Plagas

Frente a la adversidad…

En la actual pandemia mundial, conviene recordar casos notables en los que se hizo frente a la enfermedad y la desgracia.
jueves, 27 de agosto de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

San Martín

Se me ocurrió preguntarme cómo le habría ido a San  Martín de Porres, que era médico curandero, en caso de pandemias o similares. ¿Y de cómo se me ocurrió semejante pregunta?

Para empezar, San Martín era el santo de mi madre. Pero antes de seguir, paradójicamente hay que rescatar, de alguna manera, la figura del santo de las manos exclusivas de la iglesia. Nunca olvido eso de que Henri Michaux, que siempre estuvo contra todo y en otra parte de todo,  soñaba de joven en convertirse en un santo. Tanto los admiraba, a su manera.

Pero San Martín era el santo de mi madre, entonces, y de mis tías más queridas, o directamente del barrio. Casi como un santo común.

Ignoro cómo y cuándo se estableció el contacto entre el santo limeño, barrendero y mulato y mi madre, y  mis tías, en un rincón de los Andes tan lejano y perdido como Cochabamba. Algún momento me preguntaba  eso de niño. ¿De cómo el negrito de tan lejos llegaba tan aquí? ¿Existía la transferencia de milagros? 

¿Y sería quizá de vieja data, desde generaciones anteriores que esa devoción  se iba legando?

Aquel entonces, según mi madre, San Martín no dejaba de salvarme. Por haber sido excesivamente travieso,  era casi frecuente  que yo apareciera ensangrentado y necesitado de uno o varios puntos. Mi madre, entre harta y asustada. Y si la cosa no había sido peor, por supuesto, eso era gracias a San Martín. ¡Qué sería de mí sin San Martín!

O esas primeras veces que hice viajes de niño (a La Paz, al campo –Los Negros– en verano), mi madre siempre me mandaba con la estampilla de San Martín de Porres cosida en alguna parte. E incluso de “grande”: un día sentí en Londres, donde acababa de llegar a mis 19 años, de pronto algo duro en el bolsillo del saco –y ahí estaba la estampilla de San Martín–. 

De esa relación entre la madre y el santo, entre la ausencia de la una y la presencia del otro –o simplemente su estampilla– seguro que plumas más inteligentes podrían hablar mejor y mucho.

En cuanto a lo de creer o no creer en esto o en lo otro, así o asá, es simplemente  la misma disyuntiva la que ya no me parece interesante.  

Más bien se trata de algo que me implica, como en un juego (de lenguaje, también) o un gesto de magia (como en el arte) y me encanta esa manipulación de símbolos, esa prescripción de milagros y asuntos de la gracia.

La fe tampoco debería estar anclada a ningún contenido específico, incluso podría liberarse de la simplicidad de la creencia. Tampoco la veracidad es su asunto.  El “porque sí” es su territorio y practica la buena onda, a trancas y barrancas. Apuesta a que se salvará el vado, en fin, con la ayuda y la asistencia, como dejó dicho Valéry, de lo inexistente.

Hay que reconocer en el santo, de todas maneras, su gran “fuerza de propiciación”. 

Prender una vela al lado de la estampilla del santo es eso: animar una fuerza de propiciación. 

Otra cosa que me gusta de la parafernalia de santos y de vírgenes del catolicismo, sin ser ya uno hace mucho, es la apertura que se da con ellos hacia el politeísmo, después de todo un vecino del panteísmo.

Pero volvamos a San Martín de Porres (1579-1639), ese santo curandero y reconocido en la Lima virreinal como “cirujano romancista //es decir que no tenía que dar exámenes en latín// o cirujano menor”. Desde pequeño había empezado a aprender en una botica. Cuando ya estaba en la iglesia sus dotes curativas se notaron y se le dio el espacio necesario. Él mismo cultivaba las plantas y hierbas con que curaba y se dice que en sus manos “confluyeron las prácticas curativas andinas, españolas y africanas”.

“Yo  te  curo,  Dios  te  sana”  era  la  frase que siempre solía decir”. Y finalmente, cuentan los historiadores que:

“Ejerció el oficio de curar enfermos por más de 30 años. Su actividad la desempeñó siempre en la enfermería del convento, Aquí atendía a los religiosos, que eran alrededor de 200. Atendía también a laicos de Lima, entre los que estaban los pobres, negros e indios”. 

“Para ejercer la labor de curar enfermos Martín empleaba a veces: ladrillos calientes, tierra raspada de pared, saliva,  clara de huevos, chuño, vinagre, panal de rosas y azúcar, pasando por sorbos de agua caliente e inmersiones de agua tibia y caliente. Lavaba heridas con vino y romero triturado, aplicaba hojas de plátano, administraba polvo de sapos calcinados y daba de beber agua mezclada con sangre de gallo negro”.

(Datos de Un  Cirujano  llamado  San Martín de Porres, de Emiliano Paico Vilche y Emiliano Paico Zumaeta. Internet.)

 

Petrarca

“Muchos están huyendo, todos están asustados; pero tú ninguno de los dos, lo que es espléndido y magnífico. ¿Puede acaso algo ser más inútil que temer lo que no puedes evitar hagas lo que hagas, y que lo agravas con el miedo? ¿Qué más vano que huir de lo que siempre te confrontará, donde sea que llegues a escapar?”.

Eso lo dijo Petrarca, ante la terrible plaga que azotó las tierras durante casi toda su vida; la Peste Negra del siglo XIV, que vio morir  a 200 millones en Eurasia y el norte de África.

Muchas muertes le tocaron de cerca (incluido un hijo) y lloró profundamente por la “ausencia de amigos”, mientras conoció “una ciudad llena de funerales” y casas vacías, como dijo de Verona, por donde pasó. 

Ciudades y campos vacíos, sucesivas olas de pandemias, cuarentenas, viajes y cartas,  muchos escritos y prácticamente la invención del soneto: ese fue Petrarca, además considerado el Santo Patrón de los caminantes que van lejos, a pie,  por el mero placer de hacerlo. Aunque muchas veces, durante sus eternos viajes y traslados, aparte de conocer palacios y cuidados, le tocó pasar por “un mundo afligido y casi desértico”.

Paula Findlen, de quien tomo parte de esta información, cuenta: “A medida que la peste se extendió por los centros urbanos, un amigo médico alentó al poeta a huir hacia el lago Maggiore, pero Petrarca se negó a sucumbir al terror. Permaneciendo en las ciudades, comenzó a pasar la mayor parte de su tiempo entre Padua y Venecia. Cuando la peste llegó a la República de Venecia, amigos renovaron sus súplicas, lo que llevó a Petrarca a comentar: ‘ocurre  muy a menudo que un vuelo de la muerte es un vuelo hacia la muerte’”.

Nunca creyó en remedios milagrosos, ni astrólogos ni profetas. Le parecía que la ignorancia era “pestífera”  y era otra enfermedad que debía ser erradicada. Son obvias las resonancias actuales de semejante lucidez indignada.

Paula Findlen señala el temple de Petrarca: “Observó que la segunda pandemia fue peor, casi vaciando Milán y muchas otras ciudades. Ahora estaba decidido a escribir con una voz diferente, no ya lamentándose pero combatiendo activamente la adversidad de la fortuna”.

Finalmente Petrarca murió en 1374, no de la plaga, sino de viejas enfermedades. Dejó su fortuna a Dondi, su amigo médico, y también 50 florines de oro a su amigo Bocaccio, para que éste se compre “un abrigo de invierno para sus estudios” y los nocturnos trabajos entre libros.

 

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