Poesía

Luis Toro Ramallo, poeta

El autor de la novela Chaco fue también un dotado vate, tal como lo evidencia el Poema ofrendatorio que dedicó a su maestro Claudio Peñaranda en 1921.
domingo, 10 de enero de 2021 · 00:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

Todos conocemos a Luis Toro Ramallo (1899-1950) -o Elter- como el prosista que desarrolla la mayor parte de su obra en Chile. De esta producción puedo certificar que el libro de crónicas Hacia abajo (1925) posee un estilo testimonial de sucesos históricos concernientes a la ciudad de Sucre. En contraste, la novela Chaco (1936) es una de las mejores expresiones de la novelística de la Guerra del Chaco. El propósito de ambas narraciones busca forjar una retórica de estilo precipitado para vislumbrar apariciones controversiales de nuestra realidad como nación. 

Pero mi afán en esta ocasión consiste en mostrar y comentar a Luis Toro Ramallo en la destreza noble de poeta. Para este fin desarrollaré el Poema ofrendatorio, inmerso en el libro Ofrenda a Claudio Peñaranda (1921), que dedica el alumno Toro a la muerte de su maestro Peñaranda. Analizaré no lo que dice el poeta sino lo que efectivamente expresa el poema. Desde esta perspectiva, la desaparición del maestro crea una nueva re-aparición espiritual íntima en el poeta. En esta dependencia de energías el poeta-alumno evoca la presencia efímera del poeta-maestro en su (vida) poética desde “el” y “para” el recuerdo.  

Escrito  en verso, Poema ofrendatorio  empieza con una estrofa de tres versos. Además, la elegía está dividida en dos partes. Cada una de ellas contiene doce estrofas. La primera parte subtitula “El Recuerdo” y está conformada por estrofas de cuatro versos, en las que riman el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero. La segunda parte “Para el recuerdo” posee estrofas de tres versos, donde riman el primero con el tercero. 

Desde el título, la voz poética de Poema ofrendatorio distingue la intención de un firme trabajo de síntesis para reconocer y agradecer la sabiduría que despliega Claudio Peñaranda (1883-1921). Acompaña al título una estrofa de tres versos a manera de epitafio que expresa: “Quise hacerte de mármol la corona postrera / y encontré que era frío… Rosas de primavera / han hecho esta corona, mas no como quisiera…”. La angustia de recordar el trabajo del maestro hace que el alumno evidencie el quehacer poético en las figuras del “mármol” y el “frío”, tópicos de la soledad.

La primera parte es “El Recuerdo”, donde el yo lírico dibuja acertadamente el recorrido vivencial del poeta novel por la aparición del poeta experimentado: “Entonces fue maestro que te encontré. Ya eras / el trovador galano, luchador y Quijote / Y te asomabas bueno sobre las primaveras / a verlas con cariño y a proteger el brote”, continúa develando la forja del autor en el fuego de la poesía: “Mis versos, las primicias contrahechas de mi canto, / pasaron por tus manos juzgados con bondad / y aprendí de tus labios el apolíneo encanto: / el virgen oro en bruto, cedió a tu voluntad”.

 Finalmente resalta el tiempo de abandono de la morada del maestro: “Después vino la lucha, la tristeza, el olvido, / a tu lado luchaba y nos echaban fango; / se me fueron las plumas que junté para el nido / y lloré con las notas retorcidas de un tango”. La senda poética visualiza el cuidado extremo del “brote” por parte del sembrador que lo custodia en la intemperie de la vida. 

El poema no solamente ostenta la labor de aprendizaje del alumno. Roland Barthes aclara que “no es el saber lo que se expone, sino el individuo (que se expone a lamentables aventuras)” poéticas y humanas. Estas estrofas revelan como el maestro forma al individuo antes que al poeta. 

El poeta veterano es pintado como institución de aprendizaje sin aulas: “Y en tu perenne escuela comenzaste a hacerme hombre. / Me consolaste mucho: ¡Qué inútil es llorar! / Me mostraste la cima y me escudó tu nombre / Y por rencor, ahora, lucho para triunfar”. El yo poético recuerda el cuidado del guía en la “perenne escuela”, espacio íntimo donde coexisten ambos  con pluralidad de ideales. 

La angustia del alma del poeta por la desaparición del maestro conlleva a evidenciar en el “rencor” o recuerdo la re-aparición del maestro espiritual que le inculca a luchar para triunfar. Las figuras “triunfo”, “gloria” permiten tener otra visión de mundo: “Por tu Gloria no temo, por más que los chacales / arranquen a girones tu túnica de nieve, / no se manchan las cumbres con lodo de barriales, / no se mata a la Gloria en la emboscada aleve…”. La representación de la Gloria es asumida en sentido de esplendor del poeta como “cumbres” de “túnica de nieve”. El alumno sabe que la ausencia del maestro hace que  regrese a su alma la figura del maestro en estado introspectivo. 

La segunda parte del poema es “Para el recuerdo”. Noto que la voz poética restituye la aparición del poeta-maestro, en el recuerdo, como peregrino poeta: “Tuvo en la vida singular fortuna: / desde el modesto abrigo de su cuna / se enamoró perdidamente de la Luna…”. La “Luna” es la perfecta metáfora para abrigar un verdadero amor poético a la vida. El poeta se distancia del maestro y desde el sitio de enunciación del poema provoca la re-aparición: “Amó y soñó, la Vida le fue leve: / no le hirieron jamás, pisó al aleve… / Y en la cumbre la nieve quedó nieve”. El poeta jamás se irá del mundo, pues es la aparición inmaculada convertida en figura de gran achachila, como “cumbre la nieve quedó nieve”.

El maestro sienta presencia y lo hace desde la palabra: “Rimas de bronce y de cristal, mañana, / después de toda la injusticia vana, / salmodiarán al sol de la mañana”. La huella que deja el poeta resplandece como rayos broncíneos del astro rey. “Rimas de bronce” exalta los versos que ha dicho y cómo los  ha dicho en vida. Es la poesía del maestro que quedará en la memoria del alumno como  “claridad de la mañana”. 

Octavio Paz resalta que “las formas buscan su forma, la forma busca su disolución”. Es decir el poeta busca la forma de suspenderse espiritualmente en el mundo: “Se fue quien sabe tras de qué armonía, / lleno de fe, de amor y de poesía / cuando su sol estaba en mediodía”.

 Carlos Medinaceli anuncia: Chaupi p’unchipi tutayarka o a mediodía anocheció.  El poeta desaparece de la Tierra para re-aparecer como satélite, como Luna, como Sol, como cumbre de blanca nieve. La voz poética deduce que el vate va tras el sonido de alguna melodía no sonora, “lleno de fe, amor y de poesía”.

En los versos de Luis Toro Ramallo siento el ritmo de la poesía. La ofrenda al maestro es sentida como la prefiguración invisible de un retorno oportuno. El poeta acompaña al poeta desde el recuerdo y esta presencia incorpórea se concibe desde el Poema ofrendatorio. Dante dice a Virgilio, Toro diría a Peñaranda: “Tu se’lo mio maestro e ‘l mio autore, / tu se’ colui da cu’ io tolsi / lo bello stilo che m’ha fatto onore”.

 

 

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