Aullidos de la calle

Ya todos estamos muertos

En Pájaros de verano vemos la corrupción del hombre por el hombre, con droga o sin droga, en cultura indígena o en cultura occidental.
jueves, 20 de agosto de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Ajá. Hablar de la muerte en estos momentos no parece indicado. U oportuno. Pero a veces el cine tiene sus propios planes y su propio sentido de la oportunidad. Pájaros de verano se estrenó en el 2018 y recién pude verla en estos días de “nueva normalidad”, de barbijos, alcohol en gel y conteos diarios de contagios y decesos. 

La película colombian, dirigida por Cristina Gallego y Ciro Guerra, fue pensada durante casi diez años. Es un proyecto ambicioso que en la sinopsis afirma ser la historia del origen del narcotráfico en Colombia. Palabras mayores.

“Si hay familia, hay prestigio”, recita una joven Zaida (Natalia Reyes) mientras está siendo preparada para ser presentada ante su comunidad wayúu después de un año de encierro. Estamos viviendo el primero de cinco cantos, sucede en 1968 y los guionistas (Maria Camila Arias y Jacques Toulemonde Vidal) lo titulan Hierba Salvaje.  

Zaida participa de un ritual propio de su gente, un ritual en el que es cortejada.  Hay fuerza en esas escenas en las que se combinan vestuario, música, baile. Los momentos en los que bebemos de la cultura wayúu serán los más ricos, los más interesantes, los que hacen que estos Pájaros de verano aleteen fuerte y vuelen alto. 

Rampayet (José Acosta) quiere ser la pareja de Zaida, pero entre los wayúu no estaría a la altura del clan al que pertenece ella. La madre de Zaida, Úrsula (Carmiña Martínez) es una matriarca exigente, respetuosa al extremo de sus costumbres y con alto sentido de la importancia del linaje y la familia. Le exige a Rampayet una dote y condiciones que cree no podrá cumplir. Rampayet no se desanima, donde pone el ojo pone la bala. 

Es así como se asocia a su amigo Moisés (John Narváez) un alijuna (no es parte de la comunidad) que le hace ver el gran negocio que pueden hacer con la marihuana.

Ha pasado alrededor de media hora y ya se notan cosas importantes. Hablemos primero de las desiguales actuaciones que tiene la película. En un principio estorba porque te hace sentir que los personajes son eso, personajes, aunque se entiende que al tratarse de actores naturales (en los secundarios) hay atenuantes. 

A veces, el físico o la energía que despide un actor natural cubre sus falencias interpretativas. Podemos pasarlo por alto, pero otros personajes como los gringos o alguno de los principales, son una muestra clara que en el cine latinoamericano la dirección de actores es un apartado delicado. 

Hablemos también de que a pesar de que sentís esa incomodidad de algunas actuaciones robóticas, la historia tiene algo que te jala hacia adentro. Como una fuerza magnética producida más que nada por los wayúu, por Peregrino, por la tradición del palabrero, por todo ese universo desconocido. 

 Hablemos de que cuando empieza el segundo Canto, Las tumbas, y la historia ya hizo su elipsis temporal a 1971, Pájaros de verano, que comenzó siendo una original muestra de la cultura wayúu, pasa a ser una convencional película sobre el tráfico de drogas con la convencional moraleja incluida. 

Para eso se sirve de personajes bastante usados ya en el cine, como Moisés, el traficante irresponsable, farsante, dicharachero, o la bomba de tiempo que significa Leónidas, capaz incluso de olvidarse de la delicada situación en la que se encuentra su familia y propiciar el desastre.

Si dejamos de lado esa presión del “nacimiento del narcotráfico en Colombia”, se disfruta más. Podemos verla simplemente como la corrupción del hombre por el hombre, con droga o sin droga, en cultura indígena o en cultura occidental. 

Gallego y Guerra tienen el olfato suficiente para que las dos horas de película y sus cinco cantos se vivan, saben cómo aprovechar la niebla de las colinas guajiras, saben cómo sacarle partido a la música, saben cómo hacernos entender que a veces se puede perder todo por una venganza. 

“Ya no nos queda nada en este mundo”, dice Úrsula. La otrora soberbia y autoritaria líder. Es el último canto, El limbo, Colombia ya está sumergida en una guerra de carteles que en la película alcanza hasta a tribus cuyos preceptos de vida estaban alejados de las mezquindades de los alijunas. 

Está todo corrompido. Roto. Sucio. Un último canto se escucha al atardecer, los muertos, muertos están y los sueños, los sueños se quedaron en silencio.

 

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