Género

¿Ciencia ficción o ficción científica?

El autor hace un recorrido por los distintos subgéneros de este tipo de novela, desde su origen, y propone cinco obras esenciales para los adeptos a esta narrativa.
viernes, 31 de julio de 2020 · 00:00

Juan Ortiz
Escritor y profesor universitario  de Historia y literatura española y latino-
americana

Junto con el terror y el romance, los libros de ciencia ficción figuran entre los más populares. Se toma como válida la idea de que sus orígenes se remontan a la década de 1920. Más específicamente al año 1926, cuando se empezó a publicar la revista Amazing Stories. Si bien esta fue la primera vez que se habló de science fiction, ya muchos se habían aventurado por estos mundos.

El término en sí mismo es objeto de muchos debates y también de confusiones y malos entendidos. Empezando porque se trata de una vertiente o un subgénero de la narrativa de ficción. Es decir, relatos “ficticios” que, en términos prácticos, funcionan de la misma forma que lo hacen los libros de historias de amor o los dramas familiares.

Para los hispanoparlantes, la tarea de definir esta literatura y fijar sus límites tiene un componente extra. Hay quienes consideran que “ciencia ficción” es una traducción demasiado literal e inexacta de science fiction. Que lo correcto es “ficción científica”. Palabras más, palabras menos: se trata de especular sobre diversos temas, pero apegándose a cierto rigor científico.

Precisamente, esta última idea –la del rigor científico– es la que permite diferenciar este tipo de literatura de la fantástica. La ciencia ficción –o la ficción científica, como prefieran– necesita seguir y establecer una lógica. Especulativa y hasta fantástica, pero inamovible. Literatura de anticipación y especulación racional fueron algunos de los títulos aplicados a este género antes que se unificara todo bajo un solo paraguas.

Los narradores de ciencia ficción no anuncian dentro de sus textos que están contando una historia de ciencia ficción. Si bien pueden advertir –en primera persona, dirigiéndose directamente a los lectores o a través de algún personaje– que se trata de hechos “increíbles” y hasta “fantásticos”, insisten en la idea de que lo relatado es real.

Para ello se apoyan en el ya comentado aspecto de la lógica científica. Construyen unas reglas claras sobre cómo funcionan las cosas y se apegan a ellas. Esto les permite establecer un pacto comunicacional con los lectores.

Mucho antes de la segunda década del siglo XX, ya abundaban los relatos de ciencia ficción. Lo que no existía era el concepto. Nombres como Edgar Allan Poe o Tomás Moro pueden incluirse en lo que se conoce como la “proto ciencia ficción”. Lista que incluye a autores como Sir Arthur Conan Doyle, Charles Dickens o Johannes Kepler.

Y aunque no exista uniformidad de opiniones para emitir una definición de lo que es la ciencia ficción, ni de su origen exacto, sí está claro cuál fue el título que dividió la historia del género en dos. Este es Frankenstein o El Prometeo Moderno de Mary Shelley.

Lo paradójico es que, en los últimos años –con la evolución del género– este monstruo ha perdido protagonismo dentro del “Sci Fi”. (Aunque sigue siendo un mito esencial). Para muchos se trata de una historia de terror y nada más. A pesar que ejemplifica a la perfección la importancia de que estos relatos establezcan y cumplan con su propio rigor científico.

De qué trata la ciencia ficción

Robots, extraterrestres o viajes interespaciales. La ciencia ficción no siempre es espectacular. Abarca exploraciones de orden sociológico. Ejemplo de ello es Utopía, de Tomás Moro. Un texto publicado en 1516 mediante el cual el teólogo inglés imagina a una sociedad regida por las doctrinas filosóficas del mundo clásico y bajo la fe cristiana.

El ideal de la consecución de un mundo entre justos e incorruptibles ha estado presente en relatos menos optimistas y más oscuros. Uno de los más conocidos es La naranja mecánica, de Anthony Burgess (1962). Los robots también han participado de este tipo de revisiones (especulaciones) de orden social. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philp K. Dick (1968), es otro buen ejemplo.

Otra subcategoría de este género literario es la ucronía. Esto es una especie de “historia alternativa”, explorando la posibilidad de que algunos acontecimientos históricos que marcaron el rumbo de la humanidad hubiesen tenido una resolución diferente. El mejor ejemplo nació de nuevo de la pluma de Dick. Se trata de El hombre en el castillo. Una novela en donde los aliados fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial, lo que permitió a alemanes y japoneses repartirse los territorios de Estados Unidos.

El futuro distópico es otra idea reiterativa. De nuevo la búsqueda de la sociedad perfecta termina por dar origen a todo lo contrario. Este tema en particular estuvo muy de moda las dos primeras décadas del siglo XXI. Los juegos del hambre, de Suzanne Collins (2008), y Divergente, de Veronica Roth (2011),  son dos ejemplos de ello. Aunque las distopías no tienen nada de nuevas. 1984, de George Orwell (1949), y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953), constituyen verdaderos clásicos.

Una búsqueda insaciable para la humanidad, que ha encontrado algún placebo en la literatura de ciencia ficción. Idea explorada al máximo recientemente en la teleserie alemana Dark, producida por Netflix. Lo que muchos desconocen es que la primera máquina para viajar en el tiempo vino configurada en castellano.

Fue el escritor madrileño Enrique Gaspar quien “patentó” antes que nadie uno de estos artilugios. Lo hizo en la novela El anacronópete, publicada en 1887. Un texto desconocido por gran parte del público y al que no se le ha reconocido de la mejor manera. Esto en parte porque a este autor le sobrevivieron mejor sus obras de teatro y las zarzuelas.

Cinco esenciales

De manera completamente arbitraria –y valiéndome únicamente de preferencias literarias (y de lo que se ha alcanzado a leer)–,  propongo una lista de cinco títulos “destacados” dentro de la ficción literaria:

Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne. La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Los juegos del hambre, de Suzanne Collins.

 

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

El coronavirus ha causado la peor crisis económica que me ha tocado vivir en casi 40 años de experiencia profesional y algunos expertos anticipan que la recuperación podría tomar un par de años.

La dramática caída de nuestros ingresos ha puesto en riesgo la estabilidad financiera de Página Siete.

Para salir de la crisis necesitamos reinventarnos hacia contenidos digitales y un paso en esa dirección es nuestra nueva aplicación PaginaSietePro, que está disponible en Apple Store y Google Play.

La aplicación contiene información en tiempo real, la versión completa del periódico impreso y próximamente, información y servicios exclusivos que no estarán disponibles en otras plataformas.

Tu suscripción a la aplicación nos permitirá seguir ejerciendo un periodismo de calidad, con la información completa y el análisis y contexto que nos caracteriza.

Medios de comunicación independientes y valientes son imprescindibles para la vida en libertad y democracia. Página Siete lo demostró en varios momentos difíciles que nos tocó vivir durante los últimos años.

Muchas gracias por tu apoyo.

Para suscribirte, descarga la aplicación de Apple Store o Google Play haciendo clic en uno de los siguientes botones:

Apple Store

Google Play

Preguntas Frecuentes


   

Valorar noticia

Otras Noticias