Contante y sonante

Eterno retorno

En la calle no hay tiempo para el tiempo. No lo hay para la pregunta, no lo hay para la pausa; siempre se está yendo a algún lado o volviendo de algún otro lado...
domingo, 24 de enero de 2021 · 05:00

Óscar García
Músico y poeta

De amplio espectro. De lucidez extrema, de palidez antártica, de ojitos brillando en la densidad. De auto combustión y de un ahogarse cada cuatro sorbos de lágrimas enteras, ahí va esa persona sin agachar la mirada y a firme paso, a cumplir con sus labores cotidianas. Se hace campo entre sus iguales que son diferentes en la calle, iguales en la pantalla. Tan iguales que pelean por cosas que no entienden, igual. Por gentes a las que nadie importa, igual. 

Iguales cuando una emoción se hace tendencia y cuando amar se convierte en un asunto de consumo. Cuando una idea se vuelve slogan y una frase se la endilga al autor equivocado. Cuando el coctel perfecto para las sanaciones están hechos de cristales, de naipes, de gatos egipcios, de marcianos con su mensaje bajo el brazo, de saunas apaches y de plumas de cóndor. Iguales, tanto, que la diferencia se marca cuando todos los iguales emprenden una campaña para la extinción de la otredad, extraña, disonante, distinta. 

Pero en la calle andan las gentes desiguales, no se miran, se empujan, no están en disposición de cumplir con las mínimas reglas de convivencia, no cooperan, compiten. Salen a competir a ser lo más rudo, la más chillona, el más idiota, la vendedora más malhumorada, el chofer más imprudente, el cajero más lento, el funcionario más incapaz, el viceministro más egocéntrico y zalamero, la misteriosa más mentirosa. En la calle no hay tiempo para el tiempo. No lo hay para la pregunta, no lo hay para la pausa. 

En la calle siempre se está yendo a algún lado o volviendo de algún otro lado. Hay dirección y apuro para llegar y también para irse. Solo la soledad establece un andar sin rumbo, sin apuro, sin mayor propósito que la espera de algo desconocido que a lo mejor no es otra cosa que la melancolía como destino final y urgente. Pero ni siquiera esas soledades exóticas, esto es, fuera del centro, se pueden dar el lujo de fallar, de hacer, de ir al baño, de mandar un mensaje amable, otro considerado, otro diplomático y uno más, que inquiere. 

En la calle cuando llueve, pareciera que en cada gota un mililitro de tristeza bajara de las nubes para hacer de esta sensación una verdaderamente democrática y colectiva. Por eso los días lluviosos tienen lawas para la tristeza, canciones melancólicas, ropa en paleta pastel de grises y azules, películas después del atardecer, después del anochecer, después del amanecer. En las noches de lluvia, cuando la calle ha quedado atrás, o se abraza a la almohada que sobra, o se hacen una sola cosa los cuerpos de día distantes.

Ahí va esa persona sin agachar la mirada y a firme paso, a cumplir con sus labores cotidianas porque de eso se trata el día, todos los días. Suena la alarma, se olvida lo que había soñado, se levanta, rasca alguna parte del cuerpo, que varía de acuerdo al día. Unas veces es el brazo derecho, otras la barriga, los viernes la entrepierna y los domingos, más tarde, la cabeza. Una vez cumplido el ritual del rascado, pone a hervir agua, prende el aparato de televisión para que suene ahí atrás el programa de la mañana en el que se prepara desayuno bailando mientras se comenta sobre las muertes en ascenso y las frases idiotas de los funcionarios de turno a la diestra del dirigente ministro de turno.

 A propósito, la palabra ministro proviene de minister, que significa sirviente, criado, menos, miniatura. O sea que viceministro ya vendría siendo un sirviente del sirviente. Una vez hervida el agua, avisada por el silbido en fa sostenido como el sonido en su papel de alerta, sirve el café sin chiste, o la infusión sana sana, engulle pan con queso, o cualquier otro acompañante desayunístico y se lanza al agua privilegiada y caliente a dar paso a pensar en cosas que no piensa de ninguna otra forma. 

El agua la invita a invocar, a evocar, a imaginar, a fantasear, a urdir una venganza, a inventar una cura para el asma, a aprender a retener lo que se ama antes que soltar para vagar de puerta en puerta. Pero dura quince minutos y se acaba. La toalla borra todo lo anterior. Se cubre el cuerpo, hurga el dispositivo, se lanza a la pantalla, se cuelga, se introduce, se convierte en autómata, se vuelve igual. Ahí va, en una moderna y nueva rueda de los hamsters a ganarse la vida para poder perderla con absoluta y decidida dignidad.

 

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