Aullidos de la calle

El escozor de la infelicidad

Swallow es una opera prima respetable que retrata la vida de Hunter, reducida a mujer florero, y Richie, un hijo privilegiado a quien ella tiene que hacer feliz.
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

En Swallow, Hunter (Haley Bennet) comienza a tragar cosas. Una pequeña canica de cristal es lo primero que engulle. La toma es casi poética. La canica redonda, delicada. La cara de Hunter, a quien hemos visto sola, vacía, perdida en los primeros minutos de la película, se ilumina cuando el objeto entra en su boca y se desliza por su garganta. Algo cercano a la felicidad o a la satisfacción traspasa la pantalla.

El filme, escrito y dirigido por el newyorquino Carlo Mirabella-David, empezó a ser concebido como proyecto cinematográfico en el 2016 y se filmó en el 2018. Mirabella-David ha contado que se inspiró en Edith, su abuela, que como resultado de las palizas que le daba su esposo, desarrolló un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) por el cual fue internada en un centro psiquiátrico. 

Ahí, obviamente, el TOC que era consecuencia de una vida sometida a la violencia doméstica, fue tratado con electrochoques. Es evidente que el hecho perturbó al Carlo, que luego decidió hacer cine, y que ese Carlo quiso contar una historia en la que Edith encontrara algo de justicia.

Swallow, entonces, agarra intensidad en el retrato de la vida de Hunter, reducida a mujer florero. “Finge hasta que lo consigas”, le dice su suegra cuando conversan sobre lo “afortunada” que es al haber encontrado un marido como su hijo. 

Hunter es de una clase social y económica diferente a la de Richie (Austin Stowell). Esas diferencias hacen que ella sienta que es su obligación hacer feliz al sujeto, en una especie de compensación por su origen humilde. 

La vida de la pareja es opulenta. Richie es un hijo privilegiado al que su padre le ayudó a conseguir una lujosa casa encima de una colina. Ahí, Hunter pasa los días completamente sola, decorando la casa y cocinando para que cuando Richie llegue, se siente a cenar absorto en su celular. 

Cuando Hunter comienza a tragar cosas, hay una parte tuya que entiende su compulsión. Que sabe que el problema no es el síndrome Pica (un desorden alimenticio reconocido por el DSM-V). Que sabe que el TOC de Edith tampoco era el problema. 

El guión del nieto de Edith alcanza su clímax cuando Hunter queda embarazada y ahora su costumbre de tragar cosas amenaza no sólo su vida, sino la de un futuro heredero de la familia ricachona. 

Creo que Swallow es difícil de tragar como película. Es incómoda. Indigesta. Por lo menos en lo que podríamos llamar su primer acto es comprensible que tenga fama de perturbar a sus castas audiencias, de hacer que la gente llegue al vómito, incapaz de soportar el autoflagelo de nuestra protagonista.

Sin embargo, en su afán justiciero o de forzada reflexión, el nieto de Edith decide forzar el naipe. Sus dedos de guionista se interponen en una historia que en la vida real no fue benigna ni tuvo final feliz. Porque las Hunters y las Ediths del mundo consiguen salir adelante sin poder saldar deudas y sin recibir las ayudas extras de nadie. 

Hablo por ejemplo de las decisiones que toma Luay (Laith Nakli), el guardaespaldas sirio que tiene que vigilar a Hunter las 24 horas del día.  O el encuentro con Erwin (Denis O’Hare) que sentí innecesario y maniqueo. Son detalles que se quedan atravesados en la garganta por inverosímiles y facilistas. 

A pesar del atragantamiento del segundo acto, Swallow es una opera prima respetable, que cuenta con una bellísima fotografía propiedad de Katelin Arizmendi, otra joven newyorkina, que logra que entremos totalmente al mundo de Hunter y que no nos olvidemos de los tonos rojizos del cuarto del bebé, o cuando Hunter está cortando flores en el jardín, o cuando Hunter abraza a su psicóloga, o cuando Hunter se mete debajo de la cama, o cuando Hunter…

Quizás sea también logro de Haley Bennet, cuya representación de Hunter me conmovió, ese momento epifánico del actor en que se olvida que está actuando y vos ves no al actor, sino al personaje. 

Los últimos minutos de Swallow son fuertes. Hay una escena de innecesaria exhibición (inodoro). Siento que cuando se hace un cine que pretende sentar tan desesperadamente un precedente, la sutileza será siempre la mejor arma.

El nieto de Edith, quizás por ser el nieto de Edith, no quiso ser sutil. Quiso que Hunter no sea Edith, quizás como el mejor homenaje que encontró para ella, para Edith.

 

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