Reseña

Brockmann, cronista de la resistencia

21 días de resistencia es más que una crónica pero menos que historia: un reportaje que trasciende los límites de la relación de hechos, porque los enjuicia y critica.
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  
Escritor

Cuando Robert me llamó para pedirme que leyera el manuscrito inédito de su último libro, sospeché que me enfrentaría a la lectura de un trabajo de monumental investigación, como suelen ser todos sus trabajos. Accedí honrado y curioso. Y ciertamente, al ver el documento –que sobrepasaba las 400 cuartillas en tamaño carta– corroboré mi presentimiento.

El epígrafe de la obra, una cita de Lenin, despertó más mi curiosidad: “Hay décadas en las que no pasa nada, y semanas en las que pasan décadas”. 21 días de resistencia: La caída de Evo Morales, es el título del libro, una crónica profunda que aborda los hechos desde, primordialmente, la oralidad de los protagonistas, sin prescindir de la información de hemeroteca. Claro: el hecho sobre el que trata es muy fresco, y aún no existen fuentes documentales de interpretación madura y reflexiva sobre el mismo, que no sean columnas de opinión, noticias y uno que otro reportaje, escritos bajo el calor y la pasión de un momento por demás intenso. En el orden de la lectura infalible de los hechos, está primero la noticia inmediata, luego el artículo de opinión, después el reportaje y la crónica y, mucho más allá, la historia.

El trabajo de Brockmann es algo más que una crónica pero menos que historia: un reportaje exhaustivo. Trasciende los límites de la relación de hechos, porque los enjuicia y critica. Pero no llega a la reconstrucción definitiva de los mismos. Tiene, dentro de sí, la semilla de la historia y el análisis del ensayista, pero no la frialdad del académico que mira desde un lugar distante el desenvolvimiento de los sucesos congelados en el tiempo. Como en Tan lejos del mar, en 21 días de resistencia Brockmann se sitúa en una posición dual de narrador ágil y periodista profundo.

Como periodista, el autor destella: despliega un vasto material oral y escrito consultado para concatenar y reconstruir la narración de unos días luctuosos y decisivos. Su ventaja, además, está en haber vivido la historia de la caída de Morales y los largos años del gobierno azul. En este sentido, los cronistas que viven en carne propia la materia de sus narraciones tienen una ventaja comparativa con los historiadores.

Uno de los puntos flacos de la obra, si vemos ésta como un ensayo de interpretación histórica, es su cualidad sincrónica, pues el fenómeno social (iniciado en realidad cuando Morales violó la voluntad del pueblo en 2016, o incluso antes), cuyo clímax se produjo en los días posteriores a la elección de 2019, no ha llegado aún a su término. De alguna forma, lo que estamos viviendo hoy es la continuación de una misma tensión histórica que por momentos se distiende y por momentos se tensa, como un acordeón, y que para algunos es el germen de una guerra civil.

“Este libro está escrito desde una perspectiva transparentemente opuesta y contraria a lo que terminó siendo y representando Evo Morales”, confiesa Brockmann al comienzo. Esto, que parecería ser un punto débil desde la perspectiva del consumidor académico, en realidad es una fortaleza. Pues la historia y la crónica (esta última hermana menor de aquélla) deben contar con la pluma apasionada y el componente subjetivo de su creador. A leer este libro, termino comparando a su autor en algunos aspectos con Vasili Grossman, el gran corresponsal y cronista de guerra que supo registrar, para el Ejército Rojo, la barbarie de algunos hechos de la Segunda Guerra Mundial.

El orden de los acontecimientos que maneja el libro de Robert está bien hilvanado, y ciertamente este trabajo llegará a constituirse en la más seria y sistemática crónica inmediata de los sucesos que desembocaron en la caída de Morales en 2019, convirtiéndose en un aporte relevante en el acervo historiográfico nacional. El prólogo, titulado “El más amado, el más odiado”, proporciona al lector una contextualización sociopolítica sucinta pero precisa y crítica de los prolegómenos del acenso de Morales, su cuasi mitificación y su gradual degeneración en el poder.

 La relación de los hechos comienza de una forma provocadora: “Cada boliviano recuerda dónde estaba al anochecer del 20 de octubre de 2019, cuando los últimos votantes habían regresado a casa (…) y la gente empezaba a encender sus televisores para enterarse de los primeros resultados electorales”. Una de las cualidades del libro es que toma como fuentes principales a protagonistas jóvenes, cosa inusual en obras de reconstrucción histórica o crónica profunda; mas no podía ser de otra forma, siendo que el papel de la juventud fue crucial en esas semanas épicas de dolor, confusión y gloria.

Algo que no puedo dejar de elogiar es lenguaje de Brockmann, un lenguaje pulcro, correcto, certero: su pluma no se doblega ante lo que hoy es moda profanadora de una normativa académica de siglos; se sustrae con valentía de lo que hoy se conoce como “políticamente inclusivo” (bolivianos y bolivianas, por ejemplo), y emplea vocablos que pueden resultar incómodos para algunos, pero que, según la RAE, definen a cabalidad algunas cosas que él quiere describir (hordas, huestes, plebes, por ejemplo). En un mundo viciado por el posmodernismo y el progresismo estulto, el arte de escribir bien es un acto de irreverencia redentora, y en este sentido Brockmann es un irreverente cabal.

En la historia electoral de Bolivia hubo muchos procesos fraudulentos, pero pocos (como el de las elecciones municipales de 1897 o el de las elecciones nacionales de 2019) terminaron con tanta violencia y dieron paso a un nuevo capítulo de la historia. Así que el análisis sociológico, politológico e historicista frío y definitivo de lo ocurrido en esos días de octubre y noviembre, y su concerniente juicio, es tarea de los investigadores sociales de mañana.

 ¿Qué fue lo que sucedió verdaderamente, sociopolíticamente hablando? Aún no puede saberse a ciencia cierta. Toda realidad social es sumamente compleja como para reducirla a blancos y negros; siempre, en medio de éstos, existe una escala de grises que a veces, debido a la euforia de un momento o una ideología, no podemos ver. La otra cosa no menos cierta, y sobre la que pocos lamentablemente caen en cuenta, es que en la vida de los pueblos hay derrocamientos legitimados por la historia y bendecidos por la mano de Dios (pues a veces los tiranos no salen sino a fuerza de descalabros institucionales), y que, de acuerdo con la politología, a veces los protagonistas de éstos no son quienes siempre terminan tomando el poder. 

Por el momento, lo que podemos hacer los escritores es narrar, con buena pluma, honestidad intelectual y juicio crítico, aquellos días de sangre y –¿por qué no?– de gloria. Y esto es justamente lo que ha hecho Brockmann éste su último libro que ahora ve la luz y al cual le auguro éxito editorial, de una manera más que notable.

Como Robert prevé con agudeza intelectual hacia las últimas líneas del libro, luego de la resistencia de los 21 días, que parecía un nuevo amanecer lleno de fulgor, el futuro se nos presenta todavía “sombrío y lleno de amenazas”.

 

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