De Florencia: el pincel frente al cincel

Walter Isaacson estudia la pasión de Leonardo da Vinci por inventar máquinas; y Giovanni Papini investiga la obra del escultor Miguel Ángel.
domingo, 24 de octubre de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros / Abogado

No sólo hay que ver la obra. Hay que leer sobre la vida de quienes la crean para, después de sumergirse en varios cientos de páginas que hablan (como toda literatura biográfica) desde el nacimiento hasta la muerte, saber la intimidad de dos cimas del arte. Existen libros sobre los que queda corta la convicción de haberlos disfrutado, cuando la sensación verdadera es que dejan imborrable huella.

Simplemente por preeminencia temporal en su nacimiento, cito en primer término la gran narración biográfica de Walter Isaacson: Leonardo da Vinci: La biografía. Mas de inmediato cogí un volumen de las Obras Completas de Giovanni Papini en que se halla una sensacional biografía de Micheloangelo Buonarroti. De éste no es excesivo decir que se trata de una visión contada por un artista respecto a otro artista, del arquetipo de creador más grande que los tiempos han dado a la humanidad. Finalmente eché mano al reconocidísimo Marcel Brion, que, con su pluma de fina gramática, completó mi panorama sobre el autor del Moisés.

Isaacson hace una descripción que invade la intimidad de Leonardo, de aquello que es insondable en otros trabajos del mismo género. El autor hace permeables las angustias de una vida que, más allá de un genio sin parangón en el decurso humano, para la historia del arte es una tempestad en medio del vendaval que la pintura produjo primero en el Renacimiento para trascender hasta hoy.

Nada del hijo ilegítimo de Piero, sin embargo, se profundiza más que su obsesión por el estudio de las matemáticas, especialmente de la geometría, de la que en miles de hojas anotadas indistintamente con figuras técnicas pero también de anatomía, obtuvo importantes descubrimientos, muchos de ellos inconclusos, la mayoría por un temple que colisionaba con su irrefrenable pasión por  inventar máquinas que casi nunca en vida suya se les dio uso. La obra hace un recuento de las más de 650 clases de agua que había descubierto Da Vinci, así como de su pasión frenética por los remolinos y su fluido vivificante.

Fue un maestro en el estudio de la anatomía humana y animal, la que iba plasmando en sus incontables páginas sin orden y que más adelante aplicaría a sus pinturas. Leonardo consideraba que ningún artista podría llegar a un perfeccionismo si no tenía un dominio sobre las estructuras ósea y muscular como el que él había alcanzado. El eminente pintor hizo una combinación perfecta de sus investigaciones en el campo de la ciencia médica con su técnica en la pintura, particularmente su novedosa técnica del sfumato que dio a las composiciones pictóricas contornos imprecisos y muy delicados. A partir de ahí las imágenes crearon una impresión de profundidad.

Pocas de sus obras de diseños de ingeniería civil o militar fueron acabadas; esa dejadez quizá fue una de las pocas debilidades de Da Vinci que impidieron que su nombre tuviera mayor resonancia en el campo de la ciencia. El estudio del vuelo de las aves y de algunos insectos, siglos más tarde sirvieron para el desarrollo de las naves voladoras. Y en ese orden de cosas, la pintura tampoco fue área de la que el artista saliera airoso, claro que La Última Cena y la Mona Lisa, en este caso, son suficiente muestra de la genialidad de su autor.

Al frente, y unos años menor que él, nacido en la misma ciudad, estaba Miguel Ángel, que en la visión de Giovanni Papini era poseedor de un don que hizo que toda su obra esté llena de íconos del arte que han quedado grabados como piezas perenes de la cultura.

Así potentes fueron su David o su Moisés, y habiéndose declarado con anticipación e insistencia no ser pintor, su proximidad a las altas esferas de la Iglesia Católica, de la que fue ferviente militante, sumada a la maliciosa expectación de sus adversarios, le hizo aceptar el más grande reto que se sabe de él, y que también había nacido para poeta. Y lo fue. Subyugado por el desnudo, quizá por su orientación homosexual, o por cualquier otra causa, lo cierto es que tanto en sus obras escultóricas como en la inacabada Batalla de Cascina, y, cómo no, en el fresco de la Capilla Sixtina, que es la expresión más elevada y luminosa del arte, Miguel Ángel adecuaba forzadamente toda temática a los cuerpos desnudos, o viceversa.

Tanto Papini como Brion, haciendo alarde de un vasto conocimiento investigativo del escultor florentino, retratan a un Miguel Ángel autor no solo, seguramente, de dos de las más bellas esculturas que cincel alguno haya podido labrar, sino desde la arista humana del también bardo, revelada como hombre amoroso y panteísta, aunque, a diferencia de Isaacson en Leonardo da Vinci, no se hacen mayores referencias de sus experiencias personales. Existe una razón para ello, y es que de la refinada pluma de Buonarroti, fuera de los desnudos tanto en la escultura como en la pintura por los que aparentemente sentía gran atracción, solo salieron principios de orden general.

Uno de los episodios con seguridad más humillantes para Miguel Ángel tuvo que ser aquél en que su archirrival, como miembro de un comité encargado de designar el lugar de emplazamiento del deslumbrante David, reconociendo la grandeza de la obra, sugirió, no sin egoísmo, que se le hiciese una compostura en sus partes pudendas de manera que no se estropeen las ceremonias oficiales, o, finalmente, que se la metiera en una galería. No prosperaron finalmente las opiniones de Leonardo y el David fue emplazado en la entrada del Palazzo della Signoria, donde permaneció hasta 1873.

A pesar de que Leonardo no era un mojigato con los desnudos, tal como ambos autores (Papini y Brion) narran en alusión, por ejemplo, a los retratos de Salai (su eterna pareja homosexual), particularmente los desnudos de Miguel Ángel le incitaban a la burla, al calificarlos de faltos de gracia, parecidos a un saco de nueces más que a una superficie humana.

Años más tarde, el techo de la Capilla Sixtina fue la confirmación de su preferencia por cuerpos desprovistos de ropa, en el que incluyó 20 hombres apolíneos. El maestro del pincel, contrariamente, se enorgullecía de la naturaleza “universal” de sus temas, sosteniendo que Miguel Ángel pintaba como un escultor. Pero las paradojas de la vida hicieron que un escultor fuera privilegiado para pintar el techo, porque las paredes de la capilla eran indignas de un talento tan descomunal. Las dificultades resultantes de pintar en un techo no fueron de gran augurio, pero el Génesis, desde la creación de la luz hasta el diluvio, jamás antes ni después, fue inmortalizado tan extraordinariamente. Como un auténtico Olimpo Judío.

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