Música

«A la alegría por el dolor»: qué aprender de Beethoven

Este 2020 se celebra el 250 aniversario del nacimiento del gran compositor. Una serie especial aborda su vida, en esta primera entrega, desde sus desdichas.
domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:00

Alejandra Echazú Conitzer
Directora del Departamento de Cultura y Arte de la Universidad Católica Boliviana

“Quien obra con bondad y nobleza, precisamente por ello, puede sobrellevar el infortunio”. L. V. Beethoven.

Existen variados senderos para acercarse, conocer y amar a  Beethoven: más allá de su música que es en sí un universo deslumbrante y cuyo comentario será tarea de los expertos, contamos con sus escritos (cuadernos usados para sus conversaciones que llegan a 11.000 páginas). Esta vez elegí al hombre y su actitud ante la vida, que nos lleva a comprender cómo Beethoven concibió el mundo en términos que deberíamos reconsiderar seriamente en la actualidad;  nociones relativas a la virtud, la resignación y el destino, la pasión, la dignidad y heroicidad. 

Hoy parecen anticuados e irrelevantes y, no obstante, si algo debemos aprender en este presente, que relativiza la  vida honorable y virtuosa, es que para transitar en ella es imprescindible, tanto en el ámbito privado como en el público, una consciencia innegociable de valores. 

Vivimos en una sociedad que busca la felicidad, lo que es imperativo y justo, también Beethoven la anhelaba: “¡Dios mío, concédeme un día, un solo día de verdadera alegría! ¡Hace tanto tiempo que me es extraño el sonido profundo de la verdadera alegría!”. En su doloroso Testamento de Heiligenstadt,  de 1802, a sus 32 años Beethoven revela por vez primera que desde los 26  no oye bien y que, a pesar de anhelar la compañía de los hombres, debe vivir apartado. 

Son los sufrimientos inevitables e inherentes a la vida y ellos deben ayudarnos a crecer. Es sobrecogedor darnos cuenta de que la mayor parte de su obra, y con seguridad la más enérgica y vital,  la compuso aquejado por la sordera. Al respecto, Romain Rolland, quien escribió Juan Cristóbal, recreando a Beethoven, comenta  que la Sinfonía Pastoral “está urdida con canciones y murmullos de la naturaleza” y con cantos de  aves del bosque. Sin embargo nos recuerda que para entonces, Beethoven estaba completamente sordo y “esto es lo que hace tan conmovedora esta evocación de los pájaros. La única manera que le quedaba de oírlos era haciéndolos cantar dentro de sí mismo”. ¡Es el ser humano que vive para adentro! 

Similar actitud adopta Beethoven con la alegría, que únicamente puede proyectarla en su obra porque la felicidad le es esquiva. Consideremos que la Novena Sinfonía –símbolo de libertad y que canta la  Oda a la alegría de Schiller– fue concluida pocos años de su muerte, quizá los años más amargos, y en los que es más elocuente su amor por la vida y su actitud de reconciliación con los infortunios.

A pesar de “una tristeza incurable” Beethoven se repite “¡Paciencia! . . . la paciencia es lo que ha de servirme ahora de guía.” 

También en una carta a su amigo de infancia, Dr. Wegeler, le dice que a pesar de que sus oídos “zumban y braman día y noche”, él quiere “desafiar su destino” (1801) y en otra del mismo año: “Quiero que me veáis tan feliz como me sea concedido serlo en la tierra,  no desdichado. ¡Esto no podría soportarlo! Quiero hacer frente a mi destino; no conseguirá doblegarme! ¡Es tan bello vivir la vida mil veces! Me da la sensación de que yo no estoy hecho para una vida tranquila”.  

Hay un impulso vital a pesar del sufrimiento: “¡Pobre de aquel que no sabe morir! Yo ya lo sabía cuando solo tenía quince años”. (1816). 

Su reconciliación con la vida es plena de pasión y su miseria no le impide desarrollar una consciencia fraterna; escribe en 1801 “si el bienestar no ha aumentado en nuestra tierra, mi arte debe consagrarse a mejorar el destino de los pobres…”. Tampoco el dolor le impide apreciar su propia valía: “Y quiero deciros al menos que me encontraréis mejor; no hablo ya solo del artista, sino también del hombre, que os parecerá mejor y más maduro”.

Beethoven no es solo el genial compositor, es profundamente humano; un ser pleno de contradicciones emocionales y temperamentales manifiestas en su música. En Beethoven todo parece extremo; desesperadamente enamorado como angustiosamente preocupado o infeliz y, sin embargo, este vaivén incontrolable que le dictaba su corazón o que la existencia misma le imponía sólo pudo soportarlo gracias a poseer valores enraizados e inquebrantables que le permitieron sobrevivir los infortunios y golpes de la vida con resignación,  dignidad y en absoluta libertad; es ése su gran legado personal: 

“La virtud me ha sostenido en mi miseria, y a ella, y a mi arte, les debo no haberme suicidado”. 

Hay que mencionar que estas actitudes de reconocimiento de su esencia, sus dones y la aceptación de su destino, así como la búsqueda de los espacios de paz y bienestar en la naturaleza, forman parte de un clima mental de la época,  que sin duda circulaba en el entorno de Beethoven y que quizá aportaba a su fortaleza interior. 

Presentes estaban  la filosofía y ética kantianas con el mandato de liberarse de la minoría de edad del pensamiento; la declaración de Fichte de que la consciencia cognitiva no necesita otro fundamento que ella misma; Schelling y  la exaltación romántica de la naturaleza, como  un organismo del que surge la conciencia humana y Hegel con la teoría del ideario de la conciencia y el ensalzamiento de la libertad del hombre. 

A lo anterior debe añadirse el impacto que tuvieron la Revolución Francesa, los ideales republicanos y las historias heroicas,  paradigmas que Beethoven abrazó desde muy joven; ejercieron influencia el Romanticismo y  poetas como Goethe, Schiller, Hölderlin y Novalis.

Beethoven es un compositor y un músico excepcional y majestuoso, pero es ante todo  un mortal que aspira a la heroicidad a través de la entrega total de su talento y del ejercicio de la bondad “el corazón es el impulsor de todo lo grande”, y el genio lo consigue: se erige a sí mismo como un héroe. Del sufrimiento humano levanta con pasión un monumento a la alegría y a la libertad humanas.

 

 

 

 


   

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