Memoria nómada

Mitos fundacionales de la morenada

El autor va tras la cuna y verdadero simbolismo de esta la danza folklórica, cuyos mitos de origen se remontan a Oruro, aunque también al lago Titicaca y Achacachi.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:00

Cleverth  Cárdenas Plaza
Catedrático

En nuestro país la fiesta popular pasó a ser la expresión de lo nacional más difundida en el amplio espectro de lo público. En ella confluyen lo ritual, la danza, la música, la artesanía y una gran cantidad de actividades que logran transformarla en eso tan complejo que implica. En este contexto se vislumbra que la danza folklórica más prestigiosa de la fiesta popular es la morenada, le siguen en popularidad el caporal, la diablada, el tinku y una lista extensa de danzas del repertorio nacional. 

Ocurre que para los bolivianos el acervo del pueblo, que es así cómo se puede traducir del inglés la palabra folklore, para una mayoría de la población, suele ser un excelente generador de adscripción identitaria. La danza folklórica más prestigiosa, por el esfuerzo económico y físico que implica bailarla, es por hoy la morenada. Su importancia es tal que el 7 de septiembre, por la Ley 512 del 21 de marzo de 2014, se recuerda el día de la morenada como una forma de homenaje a José Jacha Flores, el más importante gestor y compositor del ritmo de la morenada que tuvo nuestro país. Sin embargo, estas certezas suelen ponerse en entredicho cuando se quiere profundizar respecto a esta danza y su importancia. 

El primer síntoma de un posible debate pasa por la dificultad de establecer el origen de la danza misma. Tal dato, desde mi punto de vista sin importancia, es objeto de lucha, confrontación y los más beligerantes encuentros y desencuentros. 

Como sostiene Martín Lienhard, no debería ser importante el origen o el objeto mismo, sino lo importante es la práctica y todo lo que ella posibilita o permite realizar. Podríamos decir que por medio de esta danza se articulan el sujeto, sus prácticas y sus proyectos, todo ello finalmente se enlaza con la realidad. Si analizamos a fondo las abundantes tesis que se chocan y disputan sobre el origen y la originalidad de la danza, podríamos estar de acuerdo que en esos debates sus diversos actores sostienen los proyectos identitarios de sus grupos y que tienen como escenario un acto performativo festivo: una danza. En tal sentido, expondré el funcionamiento de las diferentes hipótesis del origen, pensándolas más como una manifestación de los deseos y proyectos de las diferentes identidades que se tejen en torno a esta danza.  

El principal mito del origen de la danza, obviamente es el orureño,   que desde la Revolución Nacional (1952) fue impulsado por el gobierno como un fuertísimo indicador identitario, hasta consolidar su dominio en la esfera de lo público y popular con su declaratoria como “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”. Tal declaratoria fue dada el 18 de mayo de 2001 en París, Francia, reconocimiento otorgado nada menos que por la Unesco. 

Pero vayamos al punto, la hipótesis orureña relata que el origen de  la danza radica en una representación que solían realizar los esclavos negros imitando las danzas y fiestas virreinales. Tal representación, luego pasó a ser protagonizada por los mestizos y ese sería la explicación de la danza y las máscaras negras. 

 

Este relato fue descrito por Julia Elena Fortún, una importante gestora, investigadora nacional que tuvo su mayor protagonismo desde 1952. Actores culturales como Josermo Murillo, Mancilla y Vacarreza, haciendo eco de esta hipótesis o adelantándola, mantuvieron casi la misma narrativa, con interesantes aderezos. La idea básica era que la danza parodiaba a los esclavos africanos en su paso por las minas de Oruro y Potosí y que las matracas representaban el compás de las cadenas y su arrastrar. Lamentablemente, la hipótesis carece de evidencia contundente, no solo no explica el traje mismo, sino deja a la imaginación el traspaso de la danza a los sectores populares y la trascendencia de su significación. 

Por otro lado, los mitos paceños, suelen explicar que la danza se originó en torno al lago Titicaca. La hipótesis más difundida es la de Taraco (Taraqu). Sus gestores organizaron conferencias y hasta publicaron un libro titulado Taraqu: cuna de la morenada, de Freddy Maidana,  en el que sostienen que las evidencias del origen radican en: la cantidad importante de bordadores de trajes tradicionales nacidos en el lugar, las pinturas rupestres que evidenciarían que se bailaba morenada desde la colonia y que la estructura organizativa de los bailarines responde a la lógica andina.

 Sin embargo, su evidencia más fuerte, las pinturas rupestres, están tan lejos del pueblo, por lo que es difícil que les sirvan para demostrar el origen y, además, su datación nunca se hizo correcta y científicamente. Lo demás podría decirse que no falta a la verdad, pero no demuestran la hipótesis. 

David Mendoza expone que el origen debería ser la población de Achacachi, y para ello argumenta que la conformación de la danza reproduce las estructuras jerárquicas prehispánicas, pero además sostiene que los trajes  bordados imitan las escamas de los peces. Como fuere, igual que la tesis orureña, no hay evidencia concreta y evidente. 

Hay, por otro lado, otra hipótesis que no encuentra un lugar específico, pero que explicaría el origen. La historiadora María L. Soux sostuvo que la danza derivaría del autosacramental de moros y cristianos. Una danza de conquista traída por los españoles que se habría transformado y reelaborado hasta convertirse en la danza de la morenada. La hipótesis es interesante porque, evidentemente, en las poblaciones cuyo patrón es el apóstol Santiago se le solía bailar moros y cristianos quizá ahí se encuentra la explicación del traje y sus aditamentos. 

Pero, ¿quién tiene la razón? Probablemente todos y si todos tienen la razón, lo más seguro es que nadie la tiene. Si acogemos la idea del origen en el autosacramental, podríamos acoger que fue un tipo de representación que bien pudo estar en todas las poblaciones que se atribuyen el origen. Sin embargo, quiero llamar la atención sobre dos contextos importantes: la movilidad social durante la república posibilitó que los sastres mestizos del siglo XVIII y XIX puedan recrear unos trajes tan suntuosos como los de que dieron origen a esa vestimenta; por otro lado, fue a partir de 1952 que el flujo de un excedente entre los obreros mineros permitió a las poblaciones populares bailar sus danzas, financiar músicos, compositores. Y también pagar los trajes bordados que les posibilitaron llegar a la forma de la morenada, tal como la conocemos hoy. 

Porque una cosa es que la representación de moros y cristianos se haya extendido en todo el continente cristianizado y otra muy distinta es la recreación social a partir del mestizaje cultural, la que dio lugar al origen de la danza de la morenada en Bolivia. 

 

 

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