Perfil

Un filósofo-poeta, in memoriam

Un acercamiento a la vida, obra y personalidad de Friedrich Nietzsche, “un filósofo muy artista, o más bien un poeta filosofador”.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  
Escritor

Hace 120 años clavados se apagaba una vida que pudo haber sido algo más prolongada. Hundido en la locura, así cerró los ojos el bigotudo más famoso de la historia de las humanidades y las letras (incluidos los barbones de Marx y Freud). Sus ideas fueron como el torrente de un río furioso, furtivo y explícito, que fue a desembocar en un mar gigantesco e incierto: el mar de lo relativo y lo discutible. Nunca (aunque la quiso) tuvo la última palabra.

Seguramente es uno de los personajes más biografiados y criticados. Y, con seguridad, es el filósofo más leído en la historia. Y lo es, sospecho yo, no tanto por la contundencia de sus teorías, cuanto por lo que los altos artistas más aprecian: la cualidad estética. Su prosa, pues, a veces deviene más poesía que filosofía: está henchida de imágenes y metáforas. 

Con su “filosofía del martillo”, cuyo objeto era deshacer lo establecido por las instituciones intangibles de la sociedad, acaso esculpió figuras que cautivaron por la belleza de la forma, más que por su contenido conceptual. Dicen que cuando se lo lee en alemán, la melodía de sus palabras cautiva incluso al oído más indiferente (siendo que el alemán es clasificado como un idioma rasposo). 

Nuestro Franz Tamayo lo leyó mucho, y su Pedagogía nacional está seguramente influenciada por aquél, no solo por su corriente vitalista, sino además porque la prosa de esta obra contiene igualmente un efluvio discursivo y retórico que tiene algo –o talvez mucho– de musical. Claro: tanto Nietzsche como Tamayo eran melómanos, y mientras uno pensaba en los nibelungos de Wagner para escribir martillando, el otro escuchaba a Beethoven y Chopin para componer (esculpir) La Prometheida o las Oceánides.

Así como hay científicos que terminan sus días volcados a la filosofía (como Comte, Russell o Bunge), hay también filósofos que terminan sus días siendo artistas y escritores. El arte los llena más que la filosofía, aun cuando no les guste admitir que es así. El caso de Nietzsche fue justamente éste. Hizo filosofía porque eso era lo que él quería, e hizo literatura de buen calibre, prosa digna de un buen escritor, quizá sin que él lo haya sabido.

No lo podríamos comprender sin su pensamiento, ya que su vida se desarrolló sin mucho atractivo biográfico: hosca, solitaria, misteriosa, acaso con uno que otro acontecimiento social digno de ser mencionado. Pero su existencia se afirmó primordialmente en las ideas. Una vez, la camarera de una pensión en la que se había alojado, lo vio por el resquicio de la puerta desnudo, bailando una especie de ballet clásico, alegre y con la ventana de la habitación abierta de par en par. 

Tal escena representa la travesía de su vida, una vida de misterio, arte y pensamiento, abandonada a lo monstruoso del enigma. Si Kant siempre había sido reticente a dejar el suelo firme de la razón, Nietzsche –al igual que Leonardo da Vinci– se abandonó por completo al océano tempestuoso de lo indescifrable. Supo que no todas las cosas tienen que tener líneas definidas.

Como ya dijimos, su vida está cifrada en lo que mejor supo hacer: pensar y escribir. La vida de ciertos adalides de toda esfera y todo orden, pues, no puede comprenderse sin mirar nada más que su obra. La de Trotski fue la revolución. La de Einstein fue el estudio de la física. La de Napoleón fue la batalla y el imperio. Y así con muchos. Por eso uno de sus estudiosos más notables, Safranski, titula su libro dedicado a él de esta manera: Nietzsche: Biografía de su pensamiento (Tusquets, Buenos Aires, 2019). En este texto se hace una reflexión de la filosofía en general, es “una declaración de amor a la filosofía”, como este mismo autor escribió en otro de sus libros, y al final del mismo se explica por qué la vida de un filósofo puede ser leída desde el desarrollo cronológico de su filosofía.

Hay un punto en el que se podría comparar a Nietzsche con Goethe: la búsqueda insaciable del conocimiento de sí mismo, de la autoconfiguración del espíritu, de llegar a ser lo que uno es. “Su pensamiento se convierte en una tensa percepción de sí mismo”, escribe Safranski. Nietzsche no se dio un minuto de respiro en la titánica empresa de interpretarse a sí mismo, y entones halló en la música y el mito trágico las razones por las cuales se mueve lo más sublime del espíritu: no se vive dignamente sino por la manifestación estética de las cosas. 

Una vida marcada por la singularidad, por la extravagancia. Su destino, así, parecía inexorable: la demencia. Pero, ¿no son todos los amantes apasionados de las letras, el arte y el pensamiento, en cierto grado, víctimas de la esquizofrenia? ¿No llevan todos los poetas y filósofos el germen incipiente de la locura? ¿Podrían hacerse el arte eximio y la filosofía más profunda apelando solo a la cordura y una sensatez total? 

Safranski nos dice que de niño era serio incluso en el juego, y que asumía su seriedad como un distintivo de su persona. Ya maduro, escribió en una carta de 1888 a Carl Fuchs: “No es necesario ni deseable que alguien tome partido por mí. Al contrario, una dosis de curiosidad, como la que nos inspira una planta extraña, acompañada de una resistencia irónica, me parecería una posición incomparablemente más inteligente en relación con mi persona”. Pero yo creo que bajo el velo del orgullo, en realidad lo que había era un fuerte dolor. La escena del caballo maltratado, cuyo sufrimiento arrancó a Friedrich unas cuantas lágrimas, delata su alma sensible.

¿Cuánta temeridad y responsabilidad intelectual se necesita para interpelar y refutar a Sócrates y Platón? Nietzsche parece haberlas tenido en demasía. Del primero cuestionó su racionalismo apolíneo (racionalismo destructor del mito) y del segundo impugnó su sistema ético, remplazándolo por la ética de los más fuertes. Probablemente son sus ideas reformadoras y radicales (además del romanticismo y la melodía con los que están expresadas) las que lo hacen muy atractivo para las juventudes de todo el mundo. 

Lo cierto es que Nietzsche hizo lo que el mundo había estado dejando de lado desde que desapareció el idealismo alemán: filosofía pura. Y he ahí uno de sus méritos.

He ahí, enterrado en Röcken, el filósofo de los bardos, o el menos sistemático de los pensadores, explorando todavía las vetas del ser desde donde está. Porque la vida individual es perspectivista, está envuelta en un celofán de ilusión y no de certeza. De todas formas, esta limitación es lo que nos hace posible la creación. Tal vez luego de muertos estamos más vivos.

Tal vez Friedrich Nietzsche, cuyos ojos dejaron de estar abiertos hace exactamente 120 años, equivocó de vocación. Pues, como ya dijimos, era un filósofo muy artista, o más bien un poeta filosofador. Su lira nunca pudo resonar. Safranski concluye su libro con esta interrogante: “El alma de este hombre, ¿no estaba hecha para cantar?”.

 

 

 


   

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