo bizantino escribe: “En el Mediterráneo oriental, este proceso permitirá la incorporación de la herencia romana, helenística e irania en la estructura del Imperio bizantino y, más tarde, la conservación de las instituciones bizantinas por los otomanos” (1999, 1: 326)

 Ciertamente, la civilización bizantina se caracterizó por ser un centro de discusiones, disentimientos, debates, polémicas y amenazas de castigos sobre sus diversas creencias religiosas, que supervivían en tolerancia y fomento; y que derivaron, además, en un sincretismo extenso e interminable. 

Paradójicamente, los motivos de esas controversias eran los “misterios” o dogmas de sus respectivas y diversas creencias, que como tales carecían –y aún carecen- de verificación y constatación. En sus debates enarbolaban sus dogmas y creencias por encima de la sabiduría; reconocían algo sin conocerlo de manera directa o sin comprobación o demostración. De ese modo, las polémicas se reducían a conjeturas sin conocimiento suficiente, o juicios de algo solo a partir de indicios u observaciones superficiales.

 El historiador británico Edward Gibbon (1737-1794), considerado el primer historiador moderno, en su Historia de la decadencia y ruina del imperio romano (8 volúmenes, 1842-1847) destaca los debates de las mismas sectas cristianas de ese tiempo, específicamente a los pelagianos, nestorianos y eutiquianos.

 Escribió que la propagación de “las opiniones racionales de los pelagianos desde la Bretaña hasta Roma, África y la Palestina”, terminaron “calladamente en un siglo supersticioso”; pero, también destaca que “las contiendas de los Nestorianos y Eutiquianos desencajaban el Oriente con su empeño de desentrañar el misterio de la Encarnación; atropellando así la ruina del Cristianismo en su solar nativo” (1843, 4: 322). Y concluye el capítulo 37 de su Historia con el siguiente enunciado: “El eslabonamiento metafísico de los argumentos, las refriegas de la ambición eclesiástica, y su influjo político en la decadencia del imperio bizantino, podrán suministrar campo de historia instructiva e interesante desde los concilios generales de Efeso y Calcedonia hasta la conquista del Oriente por los sucesores de Mahoma” (1843, 4: 323).

 La época bizantina, tiempo de discusiones intensas sobre creencias religiosas, fue obviamente un periodo de desarrollo de la vida monástica, conversión a la fe cristiana, persecuciones a quienes se resistían y debían huir al África, y extinciones de sectas cristianas como el arrianismo. El gran modernista boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933) fue un gran conocedor de esa época, a la que dedicó el excelente relato Mosaicos bizantinos. Zoe.

 La pandemia del siglo XXI causó un efecto indiscutible en el mundo entero, por encima de las distinciones de Oriente y Occidente, Viejo Mundo y Nuevo Mundo. Ese efecto es la incertidumbre y el miedo; es decir la interrupción de expectativas y obligaciones a cumplir, o el deseo de realizarlas con cierta inseguridad de la mente oscura. El pensamiento se inhibe de toda afirmación respecto algo que es conocible en el presente, porque teme errar respecto al futuro. 

 El contenido de los libros llamados “sagrados” (biblias, evangelios, que existieron en más de un centenar en el siglo III) dejó de despertar las polémicas de la época bizantina. 

Para la reflexión actual son simplemente conjuntos de narraciones o relatos que, desde la estructura del lenguaje, no tienen ninguna diferencia respecto a las narraciones y relatos que alberga la ficción literaria. Acaso la ficción literaria sea más saludable a la experiencia humana que narración religiosa, porque mientras ésta quiere proclamarse testimonio verídico, aquella solo desea mostrar lo que puede ser la realidad humana restringida a sus propios límites.

 La pandemia, causada por un microrganismo de estructura desconocida para la ciencia del siglo XXI, cubre de tinieblas la sabiduría. En la mente humana, el pensamiento de la incertidumbre engendra un pensamiento relativo, o el relativismo que difícilmente puede distinguir lo que, en el pasado, se consideraba verdad.

 

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