Contante y sonante

Distracción y castigo

Algunos son capaces de los más viles actos y de las mayores deslealtades y de las más altas traiciones, en nombre de eso a lo que le dicen el arte de hacer política.
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:17

   Óscar García
Músico y poeta

El niño, cada vez que quiere,  para llamar la atención de sus hermanas malvadas, se distrae con una mosca que vuela errática, como si fuera ministro de cosas útiles en un hipotético gobierno elegido por un porcentaje magro de votantes políticamente correctos cuyas mayores acciones políticas fueron la indignación en sus cuentas, escritas desde un sillón heredado por un señor de las hornillas. 

Nombre de la tienda de electrónicos (El señor de las hornillas) que el susodicho dejó de herencia, junto a sendas tierras para el cultivo de papa pureja, allá en las tierras que en invierno cambian de colores, de paleta de colores, si fuera vista por aficionados al cine en tiempos de la audiovisión dominada por la visión, hasta hace como tres meses. Los nuevos colores son naranjas, violetas, café en degradé, escarlata en medio del frío.

 El niño, se decía, se distrae como si así fuera a llamar la atención. No es así. Se llama la atención con un buen suicidio, con unos buenos intentos de suicidio. Con mensajes perturbadores a teléfonos de familiares o amistades a quienes les fascina el berrinche y las secuelas del berrinche. Se llama la atención comprando un buen auto alemán de alta gama, con la plata producida por involucrarse con negocios con el narcotráfico y no sabe disimular. 

Se llama la atención exponiendo las presas en la redes, por supuesto, por razones de autoestima y de empoderamiento. Se llama la atención haciendo gala de las habilidades nuevas aprendidas durante 100 días de darle a cursos de toda índole y que algún rato servirán a juzgar por el panorama venidero, con fuertes tendencias a la diversificación de oficios y productos variados y por supuesto, de cambio brusco en las actividades de las personas.

 Quienes fueron eximios tocadores de bombo en la banda multitudinaria se convertirán, algunos, por supuesto, a hombres lobo en la luna llena. Las que otrora solían salir todos los viernes a probar nuevo consorte de ocasión para auto asentar las teorías del soltamiento veloz y del envejecimiento lento de los seres que como la mantis, se comen a la pareja de ocasión, para vivir y exponer su manera de vivir. Esa es otra forma de llamar la atención. 

Cuando se llama “poderosamente” la atención, es que se está ante seres que viven de la política, que no es lo mismo que un ser político a secas. Este último, sabe cosas elementales de la vida y lleva sus valores en la respiración y en todo acto y en toda palabra. 

Los primeros, todo lo contrario, son capaces de los más viles actos y de las mayores deslealtades y de las más altas traiciones, en nombre de eso a lo que le dicen el arte de hacer política. 

En esos ámbitos, todo llama poderosamente la atención. Que no es otra cosa que la generación de escándalo en el entendido en el que es lo que interesa. Un escándalo es más atractivo que un listado de políticas culturales coherentes y necesarias, de las mentes de personas a quienes quedó claro que la palabra cultura tiene tantas acepciones que quedarse con una, la que deviene de las bellas artes, es caer en un reduccionismo tal, que podría caber todo el universo en una nuez.

Cultura, en su más amplia acepción es todo lo que envuelve y ha heredado a la señorita de tres talentos que esgrimiendo un pincel en la siniestra, lidera el movimiento de los libres del limosnaje al Estado cuando en verdad, la señorita en cuestión y el cuadro liberado de mecenazgo, no son ni el problema, ni importan.

El niño mosca, una especie en peligro de proliferación, hace ruido. Mucho ruido. Pero ya se sabe, va a morir en pocas horas. Poco más de lo que dura una mosca normal en ciudades de altura. El niño mosca va a durar probablemente lo que dura la indignación en las redes sobre cualquier asunto. El niño mosca llama la atención de sus hermanos que se multiplican de forma exponencial y logarítmica. 

Para llamar la atención de sus cada vez más parientes, debe repetir las formas de llamar la atención porque cada vez aparecen nuevas parentelas a las que no pudo llamar la atención y en ello se le va la vida. Como a muchas gentes a las que se les va la vida llamando la atención sin lograr su cometido y dedicándose a la repetición. 

La repetición, como el eco, no es lo mismo que la repetición como recurso de las imperiosas necesidades del siglo presente en las ciudades, de demandar tanto la aprobación de los nombres sin rostro ni movimiento ni calor ni piel ni humedades ni sombra que acompañe, que si no se logra, la inexistencia es el auto castigo.

 

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