Notas para romperse una pata

Rose Marie Canedo, vanguardia teatral

Desclasificando archivos teatrales, la autora revisa la obra de esta artista cruceña, base fundamental para que en Bolivia haya todavía un buen teatro.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya 
Literata e investigadora teatral

 

Entre los directores y directoras teatrales que ha tenido este país, es necesario destacar la figura de Rose Marie Vélez de Canedo (Santa Cruz, 1949-La Paz, 1978). Yo, nacida tan tarde, y que no tuve el placer de ver sus obras, ahora tengo la oportunidad de hablar sobre ella basada en todas las fuentes que pude consultar. Y, resaltemos, ninguna de esas es digital, lo cual me hace lagrimear una vez más por el olvido en el que podemos caer después de una muerte (temprana). No me queda otra, más que pensar su obra desde una interpretación lejana. 

Pocas fueron las mujeres que dirigieron teatro antes de la década del 70, época en que ella asume esa difícil tarea. Y Rose Marie entró a la dirección casi por accidente. Estudió dos años de Dirección Cinematográfica en Córdoba, y esa fue la base para saltar después a la actuación, pero sobre todo a la dirección de teatro. 

Le pidieron que dirija Calígula y eso fue lo único necesario para que la crítica de su tiempo llame a su trabajo “la puesta en escena más perfecta que haya podido realizar un conjunto teatral nacional en nuestro medio” (Julio de la Vega, 1974) y también determine que Rose Marie marcaba “una nueva era en el teatro boliviano”. 

Su elección de textos para la puesta en escena es clave para poder entenderla un poco más como directora: Calígula de Camus (puesta en escena en 1974), Antígona de Cocteau (1974), Final de partida de Beckett (1975), El lugar de Gorostiza (1975), Medea de Anouilh (1976), Sahara de Bredow (1977) y Tupac Amaru (1978) de Dragún. Textos que manifiestan una lucha interna del ser humano con su lugar en el mundo; textos existencialistas y absurdos, que nos cuestionan cada una de nuestras decisiones; textos que se imponen ante el despotismo en la época más febril de las dictaduras. 

Hay revisiones de lo clásico, textos que transformaron al héroe clásico en la tragedia moderna de la incomunicación entre nosotros, la condena a la libertad y la condena a la soledad. 

Elegir obras como estas nos dice mucho de su directora, que, como sus autores, se animó a brindar una imagen impactante, reflexiva y –por qué no– perturbadora para el público boliviano. En 1977, Rose Marie le dijo a Pedro Susz que “hacer teatro en Bolivia equivale a emprender un viaje a lo desconocido”. Lo era en su momento y lo sigue siendo ahora. El espectador boliviano todavía se mantiene inerte ante el arte y continúa buscando ser pasivo ante la obra de arte/obra teatral. Pero hubo maneras de despertarlo, de revivirlo, de involucrarlo en el hecho artístico, y así es como Rose Marie Canedo se destacó en todo lo que hizo. 

El trabajo de Rose Marie Canedo como directora teatral se basaba más que todo en cómo ella creaba imágenes con los cuerpos de los actores y actrices. Son geometrías humanas que en el espacio teatral crearon una propuesta que no se veía en Bolivia y posiblemente no se volverán a ver. 

Visualizo los montajes, me imagino los simbolismos a partir de narraciones de quienes lo vivieron: Son cuerpos de actrices que se transforman de un símbolo de lo opresor a un símbolo de lo oprimido, todo en un solo movimiento. Es poder construir fantasmas con objetos. Es encontrar verdad en la vida representada. Y mientras más pongo mi imaginación a trabajar sobre una puesta en escena que jamás conoceré, más concluyo en que la técnica experimental de Rose Marie, como directora, fue una base fundamental para poder llegar al punto de que en Bolivia puede haber y todavía hay buen teatro. 

Dirigió dos grupos de teatro: El Teatro Tiempo de la Universidad Católica y también fue docente de actuación en el Taller Nacional de Teatro. Y la docencia a veces despierta ese sentimiento de protección con los estudiantes; uno nunca quiere, pero crece el cariño para con ellos. Y fue así, que los actores, quienes trabajaron con ella hasta dos días antes de su muerte, le decían la “mamá”. Porque, me dicen, tenía carácter fuerte, de elementos místicos, pero también de enorme ternura. No enseñaba siguiendo una escuela particular. Hay influencias, claro, pero tomaba los elementos necesarios y los adaptaba a sus necesidades teatrales, a lo que el montaje, el texto y actores demandaban. Entiendo, que Rose Marie fue escuela en nuestro país. 

Y me dicen, me cuentan, yo investigo e interpreto. Hace no mucho, estudiando a más profundidad sobre las mujeres directoras en nuestro país, me encontré con ella. En fuentes impresas, en páginas amarillentas, en recuerdos de quienes la recuerdan. Hoy, las fuentes digitales la han dejado atrás. 

Su cuerpo joven fue velado en el salón de honor del Teatro Municipal. En su memoria se realizaron festivales de teatro en La Paz y en Santa Cruz, se establecieron convenios para el impulso de la creación teatral y se crearon premios que llevaban su nombre. Pero rápido olvidamos, porque la celebración de su vida y el llanto por su muerte hicieron mucho para el avance del teatro nacional e igual la dejamos atrás. 

Hay pocos registros “legales” de su paso por la vida y los papeles se siguen desintegrando o desapareciendo en la peor maraña burocrática que juega con la memoria de una vida. 

Rosa María (Rose Marie) Vélez Rapp de Canedo alguna vez escribió: “Yo te prometo disconformidad, tratar de nunca desear estar en paz, y les prometo ser vida, ¡vivir! No me gusta la inexistencia, me horroriza con su traza de cadáver...”. Para estar viva, respirar es lo de menos, Rose Marie. Yo estaré feliz si algún día podemos desempolvar tu trabajo y seguir revolucionando el teatro boliviano.   
 

 

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