Los paraguas de este mundo

Oímos primero, antes del grito primigenio, escuchamos antes de la muerte. De la Masacre de Yañez a los días en los que el silencio renació...
domingo, 17 de octubre de 2021 · 05:00

 

Oscar García Músico y poeta

El hado propicio, la máscara de piedra, el chulupi envalentonao, el humano trancapechito de bronce, la mosquita patriótica y la santificada amante del happening, cuya tradución al castellano sería “un algo que pasa” y cuya traducción al aymara no existe como evento sino como verbo.

El Platini boliviano, el sombrero borsalino, la señora Isabel con su mantón de Manila. Una bandera azul y estrellada, con los suficientes metros como para dar de comer a doce mil chinos en fila india. Las condecoraciones que aguardan asoleándose después de 1935, a la diestra de los apis morados ahí, al lado del viento intrépido y sin pudor.

Las patillas liberadoras de Bolívar creciendo en la Casa de la Libertad y esperando con la paciencia de Job que algún día se haga presente, vía licitación internacional, un barbero pintor, oficio que sería altamente preciado junto a los entrenadores de aparicionismo en las minúsculas pantallas que cubren más que el polvo y que la tierra de las tumbas, las tradicionales.

La tumba sin nombre pero con flores siempre vivas, la abstinencia de los santos de hoy que fueron los san pedro de oro del ayer, la señorita achachairú cuya incursión en la política le sirvió para llevar en alto el nombre de su fraternidad, el misterioso amauta que no pudo adivinar que un día como hoy, un camión volvo sin frenos le iría a quitar justo la habilidad para mirar la vida en hierbas y en hojas de cuadernos cuadriculados, usados. El sol de Pando, único, empoderado, otro sol, por supuesto; testigo de las aguas de Pando.

Del charango cincelado en las manos de la sirena al sonoro en una bajada de la calle Linares de Llallagua, de las tertulias con café de oro a los agachaditos de cualquier mercado que tenga macarrones por peso y aromas imperecederos que acompañan no hasta el último suspiro sino hasta la última escucha. Oímos primero, antes del grito primigenio, escuchamos antes de la muerte. De la Masacre de Yañez, de Gabriel René Moreno, a los días en los que el silencio renació y a los de hoy en día en los que el estruendo ha cubierto todas posibles paces.

Las polleras con patada voladora y las que suben a lo alto de las montañas sin mayor propósito que el de subir aunque se dice que sólo si se ha llegado a lo alto de las montañas por estas tierras, se ve un horizonte. Los pies en abarca, las Abarcas del tiempo, la piel quemada por la inclemencia y la tostada en cama solar con dos objetivos distintos, disociados, distópicos. La primera piel, un testimonio que crece, la segunda, un deseo hecho mascarita, del color al que se le suele dar campo, para que no te roce.

Los vecinos chistosos que explican al pobre damnificado cómo es que se quemó su casa, cómo es su mascota murió en realidad. Los vecinos que adoptan la paternidad de los indefensos sin casa y en orfandad, con una sinapsis en la mano y en la otra un trozo de media luna para que obedientemente coman, se agachen, laman y eventualmente se saquen una foto producida para la tapa del “Ránking de las Masacres” y se venda en los cafés más primorosos en los que se reúnen ya sea el neo anarquismo capitalista, o el neoliberalismo fascisocialista, o el socialismo del hombre esquizofrénico del siglo XXI, o por último, un grupo de flexitarianos que acaban de descubrir que al ser sapiens, comen de todo.

El pájaro dividido, el que aparece por lo general en las alturas, en la nieblas, acercando una mitad y luego la otra para exponer cierta esperanza desde el vuelo. El pájaro mitad blanco y mitad negro. El que trae buena suerte, el del buen augurio. Al que se debe saludar “buen día maría…” por asuntos que se relacionan con el sincretismo pero son otros asuntos.

El pájaro al que se respeta porque en él está sintetizado el pensamiento andino, el que a lo mejor es un deseo idílico en estos días del capital y lo binario haciendo metástasis en las entrañas del mundo.

El pájaro adulto cuya suerte de polluelo es mala suerte y se lo debe espantar, apedrear, botar, escupir, maldecir, ni pensar en saludar. El pájaro que es bueno de adulto y malo de polluelo, porque es de un color indefinido, grisáceo, marrón, quién sabe y de adulto, mitad negro y mitad blanco. El Allkamari, el pájaro de los contrarios complementarios, el que enseñaba en tierras altas.

 

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos