Memoria nómada

Los artesanos, las illas y la Alasita

Esta festividad urbana reelaboró y resignificó el ritual de las illas, que representan los anhelos y deseos de los habitantes citadinos.
domingo, 24 de enero de 2021 · 05:00

Cleverth   Cárdenas Plaza
Catedrático

Antes de la Revolución Industrial los artesanos eran los que se encargaban de proveer todos los utensilios necesarios para la vida de la gente: ollas de barro, sandalias o zapatos, cucharas, menaje, ropa, muebles y hasta libros; mucho de lo que se encontraba en los hogares era hecho por las hábiles manos de los artesanos, por eso eran imprescindibles para la vida cotidiana. 

En el caso de los Andes cada familia aprendía a hacer lo más importante para su vida, desde una chua hasta ollas; desde las cocinas a leña hasta los textiles. Sin embargo, un producto realizado por un artesano era muy valorado, porque detrás había toda una experticia, un conocimiento y un acabado óptimo. 

Los artesanos se apoyaban en toda una institución para garantizar la pervivencia de su oficio, pero también para garantizar la seguridad de sus secretos: los aprendices. Richard Sennet, en su libro El artesano (2009), señala que la trasmisión de conocimiento en la Edad Media europea consistía en la conversión del lugar de trabajo en el espacio que sustituye a la familia y, al mismo tiempo, enseña un oficio. Usualmente los padres entregaban a sus hijos al maestro artesano y él se encargaba de instruirlos, disciplinarlos e incluso quererlos.

 Sin embargo, esta aceptación del aprendiz estaba mediada por el pago de los padres para que su hijo aprenda un oficio. El maestro estaba obligado, mediante juramento a “mejorar las habilidades de las personas a su cargo”, lo que  evitaba que sean explotados como mano de obra barata. Mientras el aprendiz, mediante juramento religioso, se comprometía “a mantener los secretos de su maestro”. 

A mediados del siglo XX en Bolivia es difícil encontrar esta práctica, es importante recordar que los artesanos ya habían sido afectados por la industrialización internacional, los maestros, en un afán de sobrevivencia, optaron por adscribirse al sindicalismo anarquista y contrataban ayudantes y no aprendices.

 Seguro la crisis de 1929 tuvo mucho que ver, pues la situación económica fue complicada e impulsó a los artesanos a agremiarse en sindicatos para soportar y defender sus derechos, tal como lo exponen Silvia Rivera y Zulema Lehm en su libro Los artesanos libertarios (1988). 

Sin embargo, el trabajo artesanal tiene una base familiar en la que los hijos heredan el oficio de sus padres, convirtiéndose en los nuevos aprendices. Este cambio en las prácticas laborales pudo derivar en la anulación o total desaparición de los aprendices, si es que los hubo. 

En Bolivia la elaboración artesanal de miniaturas está en estrecha relación con las tradiciones andinas prehispánicas en las que las illas, miniaturas rituales, representaban objetos, productos y animales y se usaban para la realización de rituales de fertilidad. En tal sentido, las miniaturas no se quedaban en el campo de lo lúdico, sino que su incorporación en la vida social trascendía al campo de lo ritual y de la fe de estos pueblos. 

La Alasita, que es una festividad urbana, reelaboró y resignificó el ritual de las illas. En tal sentido, las illas urbanas representan los anhelos y deseos de los habitantes de la urbe. Así, los artesanos ofrecen a los habitantes de la ciudad pequeñas miniaturas que traducen sus deseos: autos, casas, edificios, títulos profesionales, incluso certificados de divorcio. 

Estas artesanías en miniatura son compradas y bendecidas; la creencia señala que aquello que se adquiera con fe se convertirá en realidad el próximo año.  

Desde que inició la Alasita en el siglo XVIII, una feria de raigambre indígena, procuró conjurar el cerco protagonizado por los indígenas a la ciudad de La Paz, pues el hambre y la escasez devastaron  a la población paceña, por eso la ritualidad de la fiesta provoca comprar miniaturas de las necesidades básicas. 

De ese modo, los principales productos son alimentos en miniatura, pero los artesanos amplían la oferta de aquello que de muchos modos se transformó en una de las tradiciones paceñas más relevantes. 

Si se mira con detenimiento, la Alasita sería un modo de interpretar y transformar, desde el contexto urbano, a las illas rurales que son miniaturas que representan la fertilidad del campo y de los animales.

 De ese modo, es posible comprender que esta celebración es portadora de las expresiones del deseo y del bienestar a través del trabajo artesanal en miniaturas, tal como lo sostiene el expediente que postuló a la festividad a la Unesco.

En la Alasita, estos objetos en miniatura se incorporaron a la tradición artesanal paceña convirtiéndose en nuevos objetos rituales. Naturalmente hubo intensos procesos de resignificación cultural que fueron reelaborados por los propios artesanos, pero también por la comunidad de fe: compradores, ritualistas, iglesia y un largo etcétera. 

Es triste saber que la Alasita, este 24 de enero, no se celebrará como siempre. La pandemia afectará económicamente a los artesanos, ya bastante golpeados y afectará a nuestra tradición. No nos queda más que comprar vacunitas en miniatura y certificados médicos de que no tenemos Covid-19 para que al año se cumpla. Mientras, debemos resguardar nuestra integridad y proteger a los que amamos.

 

 

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