Aullidos de la calle

Las heridas de la perfección

El cineasta israelí Itay Tal narra, en Dios del piano, la historia de Anat, una prodigiosa intérprete de piano, que da a luz un bebé sordo. Un drama que conmueve.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

Ah, los hijos. La construcción social respecto a la paternidad/maternidad  involucra palabras como “sacrificio”, “apoyo incondicional”, “obligaciones, “responsabilidades”. El cineasta israelí Itay Tal se deslinda de esa tradición narrativa y nos presenta a Anat (Naama Preis) una mujer joven que es una destacada pianista y que hace todo lo contrario. 

Hay que resaltar el inicio de Dios del piano (God of the piano). Anat está en pleno concierto ejecutando una entregada interpretación. De pronto, rompe aguas. Vemos el líquido amniótico correr veloz por sus piernas. Ella aguanta el dolor, la mojazón y continúa tocando. Esa escena es clave para entender la psiquis del personaje. En esa escena sabemos con claridad la importancia que tiene la música y el piano para esta mujer.

Lo que sigue después hace que sea muy fácil engancharse a la historia. Anat, la gran concertista, hija de otro gran pianista-compositor, hermana de otro concertista, esa Anat recibe la noticia que su hijo nació sordo. 

Estamos hablando de una mujer que durante nueve meses le puso música clásica al bebé, y tocó el piano esperando que el bebé recibiera ese estímulo y absorviera desde el feto la música como fin de vida. Este es su primogénito, resume todos sus anhelos en torno a la maternidad. El hijo sordo es un golpe tremendo. El hijo sordo significa, además de la frustración de un futuro que nunca podrá ser, una vergüenza.

Anat “la concertista” es más fuerte que Anat “madre”, así que aprovecha un descuido en la sala de maternidad para cambiar el bebé sordo por un bebé que escucha y que podría ser un Dios del piano.

Sí, ya sé, parece una acción poco probable, pero el guion (también de Itay Tal) se las arregla para hacernos creer que no solo es posible, sino que la susodicha podrá salirse con la suya más tiempo del que pensamos.

El oscuro secreto solo existe entre Anat y el espectador, y toda la película transcurre con esa incómoda sensación de estar presenciando no solo un delito, sino algo terriblemente  malo.

El director construye un mundo opresivo en torno a sus personajes. Anat siempre está rígida, tensa. El secreto ¿le pesa? ¿o no? la puesta en escena de esa tragedia no se comenta desde un punto de vista sentimental. La dirección es fría y trata de mantenerse alejada del conflicto, de adoptar una postura más de simple observador. Eso funciona porque el espectador puede ver la película sin sentirse direccionado.

En este mundo construido por Tal, los otros personajes juegan un papel muy importante: un papá que está pero no está, y que asiste (como muchos) a la crianza del hijo desde el palco de la comodidad. Un abuelo, el papá de Anat, que no soporta que el niño se convierta realmente en un Dios del piano. En ese personaje, en el abuelo, podemos percibir el origen del problema de Anat. Esa sed de perfección, esa necesidad de aceptación, de reconocimiento. 

La historia avanza dejándonos algunas grandes escenas que además son acompañadas por una bonita fotografía de Meiden Arama en la que priman los colores claros, sobre todo beige, blanco, quizás en contraste con lo turbio del asunto. 

Otra cosa a su favor es que al ser una película anclada en lo musical, su repertorio la vuelve muy disfrutable.  Roie Shpigler y Hillel Teplitzky son los compositores que dieron vida a las partituras de los personajes: Raphael Ben-Ari, Idan y Arieh. Y Eran Zvirin es el pianista que interpreta el piano en toda la película. Zvirin es un prodigio que está ligado a la música desde los 3 años. Él convirtió al piano en otro protagonista más de la película.   

Al acercarse al final, Tal introduce un par de situaciones que le quitan algo de la sobriedad que tanto abrazó en gran parte de su metraje. Después de ser austero en su narrativa piensa que es necesario explicarnos un poquito (no mucho) lo que sucede dentro, muy dentro de Anat. No, Tal, no era necesario. De hecho, lo que sucede dentro, muy dentro de Anat es más fuerte mientras más escondido está. 

De todas formas, seguimos con el ojo pelado porque queremos saber qué va a pasar con ese montón de emociones que están batiéndose en la licuadora a full. 

La personificación que hace Naama Pries de Anat es magnífica. Nunca olvidaré su fatiga haciendo sonar las palmas o chasqueándole los dedos al bebé recién nacido para comprobar que era sordo. 

El final resulta un poco anticlimático pero conmueve. Pensé, porque se anticipa bastante, que no me iba a conmover, pero es imposible no conmoverse. Con esa mirada, con ese final, el director nos dice que sí, que a veces la perfección puede convertirse en una herida gigante.

 

 

 


   

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