Mitología

Inmortalidades imperfectas

La primera en la lista de opciones de inmortalidad, en la imaginación colectiva y en el buen comportamiento, es la inventada por las religiones.
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:16

Jorge Patiño Sarcinelli
Matemático y escritor

La poetisa Sappho dijo que si la mortalidad fuese buena, los dioses la habrían preferido. Muy cierto; ellos se guardaron eternidad como privilegio y los humanos quedaron condenados a la condición de seres mortales que los define. Sin embargo, esa es precisamente la condición que ellos menos se han resignado a aceptar y desde que tienen consciencia vienen inventando e imaginando escapatorias de todo tipo a ese destino. 

Los dioses griegos liberaron a unos pocos humanos de su mortalidad convirtiéndolos en dioses –sentido original del término apoteosis– y otorgándoles el don de la vida eterna; a unos por sus hazañas, como Hércules; a otros por matrimonio o por su belleza; a Sísifo como castigo, etcétera. Estos se sumaron a los dioses en el goce de la inmortalidad, pero con la desaparición del Olimpo, en el mundo moderno esa vía para alcanzar la eternidad yo no existe. 

En tiempos modernos, la primera en la lista de opciones de inmortalidad por su importancia en la imaginación colectiva y en el buen comportamiento es la inventada por las religiones. La católica, por ejemplo, postula la existencia de un más allá, donde todos pasarían el resto de sus días hasta el juicio final; en las delicias del cielo, en los tormentos del infierno, en las angustias del purgatorio o en el maravilloso limbo de los que fueron buenos pero no bautizados. 

Durante cientos de años, los seguidores de la religión católica y otras creyeron a pies juntillas que había tales lugares, con nueve círculos para el infierno, y otros nueve para el purgatorio, once cielos y un paraíso celestial, y que la eternidad los esperaba, si tenían el buen comportamiento necesario para merecer esa gracia eterna, o si se confesaban a tiempo de los males pasados. Al borde de la muerte, el requerimiento del propósito de enmienda ya pesa muy poco.  

Pero, desde que se anunció el cierre del infierno y se hizo oficial una reinterpretación del cielo, no como un lugar, sino como un estado de gracia, esa forma de inmortalidad se ha hecho demasiado conceptual y ha perdido mucho de su atractivo para los menos inclinados a las nebulosidades de la filosofía. El golpe para muchas y muchos que han resistido todo tipo de tentaciones para escapar del infierno y alcanzar el cielo debe ser tremendo. 

Todavía en el ámbito de lo religioso, podemos incluir la posibilidad de la reencarnación, o metempsicosis, a través de la cual el individuo renueva su presencia en la Tierra adoptando varias formas humanas o animales hasta alcanzar la unión con un estado de conciencia más alto, a veces llamado nirvana. 

En este camino, la inmortalidad lleva el alma del hombre, más precisamente la esencia de su ser, de un cuerpo un material a otro; que puede ser en esta vida humano y en la siguiente cocodrilo, gorrión o cucaracha; y así sucesivamente.

Otra forma de inmortalidad a la que se ha dado una gran significado es la biológica: a través de la descendencia. Según algunas lecturas, el hombre (más que la mujer) hace todo lo que está a su alcance para dejar para el futuro la mayor cantidad posible de sus genes. Formas más precisas de esa teoría afirman que lo que los seres buscan en realidad es la supervivencia a través de la especie, no la del individuo. 

No dudo de que funcione como excusa y explicación de ciertos comportamientos sexuales, pero el apelo consciente es relativamente débil.

La religión y la biología no agotan las posibilidades disponibles de inmortalidad; más directo que el incierto camino ofrecido por ellas es la fama, buena o mala. Eróstrato, por ejemplo, quemó el Templo de Artemisa solo para pasar a la posteridad. Lo consiguió: miles de años después su nombre está en la memoria colectiva (de los ilustrados), en los libros y en Wikipedia. 

Él sabía que su hazaña era de maldad, pero muchos otros que quisieran pasar a la posteridad por ser buenos gobernantes serán recordados por sus fracasos y traiciones. 

Alguien puede pasar a la posteridad por escribir Cien años de soledad o porque Beethoven le dedicó una sonata, por gritar un carajo en vez de rendirse junto a un río, por mártir, por santo y hasta por criminal:  Jack el Destripador es recordado en los cinco continentes aunque nadie sepa quién fue. Hay quien es rememorado en la letra de una canción, como Alfonsina Stormi, o por haber compuesto muchas, como Violeta Parra, o por cantarlas maravillosamente, como Mercedes Sosa. 

Hay quien es recordado de boca en boca, como en el soneto de Shakespeare “vivirás siempre donde más alienta el aliento, en la boca de los hombres”. Hay quien lo es por ganar o perder una batalla, por dar su nombre a una plazuela, a una estrella, en la memoria de quien lo ha querido… todos en ese espacio invisible, inasible y perecedero que es la memoria colectiva.

No hay inmortalidad completa. Todas las formas disponibles –religiosa, biológica y buena o mala fama– implican  un sacrificio y una aceptación de qué parte sobrevive y cuál se queda atrás, bajo tierra. Todas plantean una pregunta existencial: Si quieres que algo de ti sobreviva para siempre, ¿qué forma escogerías? ¿Eres realmente capaz de pensar en esa esencia tuya separada de tu cuerpo y satisfacerte con ese desprendimiento eterno?

Para volver a lo mundano, yo, escéptico de las inciertas inmortalidades espiritual y biológica y amante de lo subjetivo concreto, acepto como ineludible consuelo una inmortalidad efímera y elegiría que un poema mío sea hecho canción popular. Pero antes de buscar al compositor, debo escribir un poema que sirva al propósito. En ello estoy.

Y tú, querido lector, ¿qué forma de posteridad elegirías?

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