El Chicuelo dice

Son los perros de ceniza

Los perros de ceniza son así: están malditos porque son cumbieros, viven en las calles, buscan en el infinito de la distancia la explicación de las cosas de la vida...
viernes, 14 de agosto de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate
Escritor

Son viejos y horribles.  Tienen el pelo otoñal y los ojos encendidos como fogatas prehistóricas. Caminan por los rincones de esta ciudad. Están siempre apresurados. La lengua gigante y los dientes amarillentos. 

Ellos crecen aquí y allá, como esos árboles que están empecinados en existir. Deambulan por la ciudad, dije: y por eso conocen sus miserias. 

Son los perros de ceniza, los que se meten a los barrios añosos y reconocen las esquinas y los parques y las casas en las que alguna vez vivieron y de las cuales fueron echados. 

Los perros de ceniza conocen la locura porque habitan en ella y también intuyen este país porque saben de memoria que la mierda en el fondo siempre es la mierda: saben, intuyen, los perros de ceniza, se dan cuenta, huelen de dónde viene la comida y por eso son hábiles en desgarrar las bolsas de plástico. 

Los perros de ceniza se internan sigilosos en los zaguanes de las casas antiguas y todas las veces los echan y se defienden pelando los dientes. Los perros de ceniza no son dóciles y se les para los pelos del lomo frente a la gente mala. 

El Káiser, por ejemplo, fue un perro de ceniza al cual lo atropelló un coche que lo pilló por sorpresa bajando la Evaristo Valle. Este perro de ceniza agonizó ante la mirada imperturbable de la gente de esta ciudad y antes de morir lanzó una maldición que se cayera, que se contagiara una venérea, que se muriera el que lo había arrollado. 

Los perros de ceniza son así, están malditos porque son cumbieros y porque viven en las calles y porque son populares y porque al abandonar este mundo dejan tras de sí un olor a jazmines.

Al Duque le daban comidita en el mercado Kollasuyo. Era un perro de ceniza que iba ahí todos los días y movía la cola y le pasaban cuellos de pollo o huesos pelados para morfar y por eso era robusto y no un esqueleto. 

Eso hasta que un día el Duque le agarró odio a una doña que vende aceitunas y no hubo mañana en que no se meara sobre su puesto. 

Así son los perros de ceniza, les advierto, vez que sienten que alguien tiene el alma como un abismo no pueden dejar de hacerle cosas. Se orinan, se rebelan y quieren morderla. Se lanzan sobre ellos, los perros de ceniza, haciendo tremendo escándalo. 

Así era el Duque, el perro de ceniza que odiaba. Así era hasta que la doña que era su bronca un día lo engañó y le dio vidrio molido en una cuarta de carne molida especial. 

Así era el Duque, un perro de ceniza que conocí alguna vez. 

Ese Duque supo que iba a morir apenas tragó un poquitín la carne molida y por eso, ahora que es un perro fantasma de ceniza, se dedica a atormentar a la aceitunera: se le aparece en sueños y la señala con la pata, se le aparece en sueños y le llora quedito, se le aparece en sueños y solo la mira. 

Aunque ella quisiera que le dijera algo. 

La aceitunera quisiera que este perro fantasma de ceniza le dijera algo, que la insultara, que le recriminara por lo que hizo. Eso es lo que la señora de las aceitunas quisiera, pero es imposible que ocurra, pues la mayor venganza de los perros fantasmas de ceniza es precisamente el desprecio.

Los perros de ceniza buscan en el infinito de la distancia la explicación de las cosas de la vida.

Por ejemplo, por qué existe el agua. A dónde van los recuerdos. Por ejemplo, qué es el viento y por qué está casi en todas partes. 

Los perros de ceniza se preguntan cómo es que las piedras se mueven y por qué son semejantes a la indiferencia.

Así fue la historia de una perrita llamada Luna, la cual vivía cerca de la cancha Maracaná y tenía los ojos no como las hogueras prehistóricas sino como dos gotas de agua. 

La Lunita era reilona y apenas me veía y saltaba de alegría. 

La Luna, una perrita de ceniza. La que fue mi mejor amiga y la que me contaba los misterios del universo. Qué, quién y dónde. A dónde va la gente que olvidamos. 

Cómo hacer para mirar a la ciudad de La Paz y no morir congelado con un bloque de hielo en el corazón.

La Luna, la perra de ceniza que se murió de viejecita y que seguro corretea en el cielo de los perros porque es ahí donde habita la alegría y las risas y todas las sabidurías de universo. Las sabidurías del universo son muchas y eso lo saben bien los perros de ceniza. Lo saben desde que nacen, desde que son chiquititos y llorones. Los perros de ceniza saben, así como tú sabes que ahora es de noche y que mañana será de día.

Son los perros de ceniza, los que conocen y se apropian de lo sencillo. 

Son los perros horribles y vagabundos, les dije, los que cuando te miran iluminan tu corazón invisible: el corazón invisible de las mañanas azules de todos los perros de ceniza.

 

Sobre la última encuesta de Página Siete

Si usted es de los que necesita estar bien informado, puede acceder a la encuesta electoral completa de Página Siete, suscribiéndose a la aplicación PaginaSietePro que puede descargar de App Store o Google Play

 


   

Valorar noticia