Contante y sonante

Los días después

Se ha olvidado escuchar. Pero de pronto, un silencio inusitado. En las ciudades, en el mundo. Un silencio terco, largo, hermoso...
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Óscar García
Músico y poeta

Ojalá se trate de eso, en los días venideros, en los que cada quien levante el cuerpo para ir a enfrentar otros cuerpos. De escuchar, porque de mirar estamos saturados en medio de esta dictadura visual en la que llevamos sumidos ya varios siglos. Por lo que una pequeña era aural debiera surgir. Como cuando se escuchaba cuentos, canciones, historias macabras, mitos, la historia desde un narrador. Una pequeña y breve era aural en la que todo sonido sea bienvenido, como señal, como beso, como alerta o como vaso comunicante. Como música.

 Es que de tanto mirar un día de pronto, se olvidó la gente a escuchar y todo su entorno, sea este estruendo o un pétalo de geranio tropezando con un adoquín, se volvió algo que está ahí y que no importa, que pasa todo el tiempo pero que no importa. Que violenta, que acaricia, que sana, que modifica otras energías, que es vibración y se traduce en sensación, pero, no importa. Porque se ha olvidado escuchar. Pero de pronto, un silencio inusitado. En las ciudades, en el mundo. Un silencio  terco, largo, hermoso.

Ese que proviene del detenimiento de los motores, de la retirada de un ejército humano cotidiano batallando contra lo humano a punta de competir para tener, no para ser.

De ése silencio, que años después será historia y a lo mejor una suma de mitos creados por las combinaciones selectivas de la inteligencia artificial para generar un mundo simbólico a la medida de las sociedades auto explotadas, de ése silencio, habrá salido uno de sus componentes como sacudiéndose de una larga siesta, como la bella durmiente pero sin beso si no con un fuerte lapo o una sacudida bastante efectiva para lograr su cometido. 

Despertaron de a poco, las músicas. Desde quienes la producen en tiempo real, tocando, soplando, dándole al fuelle, cantando. Despertaron en verdad los seres musicales para poner en el universo virtual sus dignidades y sus mentiras, sus aciertos y sus yerros, a disposición de las gentes encerradas. No se sabe, no se sabrá, si estas acciones fueron y todavía son, más esperadas por quienes hacen o por quienes reciben pasivamente los quehaceres musicales. A lo mejor no queden estadísticas, ya las hay suficientes en relación a la muerte y a las sanaciones. A la falta de camas y a la venta de barbijos con diseños vistosos o totalmente horrorosos. A lo mejor las estadísticas sobren porque es posible que no empaten con el entusiasmo, que no sean lo que se sugiere en las redes. Es que las redes ya son un nido de sugestiones y de autosugestiones. 

De falsedad y de construcciones que habitan un mundo fuera del mundo. En uno en el que todo es “La primera vez”, “expertos en…” “genios!!” y cientos de me gusta y miles de seguidores fantasmas. Lo cierto es que hubo y hay, necesarios encuentros con la tecnología y pruebas y errores. Apuestas con distintas herramientas, transmisiones en vivo pre grabadas, que ya es una suerte de oxímoron. Las hay las que se venden y venderán como las verdaderas y auténticas transmisiones en vivo, hasta tu casa. 

Hubo tropiezos y búsquedas de nombres para lo que no tiene nombre y de adaptaciones para lo que la escena no tiene renuncia porque se trataría de renunciarse a sí misma: el instante, el cuerpo, la presencia de público. La escena filmada es lenguaje audiovisual. Una lasagna filmada no tiene sabor ni olor. A las maneras de adaptarse a una realidad que parece de larga duración, se les suele simplemente agregar al final de las frases, la palabra virtual. 

Esa palabra que parece salvar toda distancia e inventar nuevas formas de participar de eventos antes colectivos. En el fútbol se desarrolló una manera de hacer que los jugadores escuchen público en vivo. Debe ser un impulso depresivo el hecho de jugar para nadie aunque se diga que miles están viendo, aplaudiendo, amando la gambeta. Es lo que hay. Son las adaptaciones que traen nuevas formas de relaciones y de comunicación. Nuevas maneras de concebir el tiempo, el tiempo de la otredad y el propio. Las nuevas elecciones que derivarán seguramente, y así debiera ser, también en nuevos lenguajes. No se trata de suplantar el espacio por la pantalla y el parlante solamente. Se trata de crear, también, y en ello poner sin lugar a dudas, el húmero, la sangre, la vida misma.

 

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