Patrimonio

La institucionalidad de la arqueología

Para la autora, la riqueza del conocimiento es fundamental para fortalecer y conocer el desarrollo cultural de nuestras sociedades en el pasado y en el presente.
jueves, 20 de agosto de 2020 · 00:00

Dennise Rodas Sanjinés
Arqueóloga y experta en gestión patrimonial

Bolivia es un país que presenta un legado cultural diverso y con presencia de bienes arqueológicos de diferentes desarrollos culturales a través del tiempo, desde épocas prehispánicas hasta actuales. El reconocimiento de sitios arqueológicos como Patrimonio de la Humanidad ante la Unesco (Tiwanaku, Samaipata y Qhapaq Ñan), ha permitido que Bolivia ingrese en un espacio de difusión y valoración patrimonial a nivel mundial, lo que a la vez genera mayor afluencia de turistas e investigadores. Sin embargo, para poder llegar a este término, el patrimonio arqueológico debe pasar por una serie de acciones que van fortaleciendo las valoraciones que tiene intrínsecamente.

Una de las bases fundamentales es la valoración científica, la cual responde a la generación de información y datos que se van produciendo a partir de trabajos de investigación realizada por profesionales en arqueología. Desde que la arqueología se inicia como disciplina en nuestro país, se han podido establecer estudios sobre culturas, sitios arqueológicos, rutas culturales y de intercambio, producción agrícola y otros temas que permiten identificar que Bolivia, en toda su extensión territorial, registra restos de culturas que han trascendido el tiempo, pero no así la memoria de ellas.

La labor del arqueólogo al estudiar este tipo de patrimonio, ya sea un lugar o un objeto cultural, inicia el lenguaje de la identidad con la población actual; y es que el profesional en arqueología no es un ente que desarrolla su labor de forma independiente y aislada, sino más bien en constante relación con el individuo y la sociedad.

Uno de los resultados tangibles que pueden visibilizarse de esta interrelación es la formación de maestros en arqueología, aquellas personas locales que han participado en trabajos de campo en esta disciplina, ya sea el caso de Tiwanaku, Chiripa, Qhonqo Huancane o de otras poblaciones, y que han aprendido de las técnicas con las cuales el arqueólogo trabaja. 

Pero esta valoración investigativa se fortalece cuando se profundiza la valoración cultural e histórica, donde la interacción del arqueólogo con la sociedad local inicia una serie de intercambios de información, a lo que denomino la gestión del conocimiento.  

No es de extrañar para el profesional arqueólogo que la población conozca los procedimientos y técnicas ancestrales con las cuales muchas de las obras del pasado han sido desarrolladas. Casos como los Suka Kollus, las terrazas agrícolas, la producción de cerámica, de tallado en piedra, de confección de textiles, de realización de ritos y ceremonias, entre otros. 

Esta riqueza del conocimiento es fundamental para poder fortalecer y conocer el desarrollo cultural de nuestras sociedades en el pasado y en el presente. Sin embargo, y por la premisa de que el patrimonio arqueológico son yacimientos no renovables, se contempla que todo trabajo en arqueología debe ser normado. La Ley 530, Ley Nacional de Patrimonio Cultural, y el reglamento de autorización para actividades arqueológicas permiten que el trabajo de arqueología sea regulado, por el simple hecho de lo que nuestra Constitución establece respecto al Patrimonio Cultural, que pertenece al Estado.

Dicha ley establece el órgano rector designado regula el desarrollo del trabajo arqueológico, y en este último caso es el Ministerio de Educación, Culturas y Deportes, hasta hace poco Ministerio de Culturas y Turismo.

Se puede enmarcar a este procedimiento en lo que corresponde a la valoración legal, y es que el patrimonio arqueológico en todo país es regulado y normado para evitar deterioros, robos, afectaciones, destrozos, alteraciones, sustracciones, tráfico, etcétera.

El patrimonio arqueológico puede contemplar declaratorias a nivel municipal, departamental, nacional o internacional, como hace la Unesco, pero todas deben regirse por la normativa, de modo que la institucionalidad de la arqueología en Bolivia es fundamental para su conservación y registro. 

Bolivia cuenta aproximadamente con 93 sitios arqueológicos declarados Patrimonio Nacional en 31 declaratorias, además de cuatro declaratorias generales (según información del desaparecido Ministerio de Culturas y Turismo). A esto se debe añadir las áreas protegidas y parques que cuentan con sitios arqueológicos (Parque Toro Toro, Parque Noel Kempf, Parque Nacional Carrasco, Parque Cotapata Santa Bárbara, etcétera). 

Dichas declaratorias deben ser abordadas por el ente rector a fin de darle la respectiva puesta en valor de patrimonio cultural arqueológico, dependiendo de sus características y estado de conservación en el que se encuentran.

En los últimos 20 años, el desarrollo de trabajos en arqueología, en obras públicas y privadas, ha producido un incremento en el registro de patrimonio arqueológico a nivel nacional, lo que conlleva la necesidad de que el Estado boliviano desarrolle una estructura estable, sólida y capaz de poder otorgar al patrimonio arqueológico y al profesional en arqueología acciones y políticas culturales capaces de establecer lineamientos claros en la gestión del patrimonio arqueológico, ya sea en la normatividad, educación, difusión, investigación, registro, conservación, protección, etcétera.

El cumplimiento de nuestras normas es el paso inicial para el cumplimiento de las convenciones a las cuales Bolivia se ha adscrito y ha ratificado ante la Unesco, como país miembro, honrando así también los compromisos con los diferentes patrimonios culturales que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad.

El patrimonio arqueológico forma parte de la cotidianeidad de nuestra identidad. El uso de sitios arqueológicos para recibir el Año Nuevo Andino Amazónico a nivel nacional (Tiwanaku, Samaipata, Pasto Grande, Inkallajta, entre otros); el recibir a una escultura de piedra (la Illa) después de su repatriación y su posterior participación en el recorrido ritual de las Alasitas; el retorno de la Estela Bennett a Tiwanaku después de años de estar en la plaza Tejada Sorzano; el uso de iconografía Tiwanaku en los buses Pumakatari de La Paz, simplemente son algunos de los muchos casos que reflejan que Bolivia es y será un país con culturas, con historias y con una relación con nuestro pasado prehispánico.

Dejar de lado la arqueología y todo lo que ella conlleva es mutilar lo que somos como bolivianos.

 

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