Literatura

El boom y los dictadores

La figura del dictador latinoamericano fue explorada y explotada por la literatura. En las letras bolivianas también hay referencias a caudillos locales.
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Walter I. Vargas
Ensayista y literato

Cincuenta o sesenta años de ocurrido el boom literario latinoamericano, no creo que desmerezca agregar una anécdota a su historia. En uno de los artículos de Geografía de la novela (1993), colección de ensayos del novelista mexicano Carlos Fuentes, éste cuenta una reunión realizada en Londres en 1967 con Mario Vargas Llosa, en la que habría surgido una de las ideas que tuvo más éxito en la historia de ese mojón cultural: la exploración y explotación de la figura del dictador latinoamericano. Cuenta Fuentes que ambos coincidieron en la felicidad de la idea, por lo que se propusieron confeccionar un libro que contuviera una galería de la amplia lista de tiranos y tiranuelos que el subcontinente ha producido a lo largo de su historia bicentenaria. 

El tema no era muy novedoso. Bastante se había reflexionado ya sobre la deriva caudillista y prepotente del presidencialismo durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, con tonos incluso harto pesimistas acerca de la posibilidad de desterrar el mal. Y en el terreno específicamente literario, Miguel Ángel Asturias ya había publicado en 1946 (aunque la escribiera en los años 20) El señor presidente, una novela grotesca basada en El tirano Banderas, de Valle Inclán, que en realidad puede ser considerada precursora del boom por la retórica machacona y molestosa de la oralidad. Sin embargo, como era anterior, no merece la menor alusión de parte de Fuentes.

Pero si bien el asunto no era nuevo, lo era la fórmula adoptada por el tándem Fuentes-Vargas, porque respondía a una fórmula según la cual a más estrafalario y bizarro, más futuro como personaje tenía el dictador. Respondía de esta manera al patrón marketinero del boom: escribir para Europa y Estados Unidos  

Así, Fuentes continúa con algunos ejemplos atractivos para sus propósitos: el dictador decimonónico mexicano Santa Anna, que organizó un funeral de su pierna perdida en guerra; el venezolano Juan Vicente Gómez, ilustre precursor de Nicolás Maduro que habría anunciado su muerte para ver quien la celebraba y castigarlo, terminando de manera sorpresiva en el boliviano Enrique Peñaranda. He aquí lo que dice de éste: “El boliviano Enrique Peñaranda, de quien su madre, famosamente, dijo: de haber sabido que mi hijo iba a llegar a ser presidente, le habría enseñado a leer y escribir”. 

Digo sorpresiva porque en materia de autócratas Bolivia es más bien famosa por militarotes como Melgarejo y Belzu. Y que yo sepa, no hay en la historia boliviana semejante noticia del analfabetismo de Peñaranda, de manera que esa “famosa” versión más parece un falso chisme o chiste contado por José Donoso, por lo que contaré después. Tampoco se puede decir que haya llegado al poder mediante algún golpe de los que acostumbraban los milicos en nuestros países. De hecho, se adjudicó la presidencia mediante las elecciones de 1940, en las que le ganó a José Antonio Arze (60.000 contra 6.000 votos, según James Malloy). 

Y si algo de dictador tuvo, fue porque en su gobierno se realizó la famosa “Masacre de Catavi” (1942) que hizo correr algunos arroyuelos de tinta en las siguientes décadas y fue prefigurada mágicamente, según L. H. Antezana, por Cerruto en  Aluvión de fuego, pero que a estas alturas, ante un rosario de otras tantas masacres igualmente topónimas (de hecho, ya estamos consagrando otro par de ellas, las de Sacaba y Senkata), se está perdiendo en la noche de los tiempos.

A decir verdad, aventuro que Fuentes ni siquiera sabía en qué época aproximada había gobernado este país ese militar apoleño. Es natural: un mexicano no tiene por qué conocer la historia de Bolivia, “ese penthouse de las Américas”, como dice en su artículo, pero que en realidad no visitó jamás. Del mismo modo, los bolivianos ignoramos totalmente al presidente mexicano Santa Anna (al punto que yo hubiera escrito su apellido como el del célebre guitarrista de Woodstock), el dictador que escogió Fuentes para hacer su novela, y que al final tampoco llegó a escribir. Es que, en buena medida, la idea de Latinoamérica como una unidad cultural es más entelequia que realidad, y mucho más la del Tercer Mundo, que en esa época la izquierda internacional promovió entusiasta, a manera de hacerle las cosas difíciles al imperialismo.

También es llamativo que siendo Bolivia uno de los países que más fama tienen de haber prohijado autócratas (ahora hasta tenemos un dictador frustrado: Evaristo Morales), no hayan recurrido a ningún fabulador nacional para encarar la tarea. Incluso Néstor Taboada Terán, que siempre acarició la idea de ser el representante boliviano del boom, escribió Las dos queridas del tirano (Mariano Melgarejo), y terminó haciendo una biografía encomiástica del dictador frustrado. Pero todo esto fue mucho después.

Eso no es todo lo que cuenta Fuentes en materia de anécdotas relacionadas con Bolivia. Con el proyecto en las manos, el mexicano y el entonces todavía peruano pidieron a doce narradores latinoamericanos escribir sobre “su tirano nacional favorito”, algunos de los cuales eran García Márquez, Carpentier, Cortazar, Miguel Otero Silva, Augusto Roa Bastos, Juan Bosch y los chilenos José Donoso y Jorge Edwards. Ahora bien, como había superpoblación chilena y falta de dictadores mapochinos, Donoso, sigue contando Fuentes, habría prometido “ocuparse de algún dictador boliviano”. Al parecer su relación conyugal (esposa boliviana) lo habilitaba para cumplir tal tarea. De esta manera, no contentos con apropiarse de nuestra costa, ahora nos venimos a enterar que los chilenos amenazaron en su momento con saquear nuestra riqueza dictatorial. Pero como en la mayoría de los otros casos, la idea nunca se llevó cabo, y Donoso presentó más bien en 1970 su novela más conocida: El obsceno pájaro de la noche, respecto de la cual habría que decir que quizá hubiera sido mejor que se ocupara nomás del dictador nacional.

Hay que lamentar además que cuando Donoso andaba en ese proyecto, Pinochet todavía no se hubiera apoderado de Chile ametrallando el palacio presidencial, porque hubiera tenido algo que hablar sobre su propio país. Por otra parte, llama la atención que nadie hubiera mentado ocuparse del que es de lejos el más grande dictador latinoamericano de todos los tiempos: Fidel Castro Ruz. García Márquez fue su gran amigo, pero a la hora de ocuparse del tema optó por hacer una ensalada internacional con varios mandamases en El otoño del patriarca. Y eso que en 1975, cuando Gabo publica esa novela, la dictadura cubana ya era una fea adolescente quinceañera, porque, entre otras cosas, ya había obligado al poeta Heberto Padilla a desdecirse de sus opiniones. Y Carpentier por su parte no solo convivió con la dictadura, sino que fue embajador de Castro en Francia. 

En fin. Que más allá de las anécdotas, hubo cierto boom lateral o anacrónico, apoyado por los propios cabecillas de ese grupo, que aparenta perdurar un poco más. Por un tiempo hubo una euforia por Paradiso y después se descubrió a Rulfo como un feliz precursor. Por su lado, el importante crítico uruguayo Rodríguez Monegal consideraba Grande sertao veredas muy superior a Cien años de soledad. En definitiva, son cosas un poco personales y de gusto o interés literario. De manera que en cuanto a mí toca diré modestamente que el mejor novelista de esa época, que convivió a regañadientes con el cogollo principal del boom, fue Juan Carlos Onetti.

 

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