El chicuelo dice

Tendremos a la violenta oscuridad

Celina salía de su casa ubicada en una callecita chueca allá por Villa Victoria y bajaba a pata, y pasaba frente al Cementerio sin imaginar que de ahí la robarían...
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:13

Wilmer Urrelo Zárate 
Escritor

Sí, tendremos a la violenta oscuridad, porque antes ella tuvo una vida, un nombre y un espacio en la tierra, un apellido y también personas que la conocieron y supieron qué se llamaba o qué la distinguía en medio de tanta gente: me refiero a los gestos toscos, como era esta ñatita en el pasado, gorda y oxigenada, extremadamente maquillada, y con dos aretes como estrellitas. También tenía un tatuaje de una enorme luna ahí donde los suicidas se cortan las venas, ya no quiero vivir, me gustaría morirme a mí. 

Los ademanes toscos, los pasos brutos, la risa profunda como el nicho de donde alguien la robó, Celina Obarrios Sajama, 2 de enero de 1954 - 8 de febrero de 1972, casi veinte años, de niña impecable en sus tareas, su cuaderno siempre brillando, ni una oreja, ni una arruguita, forrados con dedicación, ni una mancha de tinta, y los profesores miren a la Celina, sigan su ejemplo.

 Y si aparecía una mancha, había aprendido de un primo suyo este truco: agarras este Gillette y raspas despacito y luego escribes encima como si nada, y después su risa ya desde esa edad profunda como el nicho de donde alguien te robó. Del primer combazo había volado primero el Celina y luego con una barreta hasta quitar por completo tu nombre y ese alguien escupió a un costado, y sacó el ataúd solito sin la ayuda de nadie mientras a su alrededor la violenta oscuridad como un murmullo: pero ya de grande le había dado por enchuecarse, como nos pasa a casi todo el mundo, ahí corriendo a las fiestas de puro grupo nuevaolero, ahí donde pasaban canciones de Los Grillos, de Los Indios que venían desde Cochabamba, del Renán Michel y a veces de Los Inseparables.

Para ir a esos locales bailables esta Celina se escapaba de la casa donde vivía con una tía (sus papás, fallecidos), esperaba que se vaya a dormir y salía con un pedazo de carne en la mano para darle al Duquecito que ladraba por todo y nada. Tenía también sus excentricidades, como casi todo el mundo, pues a veces hablaba solita con el Duque mientras lo despiojaba en el patio de la casa, ¿qué se llamaba tu papá?, ¿cómo era tu mamacita?, ¿y cuántos hermanitos tenías?, y la tía le gritaba desde la cocina ¡no hables como loca, Celina! Sin embargo, eso a ella no le importaba y seguía con la preguntada al Duque ¿y tenías primos?, y si el perrito le decía que sí, entonces cómo se llamaban, y si eran café con blanco como vos o si se parecían a su papá o a su mamá, y el Duque le recibía feliz la carne y te saludaba moviendo la cola, andá a ver a esos tus locos, te doy permiso, pero me vuelves temprano, sobrina. Y la Celina sí, tío Duque, como usted diga. 

Entonces salía de su casa ubicada en una callecita chueca allá por Villa Victoria y bajaba a pata, y pasaba frente al Cementerio General sin imaginar que de ahí te robarían, y el que lo haría solo se llevaría tu cabeza mientras rezaba en silencio, para así evitar que le hagas soñar por las noches, por qué me has robado, por qué molestas vos la paz de los muertos. 

Se escapaba así todos los sábados por las tardes. Llegaba al centro de la ciudad, lista para darle al zapateo, y a veces se encontraba con unos amigos que había hecho ahí de tanto ir a bailar, el Chaskas, el Sapo y su hermano, un grandote con cara de llama al que todo el mundo decía el Frankenstein: claro, eso sí, pocas amigas, casi ninguna, porque vos pensabas (acertadamente) que eran unas envidiosas y que, lengua va, lengua viene, hablaban mal de vos a tus espaldas.

 ¿Y por qué la envidia?, le preguntabas a tu tío el Duquecito mientras le dabas por las mañanas pedazos de pan sopado en café, y el que te robó se persignó, te metió a una mochila y aumentó la potencia a su linterna de cabeza, afiló las orejas, escuchó el silencio a lo lejos, caminó por los pasillos del Cementerio General, siempre atento, abandonó el sector de los nichos chiquititos, el de los cuerpos reducidos: puras envidias porque la Celina era la mejor en bailar esa música de estos loquitos, pues apenas escuchaba la guitarra de alguna canción de Los Íconos y de un salto ya estaba en la pista, sin esperar al varón como era costumbre, pues serían muy rebeldes y todo eso, sin embargo los nuevaoleros estaban a siglos de lo que se entiende ahora como feminismo: el que te robó llegó al muro que daba hacia la Lino Monasterios. 

En esa parte del Cementerio es donde le daba realmente miedo, pues ahí estaban algunos muertos fresquitos, los que habían enterrado apenas ayer o hace una semana o hace un par de años y al pobre se le figuraba que saldrían de sus tumbas sonriéndole mejor dejá a la chica en su lugar, colgándole un ojo de su órbita, quién te has creído. 

Sin embargo, eso sólo era pura imaginación, pues ahí no había nadie, ni siquiera los perritos que cuidan, y el ladrón de cabezas vio el montón de ladrillos que había dispuesto ahí como escalera. Se persignó de nuevo y saltó. 

Así era la vida de esta Celina, un ir y venir los sábados, un hablar sinceramente con tío Duque no sé si me gusta más el Chaskas o el Frankenstein, no sé si cuando salga del colegio estudiaré para abogada o licenciada de algo, y el tío Duque con toda su sabiduría te miraba con tristeza, tal vez sabiendo que para qué te hacías ilusiones si la noche de ese sábado, mientras la juventud se preparaba, camisas de colores chispeantes, pantalones de botapie ancho, cabellos largos, mientras pasaba eso, tu corazón estaba a punto de apagarse de sopetón: ocurrió en medio de una canción de Los Dhags Dhags, mientras bailabas y de paso mirabas al Chaskas y al Frankenstein, sin decidirte aún, y entonces ¡chas!, el mundo se apagó, como la violenta oscuridad.

En el entierro los amigos de su promoción llevaron el estandarte del colegio y las chicas pura lágrima y moco, y eso que estas eran mis enemigas, piensas, qué grave había sido la hipocresía. Porque cuando uno estira la pata no se convierte en espíritu ni en fantasma: estabas ahora adentro del cuerpo de una paloma mugrosa y llena de enfermedades y veías tu entierro desde el cuartel de enfrente, y tus amigos nuevaoleros imperturbables, aunque cuando tu ataúd desapareció en el nicho el Frankenstein había suspirado, no sabría decirte, tío Duque, si de amor o de qué cosa.

Ella, la Celina, sin imaginar que su cráneo acabaría en la mesa de noche de una chica que estudiaba medicina, muy concentrada la futura doctora Rebolledo, y que se sabía de memoria las partes del coco humano, acá el hueso cigomático, el frontal y el parietal, y este se llama apófisis crista galli, por este lado la lámina horizontal, los surcos del nervio olfatorio, el cornete superior y el medio, y al final el apófisis unciforme, que ella siempre llamaba por error por apócrifo uniforme, vaya uno a saber por qué.

Así, tío Duque, así se convierte una en ñatita, aunque falta la parte final: al volver de su año de provincia, la doctora Rebolledo me encuentra al fondo de su ropero y ahora sí le da cosa tenerte cerca, entonces llama a su empleada doméstica y le dice sería que te deshagas de esta calavera, y la otra no tuvo mejor idea que adoptarme y acá estoy, tío Duquecito, flotando entre flores de colores, con un pucho en la boca y bautizada de nuevo: esta vez Ramona, más oscura y fúnebre que la noche.

 

 

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