Obra

Medinaceli en el paisaje

Una aproximación a la vida y obra del escritor y crítico literario Carlos Medinaceli, a partir de las cartas, los paisajes y las páginas con tinta de identidad.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

“La costumbre del sufrimiento inacabable y sin razones, la plenitud del desastre: ¡qué aprendizaje en la escuela de las tribus aplastadas!”.  E.M.Cioran.
 
Se lee y siente en Carlos Medinaceli, quizá como en ningún otro escritor boliviano, cuánto lo acecha, dolorosamente, el solo hecho de ser boliviano, cuánto lo retuerce, cuánto lo padece como una fatalidad hiriente e inescapable, mil veces maldecida y también, unas pocas, querida y aceptada. “Y es que, si fuéramos a ser sinceros, eso es lo que, en el fondo, sentimos todos los bolivianos: el dolor de ser bolivianos”.1   El eco de semejantes palabras aún resuena, plenamente, a casi un siglo de haber sido dichas. 

Cuando otros momentos, en cambio, asiente y da su sí a cuanto lo rodea, cuando mejor formula dicha acepción, lo hace sin dejar de tener presente, o más bien justamente por eso, la naturaleza desgarrada y letal de cuanto lo afligía y que, en cierto sentido, acabó matándolo: “Yo también soy parte solitaria y raigal de estos muros de adobe y calicanto; de estos hondos badenes de sembradío...”. Por muy pesarosa, desesperanzada que sea la frase, es inocultable el amor con que está vertida.

El horizonte de fracaso que ajusta su vida, es al mismo tiempo –no deja de decirlo innumerables veces– el de un fracaso general y “nacional”. No soporta el medio de “chatura espiritual” en que está condenado a vivir.

Imposible no recordar, al encontrar sus desesperanzadas palabras, que lo mismo le pasaba a Emil Cioran, rumano de nacimiento, ante el hecho de pertenecer, inicialmente, a un pequeño país supuestamente sin brillo.

En su Pequeña teoría del destino, (capítulo de La tentación de existir, de 1956), empieza examinando a España y Rusia, dos países que tenían la tara de estar vanamente obsesionados consigo mismos y su “destino”, palabra que Cioran el rumano,  “repudiaba con todas /mis/  fuerzas”. Luego llega a preguntarse: “¿Cómo se puede ser rumano?”  Cuenta que inicialmente esa interrogación era una “mortificación de cada instante”. Que detestaba su país, sus compatriotas: “No dejaba de maldecir el accidente que me hizo nacer entre ellos…”.

El tema del fracaso como inevitable horizonte existencial de quienes nacieron en países diminutos y desgraciados alimenta, sin embargo, el perverso goce de Cioran:

“Fracasar en la vida, esto se olvida a veces demasiado pronto, no es tan fácil: se precisa una larga tradición, un largo entrenamiento, el trabajo de varias generaciones”.  O ya también: “Saberse de una laya que ‘nunca ha sido’ es una amargura en la que interviene cierta dulzura e incluso algún placer”.

Excusará el lector, pero repitamos las palabras que iban de epígrafe y que Cioran las escribe ante su propio origen y que  tanto se aplican a otros lugares o países: “La costumbre del sufrimiento inacabable y sin razones, la plenitud del desastre: ¡qué aprendizaje en la escuela de las tribus aplastadas!”.

Pero Cioran logró huir de Rumania a París y todas estas sus barbaridades, tan lúcidas y con algo hiriente, gozoso y despectivo, las escribe en francés, convertido en escritor conocido y muy leído. Lejos de Rumania.

No fue la suerte de Medinaceli (Sucre 1898-La Paz 1949). Nunca pudo salir de Bolivia y entre las “bebendurrias”, las cartas, los papeles, los escritos, los pueblos, las distancias, los paisajes, la soledad y la pobreza, y quién sabe qué más, acabó muriendo relativamente joven y “sin perro que le ladre”, como reza el dicho popular.

Si calibramos honestamente la dimensión de Medinaceli, habremos de reconocer que éste nunca llegó a ser un “gran” escritor, cuya obra trascienda fronteras y generaciones. Tal vez por eso, también, es el más querido por algunos. Más que una obra, dejó las dispersas esquirlas de una escritura mezclada con la vida y los pequeños viajes, los grandes paisajes, los tragos, cartas y pobreza.  No hay otro fracaso, creo, que sea tan absolutamente conmovedor, tan honesto y desesperanzado, tan renuente a ceder ante la imbecilidad que lo arrinconaba. 

Decía en 1938: “Yo he venido a este mundo infame con un destino canalla: comentar. Y ni siquiera la vida, lo que es algo, sino una cosa tan efímera y falaz como los libros”. Hasta ahí la frase habría quedado perfecta e impersonal. Hasta podría ser la divisa de muchos críticos. Pero sigue, para mal y cuenta que tiene que “comentar”; “Algo peor, las revistas. Las revistas nacionales”. Lo dijo a propósito de una revista potosina llamada Universidad y de la que le tocó hablar.

Páginas de vida, el título que eligió su amigo Armando Alba para una recopilación de sus dispersos escritos, es muy acertado. No es que hubiera nada autobiográfico en ellos. Hay que tomarlo entendiendo, más bien, que a su autor se le iba la vida escribiéndolas; no porque tratase ningún tema trágico o terrible, sino, y simplemente, por la existencia llena de baches en un páramo seco y sin ecos al que lo destinaba la escritura: “la tragedia del hombre que escribe en un país que no lee”, dijo el conocedor de la “vida tabernaria y borrachosa” de Potosí, o se quejaba, en 1935, de no encontrar ninguna obra “que esté a la altura del dolor boliviano o que haga frente a la realidad que nos aplasta”. 

Escribió desde todo lado e imagino las mesitas precarias, las viejas máquinas de escribir cuando las había, imagino las lámparas a kerosen con que se alumbraba, imagino las plumas, los cuadernos escolares: “Y anota la frase, en un cuaderno de esos, llenos de manchas de tinta, –lágrimas intelectuales– borrones, tachaduras, rayas largas, sinuosas, sucias…”. (Lo dice de un tal Meriles pero tiene más, evidentemente, de autorretrato).

Y está la eterna pobreza de Medinaceli, con su “franciscana filosofía del harapo”. “Mi situación económica es desesperada”, clama una y otra vez, a sus diversos corresponsales.  Su propio fracaso económico es otra medalla más de un fracaso general y nacional. No hay que tomar a la ligera la pobreza de Medinaceli. Ella nos dice tanto sobre él mismo como sobre el país en que tiene lugar, así como sobre los claroscuros de una existencia marcada por la escritura y la promesa de la escritura, por cartas y ensayos, poemas, columnas, una novela y cuántos papeles más que se habrán perdido .  

Junto con la permanente pobreza, adolece también del “mal rentista”, como se le llama ahora: querer vivir del Estado, querer para sí mismo o alguien más un puesto, un cargo, un estipendio, y se piden favores a quien logró colocarse en un puesto importante… Llegó a ser terriblemente irónico con esa situación, afirmando que toda una generación, la suya, “estalló en un verso y encalló en un empleo”. 

“Rentismo” aparte, ocurría también, seguramente, que el Estado, a través de ciertas reparticiones (Cancillería, Educación), era el único interlocutor pragmático que tenía un intelectual de entonces, condenado a la “jornalería de la pluma”. No había ni becas ni ningún mecenazgo, ni menos un público lector, ni quién le diera un cinco por lo que escribiera. Sólo quedarían los espejismos y dineros fantasmas de un Estado fantasma.

Él mismo tenía muy presente la singularidad de su condición: “Las gentes que vendrán después querrán saber cómo hablábamos, cómo pensábamos, cómo éramos nosotros. Nosotros los de este tiempo”. La última frase de esta cita parece venir después de una pausa honda y llega pesada, subrayando la contemporaneidad en la que vive.  

Esta es trágica por lúcida, desencantada  por conocedora de sus límites y  carente de toda gloria,  pródiga en una oscuridad y “chatura”, mortificantes que él observa permanentemente y sin tregua. Muy bien lo definen, también a él, las palabras de Agamben, para quien  contemporáneo es “aquel que sabe ver esta oscuridad, que está en grado de escribir entintando la lapicera en la tiniebla del presente”.

Además de un escritor de libros y de artículos, o de columnas periodísticas, Medinaceli fue un frecuente escritor de cartas. Hay mucho que agradecerle a Mariano Baptista por todas las que salvó y por el conjunto del material que viene en el libro Atrevámonos a ser bolivianos. Vida y epistolario de Carlos Medinaceli. 

En el volumen se rescatan las suficientes cartas como para llenar unas 120 páginas del mismo, en letra impresa. Lástima que no sepamos cuántas de ellas fueron escritas a máquina, cuántas a mano, en qué tipo de papel… En todo caso, deben corresponder a más de 300 las páginas de cartas originales y ahora conocidas. Medinaceli  las escribió durante toda su vida y desde todos los lugares en los que estuvo. 

¿Cómo sería entonces el sistema de correos? La lista de quintas, caseríos, rinconadas, pueblos o haciendas que aparecen rubricadas inicialmente, ya traza una pequeña constelación geográfica. Aparte de las ciudades “grandes” de rigor (Potosí, Sucre, La Paz, Tarija), dicha constelación se extiende hacia el sur. Por caminos sin duda precarios y difíciles, distancias largas y transportes lentos. 

El “Maestro de Castellano” se pasó media vida yendo y viniendo de un lugar perdido a otro. Las cartas están fechadas, cuando lo están, en Pampa-grande del Morro,  Betanzos, Cotagaita, Tupiza, Vichacla, Chequeltí, Valle de San Pedro, Vitiche, Quinta del Mesteiro… “Somos arrieros, como decía Platón”, exclama por ahí. 

Llama la atención que en vida de Medinaceli se publicaron tres gordos libracos dedicados al paisaje:

-Jaime Mendoza, El macizo boliviano. El factor geográfico en la nacionalidad boliviana. 1925.  311 páginas en su actual edición del Bicentenario.

-Federico Ávila, Bolivianidad I Sugerencias del paisaje boliviano. Arnó Hermanos.-editores. La paz, 1937. 508 páginas.

-Raúl Botelho Gosálvez,  El hombre y el paisaje en Bolivia. 283 páginas. (Medinaceli comenta más tarde el libro, una antología de apreciaciones –internacionales algunas sobre el paisaje boliviano–  disponible en internet).

¿Qué llevo a estos señores, y con tanto ímpetu grafológico, a volcarse de semejante forma hacia la tierra y el paisaje? Arrastrados como por una utopía geológica, o hasta por una suerte de nacionalismo topográfico, hacen la descripción y los homenajes, loas y cantos a los escenarios de una supuesta o esperada “patria” que procuran dotar de ventajas por lo menos naturales. 

La sociedad boliviana que conocen o el país real, en cambio, no les ofrece mucho que cantar. Todos esos cientos de páginas parecen obedecer, más bien,  a la poco menos que desesperada búsqueda de algún soporte ontológico-patrio. ¿Y no es semejante deseo, lo propio de esas “tribus aplastadas” de las que habla Cioran refiriéndose a su ser-rumano?

El mismo Medinaceli se refiere muchísimas veces al paisaje. Ya sea explícitamente en breves capitulitos como Fisiognómica del paisaje andino, o De Potosí a Tupiza, dos paisajes,  o en reseñas, pequeñas crónicas, “apuntaciones”. “Soy un Zaratustra geológico”, dice. Acuña de pasada la noción de “determinismo mesológico” (que traducido a nuestro lenguaje es determinismo ecológico) y, a propósito del paisaje potosino, habla de una “comunicación espiritual” con el paisaje, de “convertir los estados de conciencia en paisajes y los paisajes en estados de conciencia”.  

Le parece que un poeta, Alberto Saavedra Nogales “compenetrándose del dintorno cósmico” llega a captar el paisaje y Medinaceli rescata estos versos preciosos: “En esta calma que pasma /va recorriendo el camino/un furioso torbellino /como un viejo fantasma”. 

Cita una conferencia de Roberto Prudencio llamada Ideas sobre el sentido de la cultura altiplánica, en que se trata de un “sentido cósmico” y de la “infinitud espacial”, y también recoge citas sobre el paisaje de José Eduardo Guerra y de Jaime Mendoza.

El paisaje, lo sabemos ahora, también es una construcción o dispositivo “espiritual” con su propia historia. Ni la idea del paisaje es universal ni es el mismo para todos. 

El proceso de colonización debe haber sido, también, el de la imposición, a sangre y fuego, de Otro espacio. Así como cualquier sitio sagrado fue sustituido por una iglesia, así también se desalojó la sacralidad de las grandes montañas y se sobrepuso un liso mapa geográfico y extensivo, a una tierra estriada y que obedecía a otras direcciones intensivas, marcada por los animales y los dioses, los ojos de agua o las alturas. 

Las fuerzas geománticas y las vibraciones telúricas fueron sustituidas por paisajes, coordenadas y medidas. El paisaje, en realidad, muy bien pudo haber venido a ocupar los lugares en que la tierra había quedado baldía. Cosas como la extirpación de idolatrías la habrán vaciado. ¿A waste land, en un sentido místico/topográfico?

Sobre el conflicto de paisajes y la indianidad,  Medinaceli habla de pasada varias veces, siempre con lucidez y sintiéndose tocado, aunque nunca les dedique a esos temas más de unos párrafos.  

Múltiples caminos más se abren a la hora de considerar y seguir los paisajes, que también son páginas, y páginas de vida. Dejemos de momento ahí al maestro de escuela, cruzándolos en flota, cruzándolos en mula, a pie, con un cuaderno en un bolsillo y una botella en otro…

 

Cita:

1.   Esta cita se encuentra en la pág. 26 de la primera edición de los Ensayos críticos. Pocas líneas, antes había dicho: “Y es que el tipo del boliviano aún no existe”. En lo sucesivo, todas las palabras en cursivas/comillas están entresacadas de las obras de Medinaceli, pero por razones de espacio ya no daremos cada vez la referencia. Los libros utilizados son: Ensayos críticos, Charcas 1938, Páginas de vida, Colección de Cultura Boliviana, Potosí, 1955, Chaupi Punchaypi Tutayarka, Los Amigos del libro, Cochabamba/La Paz, 1978, Atrevámonos a ser bolivianos, Los Amigos del libro, La Paz, 1984.  Aparte de los diversos recortes (de época la mayoría), atinadamente antologados por Mariano Baptista, no conozco otras páginas sobre Medinaceli. Aún no leí el libro de Ximena Soruco, Clases y desclasamientos en Carlos Medinaceli  y espero hacerlo pronto.