Escritura

Elogio de la síntesis

Una reflexión en torno al haikú y al desafío de requiere componer un relato en cuatro líneas, un beneficio que -sostiene el autor- dura toda la vida.
domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli
 Matemático y escritor

A Walter Navia.

El único profesor que me enseñó a escribir fue Walter Navia. Si no escribo mejor, no culpo al maestro (ni a la musa editora). De varios escritores aprendí por inspiración y de algunos por rechazo, como todos los que escribimos, pero no hay otro que me haya dado una lección que me sirviera para toda la vida. Una lección, no; un año entero de lecciones. De todas aquellas, mi defectuosa pero no por eso menos agradecida memoria recuerda especialmente sus composiciones en cuatro líneas; quiero decir las que él nos mandaba escribir. La consigna era simple: escribir un relato en cuatro líneas sobre un tema dado. 

Lápiz, papel y risa

Era el tiempo del lápiz y papel, así que nadie se daba el trabajo de contar palabras y menos caracteres. Supongo que había margen para usar esas cuatro líneas con más eficiencia escribiendo con letra más chica, pero no recuerdo que nadie usara tales artificios. Bastante desafío era ya inventar esas cuatro líneas y su título de manera a hilar un texto que fuese un relato. ¡El título ya era una línea!

El recuerdo tan grato que tengo de esos ejercicios no tiene que ver con lo regular que lo hacía, unas peor y otra mejor, sino con el ejercicio social que Navia organizaba para la revisión colectiva de esas composiciones. Funcionaba así: pasado el tiempo acordado, él recogía las composiciones y nos pedía que acercáramos los pupitres para formar un semicírculo alrededor de su mesa. Acto seguido, las leía una por una, sin mencionar el nombre del autor, y todos comentábamos (en muchos casos, después de aplacadas las carcajadas). Dicen que la letra entra con sangre; en este caso entraba con risa.

Ignoro si tales prácticas pedagógicas se han hecho usuales en los colegios de mis lectores, y no sé si son capaces de representarse el entusiasmo que provocaba la novedad y la diversión llena de contenido pedagógico. Esto hizo que la escritura, al menos en mí, se alojase en la parte lúdica del cerebro. ¿Qué puede haber más merecedor de reconocimiento?

La disciplina de síntesis que requiere componer un relato en cuatro líneas es un beneficio que dura toda la vida. Lo aseguro por experiencia propia y no porque cada vez que me pongo a escribir algo comience con cuatro líneas maestras –no lo hago– sino porque la búsqueda de la síntesis y la aversión a la palabra superflua han quedado incorporadas al escritor subconsciente que guía lo que escribo. No son pocas las veces en que la frase más corta dice lo mismo mejor. Quisiera siempre encontrarla.

Haikú y otras cosas menores

El ejemplo moderno quizá más famoso de síntesis en la escritura es el inolvidable cuento de Augusto Monterroso (1959): 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Él tiene otros cuentos mínimos, pero este es el más mínimo de sus mínimos. 

Un paso más allá; o más acá, porque usa una palabra menos, está la famosa composición en seis palabras atribuida a Hemingway:

For sale. Kids shoes. Never used.

Que en castellano podría ser

Vendo. Zapatos de niño. Nunca usados.

El inmenso el dolor concentrado que sugieren estas seis palabras ponen de manifiesto como pocos textos el poder evocador de las palabras.

Cuenta la anécdota no confirmada que Hemingway escribió esta composición por apuesta y no se atribuye una fecha al episodio, pero se sabe que el tema de los zapatos infantiles antecede en mucho al escritor. Un anuncio de periódico de 1910 ofrecía zapatos de niño nunca usados, pero no en venta, sino gratis. 

Independientemente de la autoría, lo que es notable en estas composiciones, la de Monterroso y la supuesta de Hemingway, es lo que sugieren más que lo que dicen. En el caso de los zapatos de niño, una tragedia, en el caso del dragón una princesa, quizá un héroe. Justamente porque sugieren en lugar de describir, dicen más con menos palabras. Cada uno puede sacar de esas composiciones muchas historias. Son cuentos para imaginar. 

Estas composiciones son una versión occidental del haikú, esa delicada forma poética de la peculiar cultura japonesa. 

Un ejemplo de Matsuo Basho

Nadie que vaya

por este camino.

Crepúsculo de otoño.

Y otro de Nishiguchi Sachiko

Entre las hojas de té

puestas a secar,

solo un sendero

En la estética de lo sugerido está aquello que caracteriza el texto literario y lo distingue de otros. Ahí está todo aquello que la inteligencia artificial no logra entender en todas las dimensiones de este verbo. La cuestión no es trivial, pues si un circuito de neuronas puede entender, por qué no lo podría hacer un circuito electrónico. En el experimento de la Habitación china John Searle sugiere la posibilidad. La pregunta ocupa todavía a los filósofos. 

Hay estrofas de la poetisa Sappho que tienen esa calidad evocadora de un haikú:

Mitad de la noche 

se ha ido ya

la juventud se va 

y estoy sola en la cama.

De poemas más largos se puede también extraer estrofas que tienen un similar poder evocativo, como esta de Marcelo de Urioste

Titicaca padre de agua

Mil sapos se han vuelto ciegos

Buscando el fondo de tu alma.

Pero en estrofas como esta de Urioste el sentido sugerido es alegórico, mientras que en los de Hemingway o Monterroso es puramente evocativo. Ninguna metáfora es necesaria para ir de las palabras al sentido del conjunto.

 

Juegos para profesores 

Los profesores de literatura, que en estos días de pandemia buscan actividades para los estudiantes, podrían usar estos ejercicios para poetizar a sus alumnos con entretenimiento. Tanto las composiciones en cuatro líneas como las de seis palabras están al alcance de estudiantes desde la primaria hasta la secundaria, además del efecto educativo, tienen la virtud (para el profesor) de que son fáciles de corregir y de que se prestan a concursos para incentivar a los alumnos. 

A modo de motivación, abajo doy otros ejemplos de textos en seis palabras; estos sobre el tema del confinamiento (son variaciones sobre composiciones ajenas):

No vivo. Huyo de la muerte

Ni horneando pan curo mi soledad

Ciudad desierta. Extraño la antigua muchedumbre

El cuento de Monterroso tiene siete palabras. Una versión de seis es aceptable:

Al despertar, estaba allí un dinosaurio

Pero este es “otro cuento”. Aquel “todavía” del original le da una dimensión temporal imprescindible. 

El ejercicio no tiene por qué limitarse a colegiales. Puede también servir de pasatiempo solitario o colectivo de adultos con sensibilidad literaria. Se elige un tema, y cada participante propone una composición. 

Cualquier tema puede servir para el juego. Por ejemplo, la muerte.

Su pasión la mató de aburrimiento.

Con eso me matas. No pares.

Después de aquello, solo el suicidio.

La exigencia poética para escribir composiciones triviales como estas no es grande, pero las buenas se destacan por su mayor poder de evocación. La virtud del ejercicio como educación literaria para estudiantes está justamente en esa combinación de facilidad y posibilidad creativa gradual. Es menos difícil que la poesía, pero puede ser un paso en esa dirección.