La Bolivia posible

Mitre: “La minería es parte de nuestro ser histórico”

En la serie La Bolivia posible. Entrevistas a intelectuales bolivianos, el escritor Gonzalo Lema dialoga con el historiador Antonio Mitre, experto en minería y economía.
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:09

Gonzalo Lema
Escritor

 

Antonio Mitre nació en Oruro, Bolivia, cursó estudios en la Normal Nacional de Cochabamba y obtuvo el doctorado en el Departamento de Historia de la Universidad de Columbia, en Nueva York. De 1978 a 2013, fue profesor del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil. 

Es autor de obras sobre minería y economía boliviana como:  Los patriarcas de la plata (Lima, 1981); El monedero de los Andes (La Paz, 1986; México, 2004); Bajo un cielo de estaño (La Paz, 1993) y El enigma de los hornos (La Paz, 1993); y, sobre política boliviana: Nosotros que nos queremos tanto (Santa Cruz de la Sierra, 2008; Santiago de Chile, 2010). 

Varios de sus ensayos sobre pensamiento social y político latinoamericano fueron reunidos bajo el título El dilema del centauro (Santiago de Chile:  2002). Recientemente publicó un libro sobre el cine en Bolivia: La pantalla indiscreta (Plural, 2019), además de varios relatos breves y crónicas literarias como: El profesor de historia (La Razón, La Paz, 26 de octubre de 2014); Kafka o la incertidumbre de ser en la llajta y Las cuatro estaciones del cine (INTI. Revista de Literatura Hispánica, Providence, 2015 y 2020). 

Gonzalo Lema (GL): Parece preocupación reciente para los bolivianos el siglo XIX. Por supuesto que en este siglo se fundó la patria, que sucesivamente numerosos presidentes, caudillos y audaces la gobernaron, y que perdió su condición marítima. ¿Por qué la historia que aprendimos en la escuela y el colegio se concentró tanto en la narración de esos procesos políticos y tan poco en la dimensión económica? ¿Y cuáles fueron las consecuencias de esa falta de equilibrio?

Antonio Mitre (AM): Para responder a tu pregunta que alude al relativo olvido en que, durante mucho tiempo, cayó la historia económica del siglo XIX, creo que sería conveniente retomar la clásica distinción entre los términos “historia”, entendida como todo lo vivido por los hombres, vale decir, el río insondable del cual hablaba Heráclito y la “historiografía” como la labor que encauza una parte de esas aguas, la represa y allí pesca ciertos hechos, los analiza, interpreta y articula en una narrativa que se construye siempre desde un presente, permeado de ideas e ideologías, prejuicios e intenciones de las cuales no está libre el historiador. 

Sobre esa base, puede afirmarse, con seguridad, que los historiadores del siglo XIX y hasta muy entrado el siglo XX, estuvieron más interesados en “pescar” –recordar– acontecimientos políticos sin preocuparse por elucidar el asidero material en que se sustentaban, aunque siempre hubo excepciones importantes. 

Esa propensión deriva, en gran parte, de los fundamentos teóricos o ideológicos en que se apoya ese tipo de historiografía, inspirada en su mayor parte en la “escuela científica”, fundada por Momsen, Niebuhr y Von Ranke, y como, en muchos casos, nace de las exigencias del proceso de formación de los Estados-Nación, se dedica a la penosa tarea de crear ídolos que serán luego descabezados. Ella confiere supremacía a los hechos singulares, carece de pretensiones nomológicas, es decir, no busca regularidades, sino que, al contrario, relieva lo individual antes que lo social, se concentra en los sucesos políticos, y suele establecer sus marcos cronológicos a partir de la vigencia de reinados o mandatos presidenciales.  Predomina en ella el afán de descubrir y describir hechos en menoscabo de la explicación de sus causas, albergando la esperanza de que, una vez desenterradas “todas” las piezas, el rompecabezas se armará solito.  

Bajo esa óptica, la historia del siglo XIX fue contada en Bolivia, al igual que en otras partes, como una sucesión de acontecimientos, unas veces heroicos, otras veces sórdidos, pero casi siempre rocambolescos, hilvanados bajo la trama de revoluciones, asonadas palaciegas y guerras civiles, desatadas por caudillos militares y civiles, más o menos modernizadores, en tanto el estudio de la dinámica social y económica era relegado a un segundo plano. 

Sucede así, por ejemplo, con la minería boliviana –columna vertebral del sistema económico decimonónico– que brilla por su ausencia o aparece en la penumbra en la historiografía de la época, lo cual no deja de sorprender habida cuenta de que durante la segunda mitad del siglo XIX la producción argentífera de Bolivia llegó a ocupar el segundo lugar en el mercado mundial y fue responsable del 70% de las exportaciones del país.

GL: Retomando el tema de la economía minera, ¿qué papel tuvieron en el auge argentífero del siglo XIX el capital extranjero y la introducción de nuevas tecnologías? ¿Y cuál fue el impacto de ese proceso sobre el espacio articulado en torno a Potosí? ¿Es posible, estimado Antonio, que tú nos narres lo que sucedió y en qué condiciones llegamos al siglo XX?

AM: Las cuestiones que propones son complejas. Trataré de identificar algunas coordenadas importantes que permitan esbozar, si no respuestas, al menos un camino para alcanzarlas. En primer lugar, cabe apuntar que la recuperación de la minería boliviana en el siglo XIX fue financiada   inicialmente con capitales nacionales y que la primera fase de la modernización de la industria, sobre todo en el sector metalúrgico, contó con el concurso de   ingenieros y técnicos extranjeros contratados por la nueva élite minera del país. 

Sin embargo, esos recursos no fueron suficientes para enfrentar los desafíos derivados del empobrecimiento de los minerales y de un mercado crecientemente competitivo. 

Era necesario inyectar nuevos capitales para profundizar la modernización del sector. Fue, entonces, que algunos mineros, que ya mantenían vínculos comerciales y sociales con empresarios chilenos, salieron en campaña para captar recursos del espacio regional organizado por las bolsas de Santiago y Valparaíso. Los capitales, reunidos a través de la venta de acciones o de préstamos, fueron aplicados fundamentalmente en la infraestructura de transporte y en la expansión de la capacidad extractiva de algunas empresas como, por ejemplo, la Compañía Huanchaca, la más importante en aquella época. 

Esa corriente de inversiones (chilenas, francesas y británicas, sobre todo) fue precedida por una larga lucha política cuyo corolario fue la abolición del monopolio fiscal y la eliminación y conversión de la moneda feble, en 1872 –vale decir dos sustentáculos del espacio mercantil tradicional– y por la implementación de políticas liberales en los ramos fiscal, comercial y financiero. 

La conclusión del ferrocarril de Antofagasta al interior minero (1889), además de reducir los gastos del transporte, posibilitó la exportación masiva de mineral bruto, responsable por el auge argentífero de las últimas décadas del siglo, pero, al mismo tiempo, desestimuló las operaciones en las plantas de beneficio.

GL: La expansión sin tregua del capital internacional nos bautizó, casi para siempre, como “país minero”. Esa lectura exterior fue fundamental a la hora de auto definirnos. Ahora entendemos mejor cuanto sucedió: el capitalismo creciente nos asignó ese rol pese a que nuestra principal actividad económica fue siempre la agricultura. En un rápido salto al s. XXI, ¿cómo se percibe el boliviano actual a sí mismo? ¿Minero? ¿Agroindustrial? ¿Emprendedor?

AM: Pienso que toda identidad, sea individual o colectiva, es fruto, en gran medida, de un proceso histórico, aunque suele presentarse de forma naturalizada como si estuviese constituida desde siempre. Es, pues, tarea de historiadores desentrañar la génesis, trayectoria y carga coactiva de esas camisas de fuerza, de modo que puedan ser entendidas como vestiduras temporales, con frecuencia superpuestas y jerárquicamente distribuidas. 

Entonces, se trata de mostrar que la imagen de Bolivia como país esencialmente minero no fue un destino elegido por sus habitantes, sino más bien, como apuntas, un papel heredado del pasado colonial cuando la región se conectó, a través de la exportación de metales, con un proceso de alcance mundial: la génesis y expansión del capitalismo. 

Si bien es cierto que la minería ha sido, a lo largo de las épocas colonial y republicana, una suerte de locomotora de la economía andina, capaz de impactar y provocar efectos en cadena en varios sectores (comercial, agrario, manufacturero, fiscal y financiero), eso no significa que haya sometido al conjunto de la dinámica social a sus designios. 

En suma, la minería es, sin duda, parte constitutiva de nuestro ser histórico, pero no es todo lo que somos como país. Tanto es así que, a lo largo de la historia republicana, la tesis de país minero fue enfrentada intermitentemente por concepciones que veían en la agricultura un destino más promisorio para la nación. 

GL: Si me atrevo a dar un paso más en este diálogo, debería preguntarte algo elemental para los especialistas: ¿Cuáles fueron los factores que explican la transición de la plata al estaño? Al mismo tiempo, el desarrollo de esta última industria ¿tropezó con la calidad del mineral? Más aún: ¿Las condiciones de transporte del área minera a puertos fue favorecida por el ferrocarril?

AM: La pregunta no es tan elemental, mi querido Gonzalo, ni siquiera para el especialista que, si bien cuenta con más huellas que Santiago Blanco para resolver sus casos, le falta, muchas veces, la imaginación de que hace gala el famoso detective a la hora de juntar los pedazos y elucidar lo sucedido. 

Tal vez por eso mismo, cualquier respuesta sobre la transición de la plata al estaño (1889-1905) tendrá que resignarse a ser tentativa porque, pese a lo mucho que ya se conoce, todavía existen grandes espacios inexplorados. Con relación a la variable externa, no hay duda de que la fuerte baja del precio internacional de la plata, a fines del siglo XIX, tendió a desestimular la producción y exportación argentífera, al mismo tiempo que la expansión de la demanda de estaño por parte de los países industriales aún no se reflejaba en las cotizaciones que permanecieron deprimidas. 

Fue, bajo esa coyuntura de signos cruzados, que el metal del diablo comenzó a levantar vuelo, agarrado a las faldas de la plata. El impacto del maridaje fue complejo y, en cierta medida, paradójico. Ya dijimos antes que el ferrocarril fue crucial en el auge argentífero porque permitió la comercialización masiva de minerales de plata y, en consecuencia, la reducción de las tarifas del transporte. 

La existencia de esa infraestructura explica, en parte, el súbito impulso de las exportaciones de estaño boliviano sin que mediara ningún cambio importante a nivel de la estructura productiva. Sin embargo, las empresas mineras no se beneficiaron por igual ni reaccionaron de la misma manera ante esa situación que, por un lado, amenazaba liquidarlas y, por otro, les ofrecía una sobrevida. Las estrategias desarrolladas para enfrentar el desafío variaron según las condiciones de los distritos mineros. 

GL: En Bajo un cielo de estaño (1993, precioso título) se indica que entre los años 1905-1919 fluyen inversiones extranjeras atraídas por retornos altos y poco riesgo. Esto, que parece sencillo de ser comprendido, no funciona tan elementalmente. Tú indicas que esta minería creó “Patiños” pero destruyó naciones. ¿Es posible que nos desentrañes sus vericuetos? 

AM: Qué bien que te gustó el título de ese libro, lo saqué del poema Nocturno, de Gabriela Mistral, concretamente de la penúltima estrofa que no resisto de ponerla aquí, tal vez porque exuda la pesadumbre de estos días de encierro: 

Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin:
el cansancio del día que muere
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!

Pero vamos al contenido de tus indagaciones.  Es cierto que en el período al cual te refieres se produjo una nueva corriente de inversiones en la minería boliviana, motivada por la elevación de los precios internacionales del estaño y la expectativa de lucros a corto plazo. El capital que fluyó entonces provenía de la misma matriz financiera y comercial que había impulsado, en Chile, la expansión al norte –la conquista del desierto– con el objeto de explotar y comercializar varios productos (guano, salitre, plata, cobre) que se hallaban en territorios chileno y boliviano. Fue precisamente en las bolsas de Santiago y Valparaíso –epicentro del capitalismo periférico de la época– donde, al comenzar el siglo XX, se formaron muchas compañías de acciones –la mayoría promovida por empresarios chilenos, pero también ingleses, alemanes, franceses y bolivianos– esta vez con miras a explotar yacimientos estañíferos. Simbólicamente, ese proceso comenzó, en 1906, con la histórica compra de la Compañía Llallagua, de Pastor Sainz.  

Por la misma época, capitalistas chilenos compraron las propiedades de la antigua “Compañía Guadalupe” y, sobre esa base, organizaron la Compañía Minera y Agrícola de Oploca. Un año más tarde, el Banco Industrial de Chile adquirió los derechos de la Compañía Minera San José de Oruro, que pertenecía a Severo Fernández Alonso y Mariano Penny. Esa tendencia continuó en la década siguiente y se exacerbó durante la Primera Mundial, cuando se formaron nuevas empresas, con capitales chilenos, como la Sociedad Fortuna de Colquiri y la Empresa de Estaño de Araca, y se reorganizaron otras, como la Compañía Minera El Porvenir de Huanuni. 

El mecanismo de esa expansión reiteraba una pauta de antiguas raíces: el dominio del capital comercial y financiero sobre el sector productivo, especialmente con relación a los mineros chicos que, en los momentos de crisis, sin condiciones de pagar sus deudas a habilitadores, bancos o casas comerciales. se veían obligados a transferir sus propiedades. En otros casos, la iniciativa partió de ingenieros o catadores dedicados a localizar yacimientos que sirviesen de base para la formación de compañías cuyas acciones serían luego negociadas en las bolsas de Santiago y Valparaíso. Sin embargo, no todo el capital reunido y declarado por esas operaciones correspondía al valor real de las propiedades y, en varios casos, la valorización extraordinaria de sus acciones era fruto de maquinaciones especulativas en la esfera bursátil. Aunque hubo sí un puñado de firmas que, de hecho, inyectaron capitales y modernizaron las operaciones extractivas en minas e ingenios, dotándolos de energía eléctrica, máquinas perforadoras de aire comprimido, tranvías, cable aéreo para el transporte de los minerales que aumentaron sensiblemente la capacidad de empresas como la Compañía Estañífera de Llallagua.

 

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