Contante y sonante

Desde tu centro

Deshacerse del dolor es la imposibilidad misma; hay cosas que llegan para quedarse, para ser domesticadas y formar parte de todos los días y de todos los sueños...
jueves, 20 de agosto de 2020 · 00:00

Óscar García
Músico y poeta

Cuando la palabra esperada abre el día, algo se mueve más a prisa pero sin apuro. La velocidad no hace que ocurran los momentos buenos antes ni más rápido. La velocidad está asociada a la producción y ésta es ajena a lo poético. 

La producción sin pausa no se parece a un juego. Empuja, no da tregua, no permite un respiro, no se permite el lujo de estar en la plaza de Oruro mirando a ninguna parte, apoyado en un perro dorado, esperando. Esperando que el inusitado viento de agosto haga su tarea y lleve a las aventuras lejos, a la ciudad en la que hay una casa esperando todas las humedades de la primavera. 

Para poblar el mundo otra vez, de nuevo. Nuevo y re-ordenado. Que lleve al pan dulce, al api y a las salas vacías y desvencijadas y a una persona envuelta en papel del periódico El duende, a empezar todo otra vez. Como si de pronto todo se vaciara de pronto. Como si desapareciera de un golpe la amargura y las valentías mínimas que aportan a la construcción de imaginarios tanto como aporta una mosca a la tarea literaria. Como si no quedara nadie sobre los suelos fértiles ni sobre los suelos encendidos y devastados. Como si a todo vestigio humano de la patria se lo hubiera tragada la tierra, la madre acongojada, la desvencijada, la maltratada, la mal querida, la ultrajada, la consumida, esclavizada, vendida, hecha papel de intercambio y de usura.

Así, en un escenario vacío y recién lustrado, comenzar otra vez una ardua tarea cuya primera acción sea  el amor. Y que éste sea lo que deba ser. No un concepto ni un afán ni un pretexto ni siquiera la ingenuidad colgada de un globo rojo. Ni la antigua forma de transfusión sanguínea que dio lugar al cardiocentrismo. Desde entonces, todo es corazón. 

Detractores del amor y del mal venido romanticismo, hacen con las manos un corazón cuando un teletubi toca sus emociones más profundas. Los más terribles y hermosos monstruos de Goya son románticos y no son rosados.

Partir de la nada. Partir sin dolor, que es la cosa más difícil y la más dolorosa al mismo tiempo. Es el vacío contenido en el vacío mismo. Deshacerse del dolor y que este hecho duela, es la imposibilidad misma, la constatación de que hay cosas que llegan para quedarse, para ser domesticadas y formar parte de todos los días y de todos los sueños. Este es el caso. No se puede soltar lo que se ha convertido en parte del hueso y en líquido que comparte la corriente sanguínea. 

No se puede soltar cuanto ha contribuido a cada quien ser cuanto es. Cada uno hecho de caídas y de carcajadas, de sabores y de aceptaciones, de traiciones, de deslealtades, de tardes enteras mirando transcurrir el fin del sin más propósito que jugar a estar vivos. 

Ahora que soltar, soltar, soltar, se ha convertido en una suerte de libro de autoayuda que ayuda en verdad a ocultar de alguna forma la dificultad de asir, de conservar, del compromiso, de la edificación. No por nada la sociedad hoy debe vivir para producir, debe auto explotarse, debe, en nombre del rendimiento y la velocidad, convertir a cada persona en un todo comunicador que no necesita ya de nadie más que de su simetría sin ruido alguno.

Construir desde algún lugar. Un lugar es territorio, tierra, hogar, espacio íntimo. Un lugar es necesario, imprescindible. Desde un no lugar no se erige nada. No es posible la edificación. Desde un lugar que contenga al menos un sístole y diástole se podrá poner ladrillo sobre ladrillo. Un ladrillo hace una casa. Dos ladrillos hacen dos casas. Tres ladrillos hacen cinco casas. Así las personas, así eso que une y que mueve, eso que necesita una palabra, simple, corta, sin mayor discusiones.

 

 

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