Marof, «detrás de los pliegues de la insignia»

Tristán Marof, en su relato Salazar y Martínez, describe al héroe ingenuo que no comprende su rol en la revolución. Por eso su muerte fue absurda y horrible.
domingo, 24 de octubre de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia / Arquitecto

La percepción y la comprensión del escritor Gustavo Adolfo Navarro (1898-1979) frente a la manera como él y la masa sienten la revolución y la literatura, se traduce en uno de sus Relatos prohibidos (1976). En esta función, aquella narración que toca las vivencias humanas que marcó la Revolución del 52 y  la que me provoca resonancia es el relato Carlos Salazar y Martínez. Escasas páginas hacen visible el sentido de la comparación y expresan tanto sobre la situación de las “vidas paralelas” que afronta el personaje central en el contexto de un levantamiento popular.

En el cuento, el narrador   relata la historia del protagonista Carlos Salazar y Martínez, individuo perteneciente a la clase media de Bolivia que está orgulloso del nombre hidalgo que posee. Sin embargo, el sujeto muere miserable e insospechadamente en los combates callejeros del 9 de abril de 1952, en La Paz. Sucumbe accidentalmente en una revuelta en la que no toma partido. Tendido en la calle Ecuador, “vino la noche y vinieron las turbas a desvestirle y robarle sus prendas”. Así, es conducido a la morgue donde le cambian la identidad por Juan Choque, “nombre indígena de algún combatiente heroico del altiplano que se sacrificó por la revolución libertadora…”.

Esta equivalencia se explicita también cuando Guido Párraga Azurduy, en el libro Perlas de Tristán Marof. El viejo puño de la antorcha encendida (2007), comenta que, en 1921, Gustavo Adolfo Navarro muda de piel o adopta otro pliegue dérmico y acoge el seudónimo de Tristán Marof. El mismo Navarro confiesa que este cambio de identidad se debe a que escribe El ingenuo continente americano (1923), cumpliendo funciones de cónsul en París. La permuta de epidermis del escritor nacional es notoria y reconocida en el ámbito cultural. Habría que resaltar que gracias a su inclinación marxista se codea con personalidades como Henry Barbusse y Román Roland, entre otros.

No hay duda que el núcleo del relato nos coloca de cara a observar la situación de enfrentar las separaciones forzadas de identidad de un sujeto anónimo. El narrador explica que Salazar y Martínez desea(ba) vivir y aspira(ba) a superarse. Admite que es un sujeto con aspiraciones de nobleza y de petimetre criollo. Él en vida es buen mozo, simpático, mujeriego y “hablaba a la manera argentina, abusando de la jerga rioplatense, cotizando a las mozuelas que veía con ese lenguaje doméstico y primitivo de los gauchos”. Los imita tal si fuera un compadrito y en sus labios tenían gracia. Opuestamente a todo esto, “aquel que lo bautizó estando muerto y le quitó la prestancia y la vanidad de su apellido español”  le quitó toda esta distinción.

La existencia de Salazar y Martínez marcha paralela a la época turbulenta de la revolución nacional. Es aquí que la revolución se convierte en el verdadero personaje del relato. En esta línea, la exposición de la vida del protagonista es la historia de una persona que atraviesa un momento de contrariedad histórica. Por tanto, la trama esboza la vida de un individuo determinado que está en relación inmediata con la sociedad en la cual está inserto y posiblemente no comprende a esta colectividad convulsionada.

La pretensión de Carlos Salazar y Martínez es vivir a lo grande como en el cine, “hablaba de sus conquistas amorosas toda vez que podía”. Es el seductor de cabarets y prostíbulos, en resumidas cuentas, un fanfarrón que circula en un universo de rastacueros. Estas peculiaridades lo conducen a incursionar en la política, empero solo para llevar el estandarte del partido. Cree cumplir un papel histórico y político, más no es así. Es el héroe ingenuo que no comprende su rol en la revolución. Por eso, “su muerte fue de lo más absurda y horrible”. Salazar y Martínez pasea con el cabello engomado y la corbata arreglada por las inmediaciones del Colegio Americano y es detenido por una ráfaga de ametralladora que le parte el cuerpo a balazos. La muerte tampoco respetó el apellido español, porque un extraño le hiere en su vanidad y lo confunde con un portero de alguna fabrica y lo re-nombra como Juan Choque (estableciendo una relación de enlace corpóreo   ).

La vida de Marof está marcada por su valiente enfrentamiento contra una sociedad convulsionada y dividida, que lo convierte en un escritor revolucionario. Por lo cual, tiene la entidad de un rebelde que se insurrecta con la palabra escrita y es la marca de registro literario. Entonces, aplicar un nuevo nombre implica sublevarse a sí mismo, es decir, el prosista está en pie de protesta, aunque parezca obvio, con la  escritura. Es en este territorio que Marof exalta imaginativamente y propaga los ideales revolucionarios que demanda. Ideales que se concentran en la crítica social del relato, la rebeldía de reprochar el desinterés de Salazar y Martínez y, sobre todo, exponer la futilidad del actor ante su referente turbulento. 

Esta correspondencia se condesa y resume en el final del relato, cuando el narrador menciona que “acababa de comprar Vidas paralelas de Plutarco, para ilustrarse, cosa rarísima en un boliviano…”. Esta escena es rotunda al citar el libro del griego.  Y en efecto, proliferan intenciones, tales, establecer la erudición del narrador, el exiguo conocimiento histórico de los bolivianos, y otra relación narrativa perceptible deviene de la expresión “vidas paralelas”, por cuanto Carlos Salazar y Martínez se transforma en Juan Choque.

En la narración lo que está en juego es referir una historia, no una o dos vidas. Al igual que Plutarco, Marof narra historias (paralelas). Esta finalidad propicia que el relato sea el escenario favorable para trascender la escritura como insurrección. No es casual que Carlos Salazar y Martínez haya sido caracterizado como un personaje frívolo y mediante éste se entienda el proceder de la sociedad que resiste a la revolución.

En el fondo, el relato parece estar al servicio de las ideas provocadoras de Tristán Marof y plantea que cualquier lector esté al tanto de lo ocurrido y lo interprete. El argumento del relato atañe dos estratos o espacios sociales. Esta condición narrativa permite distinguir la polaridad de dos sujetos que circulan paralelamente un mismo tiempo histórico.

 

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