Reseña

Sobre Fernando Medina Ferrada y Los muertos

La obra no es una novela histórica o historia novelada, aunque sí tiene guiños y señales de sucesos históricos, como el ahorcamiento de Villarroel.
domingo, 31 de enero de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

A lo largo de las últimas cuatro décadas dentro las letras bolivianas existen novelas que cobija el olvido. Obras que están en exilio forzoso de la memoria individual y colectiva del corpus literario. Paradójicamente es la propia memoria quien las re-vive o desarraiga del abandono. Por eso, me gustaría tratar sobre Los muertos están cada día más indóciles, novela premiada en el Concurso literario Casa de las Américas, en 1972, del narrador y dramaturgo Fernando Medina Ferrada (La Paz, 1924). El marco de referencia del texto son ciertos sucesos históricos relevantes de la Revolución Nacional que experimenta el personaje principal, Juan. Eventos sangrientos comprendidos entre 1946 y 1952,  cuando el protagonista per-vive en dos formas de exilio: Por un lado, el introspectivo y, por otro lado, el destierro del país. En estas circunstancias pretendo esbozar la construcción y constitución del revolucionario perseguido que se transforma en sujeto empático con la muerte y es una estrategia para mediar en la supervivencia ante la revolución. 

En principio quiero decir algunas palabras sobre el contexto del libro. El autor vive exiliado en Venezuela desde 1960. Es amigo cercano de Jaime Saenz y Sergio Suarez Figueroa, detalle inequívoco por la dedicatoria que le brinda, en el drama El arpa en el abismo (1960), Suarez Figueroa. Además, habría que indicar que Medina Ferrada tiene un cuento inmerso en la Antología de cuentos de la Revolución (publicaciones SPIC, 1954) titulado Eslabones (1953), que sería el texto reducido de la novela galardonada, ya que, en el cuento están trazados el principio y el final de Los muertos… La obra no es una novela histórica o historia novelada, aunque sí tiene guiños y señales de sucesos históricos: El ahorcamiento de Gualberto Villarroel (1946) y la Masacre de Villa Victoria (1950), “a la historia literaria se le superpone una fábula política que tiene un contexto preciso” (Piglia), la Revolución del MNR. En fin, el texto tiene todo el entramado estructural de una obra ficcional.

Cuando refiero los términos “guiños y señales” trato de evidenciar los textos en clave (que tanto gustaban a Borges) introducidos en la obra misma. El epígrafe es uno de ellos: “Los muertos están cada día más indóciles /… Me parece que caen en la cuenta / de ser cada vez más la mayoría. Roque Dalton”. Es claro apreciar que el título de la novela de Medina Ferrada proviene del primer verso del poema El descanso del guerrero (1969), escrito por el poeta revolucionario salvadoreño Dalton. No es casual que Dalton haya sido revolucionario perseguido y exiliado de El Salvador por la condición de activista marxista. 

Hasta aquí algunas circunstancias textuales que considero necesario revelar para entrar en contexto con el deslumbramiento de la lectura del memorable libro de Medina Ferrada.

La obra está divida en primera y segunda parte, a su vez cada una de ellas esta subdividida en dos capítulos, donde el narrador relata, en la parte inicial, un primer momento de agitación social. El escenario combativo se desarrolla en (la plaza de) la ciudad. Es imperioso explicar que la voz narrativa narra y retrata las actitudes de la huida del protagonista principal, en segunda persona. Detalle narrativo poco frecuente en nuestra novelística. Lo elocuente es que el recurso de narración se plasma únicamente cuando se refiere sobre el carácter íntimo del personaje. El espacio narrativo que delimita el narrador es la urbe de La Paz, donde constantemente Juan se desplaza del centro hacia la periferia. Juan es un radialista que trabaja en la emisora del Estado. Individuo que comprende la presencia de la muerte desde el inicio hasta el final de la historia, “no somos sino la evidente prueba de que la muerte que nos habita, inmediata y lejana, siempre posible”, y presente como la claridad de los hechos. Aquí es bueno explicar que Juan mira a la muerte desde el erotismo de la figura femenina, es decir, la aparición de su esposa Adela (en plena revuelta), propone entender la sublimación de la muerte como algo femenino que ambiciona ser seducida. 

En esta condición convulsiva el narrador cuenta que Juan escapa con el compañero de trabajo Jorge por techos de casas colindantes (suspensión), para no ser atrapados por la “chusma inconsciente”. Esta maniobra evasiva queda trunca, de cierta manera, cuando descienden al suelo de la calle (aterrizaje) y en el afán de escapar él se mezcla con la muchedumbre que alcanza a reconocerlo y atraparlo. 

En el forcejeo logra mirar a un futuro muerto, es decir, aprecia y reconoce la cabeza del presidente en la superficie de la calle que es arrastrado antes de morir colgado. En este miramiento hay un giro de tuerca, porque a partir de este avistamiento Juan se convierte en revolucionario fugitivo. Seguidamente el narrador cuenta que el gentío alborotado desea colgarlo de un árbol (cambio de roles). En esta figura aparece la empatía de Juan con el sentenciado que va a morir. Lo innegable es que logran realizar solo un intento de linchamiento, le pegan y lo rescatan los médicos. Jorge desaprece.

Posteriormente “conforme se acerca la hora de irte, crece el temor ante el enfrentamiento con una realidad que ahora te parece extraña”, y te encuentras con los mineros de Oruro que buscan la huelga. El narrador presenta a Laura, profesora revolucionaria que coincide con Juan en los preparativos de la huelga que deben sostener los mineros. El narrador menciona que Laura y Juan están tan próximos que solo existe amistad sensual, o de otro modo, con Laura no se asoma la atracción sexual. El juego sensual de la muerte cala en otro entorno, pues acaban muertos siete mineros por fuerzas policiales. Juan observa y esquiva a la muerte. Es hora de abandonar la patria, la hora del exilio.

En la segunda parte, Juan vuelve al país después de seis años. Llega de  Argentina en un momento donde la revolución está en ciernes. El espacio narrativo es el campo. Juan sigue siendo perseguido por los recuerdos y los militares. La huida es una tensión que se efectúa en cualquier medio de transporte: tren, camión y a pie. En el desplazamiento hacia La Paz, Juan busca en la memoria lugares y personas. No puede hacer conexión con la nueva realidad. Esta ruptura con el presente permite que se acople a una cuadrilla revolucionaria presidida por el Zapatero (excombatiente del Chaco). Con ellos pelea en la Villa Victoria contra el enemigo (Juan está en el sitio de combate), y a la postre, en un enfrentamiento con parte del regimiento Viacha mueren el líder y la totalidad de los miembros del grupo insurgente. Juan sobrevive, debe evadirse y seguir empático con la muerte: “¿Qué debo hacer ahora? ...”. Si la respuesta que el destino dio a tus camaradas fue la muerte ¿por qué la tuya fue la vida? ¿Para qué?”. 

 

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