Una mirada emocionada a Cuando vi la sangre

“Me gusta la carencia de juicio o de victimización, lo que es interesante, porque el escenario principal de la novela es la cárcel de San Pedro”, dice la autora.
domingo, 24 de octubre de 2021 · 05:00

Daniela Renjel Encinas / Literata

Cuando vi la sangre, de Lourdes Reynaga, trata de dos temas a los soy especialmente sensible, y por eso toparme con ellos fue un hallazgo placenteramente doloroso: la vida en la cárcel, en prisión, en el encierro –en San Pedro, concretamente– y la profunda relación que se puede llegar a entablar con los animales, sin buscarlo ni quererlo, incluso pese a uno mismo.

Esta novela, junto a su condición de creación, de invento, de mundo posible, tiene una dosis importante de lo que podría considerarse una especie de etnografía del mundo penitenciario, al menos del panóptico de San Pedro, lugar donde, siguiendo a Foucault, diríamos que hay una instancia vigilante que observa a los presos, pero que nadie ve -tal es el sentido terrorífico del panóptico-, regulando sus conductas y pronta a castigar cualquier intento de fuga, ni menos ni más.

No obstante, al mismo tiempo, pareciera que de verse mejor –en detalle–, se ve poco, más bien, o lo contrario: tanto se ve que se han develado todos los misterios y, con ellos, las profundidades. Todo, menos el escape, es hecho a vista y paciencia de los agentes de seguridad y de los mismos presos delegados del orden. No solo otra ley impera allí, sino que otra lógica también. Esa lógica que, siguiendo a Foucault nuevamente, es la lógica de una entidad soberana típica del siglo XVI, que no viene del sistema penitenciario, sino más bien de sus carencias y que instala una diferencia radical entre los miserables y los solamente condenados, a partir de la cual los reclusos poderosos deciden sobre la vida y muerte de quienes no lo son, de los doblemente parias: los malos entre los malos.

De esta forma, “el derecho de vida y de muerte sólo se ejerce de una manera desequilibrada, siempre del lado de la muerte. No es el derecho de hacer morir o hacer vivir. No es tampoco el derecho de dejar vivir y dejar morir. Es el derecho de hacer morir o dejar vivir. Lo cual, desde luego, introduce una disimetría clamorosa” (“Defender la sociedad”, 219), disimetría que en San Pedro no es excepción.

Sin negar esta realidad violenta, lo que me gusta de este libro es la ausencia de acusación sobre los ya acusados. Me gusta la carencia de juicio, de culpa o de victimización, lo que es doblemente interesante, porque  –recuerdo– escenario principal de la novela es la cárcel de San Pedro, su cotidianeidad, su caos y su orden, su entendimiento interno de justicia y algo que encuentro fundamental y señalado reiteradamente en la mayoría del corpus que trabaja violencias, que la línea divisoria entre delinquir y no delinquir son las circunstancias antes que la moral. Todos somos inocentes hasta que una decisión equivocada nos pone del otro lado. Todos tenemos un asesino en potencia si nos tocan algo sagrado.

Pero si nuestro penal fue tristemente digno de tours para extranjeros que encontraban el colmo del exotismo pagar para darse una vueltecita por ahí y hasta hacer algo de shooping   –como los que se realizaron, o realizan todavía, no sé, por su interior– la  novela construye historias, subjetividades y personajes con pasados fascinantes que son los que precisamente los llevaron ahí. Sea por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado y terminar encerrado esperando una sentencia por años, viviendo el castigo del encierro a causa de un puñete bien dado (lesión grave si es en la cara), pagar condenas injustas o demostrar inocencias compradas, las razones nunca llevarán a la simplicidad de juzgar que quienes están encerrados lo están porque se lo merecen.

Después de las ocho horas posteriores a la detención y de pasar la noche en las celdas de la calle Pando, José se reunió con su mascota. Estaba orgulloso y no podía imaginar que el hombre le iniciaría un proceso, mucho menos que terminaría detenido por no poder comprobar que no huiría. La veterinaria del perro, que era amiga y también antigua estudiante de José, se hizo cargo del animal mientras duró el proceso y el antiguo maestro de primaria tuvo la tranquilidad de saber que con ella el perro estaría en buenas manos. Lo que en realidad le molestaba era que siempre había llevado una vida recta, había procurado apegarse a las reglas y ser una buena persona y, de pronto, se veía convertido en un criminal más, equiparado a un homicida o a un ladrón de profesión. Eso era lo que verdaderamente lo hacía sufrir, incluso cuando supo que su estadía no se prolongaría demasiado. (Cuando vi la sangre, 86)

En ese contexto que habla más de lo que somos como sociedad que de un particular régimen penitenciario, dos historias se cruzan para lograr liberarse, más que de los muros externos que las rodean, de los internos que las impulsan; de los cautiverios personales y de los destinos aparentemente nefastos que hay que reparar, porque la novela se encarga de demostrar que, por fortuna, tampoco las condenas internas son eternas.

Pero ¿no es ese acaso el destino de cualquier mortal? Desde que tenemos consciencia de nuestra carne y nuestra sangre ¿no estamos sentenciados a esperar por siempre que en cualquier momento un destino mayor nos detenga? (…) Aún le quedaba vida, aún quedaba tiempo… Si lo atrapaban, tendría que lidiar con ello en su momento, tendría que buscar soluciones parciales o definitivas, quizás entonces fuera el momento, quizás… Ya había estado en el infierno y en el purgatorio y había sido capaz de salir de ambos, si le tocaba regresar, quizás podría huir de nuevo… Por ahora, sin embargo, le quedaba un día más, un retazo de eso que llamamos libertad. (Cuando vi la sangre, 48)

Paradójicamente, los personajes principales pueden lograr autoabsolverse con más suerte que una sociedad que asesina otras formas de vida, como la animal, de manera impune y cotidiana, y hasta con un dejo de arrogancia y de convicción de estar poniendo fin a lo que estorba, ensucia o simplemente vive. Ese grupo de gente tal vez nunca pise una cárcel ni llegue a entender que alguien sea capaz de matar por defender o vengar a uno de esos seres, pero seguramente emitirá libremente un juicio sobre el bien y el mal que creen comprender desde la mezquindad de sus vidas.

Cuando vi la sangre nos lleva a mirarnos con más cautela, con más consciencia sobre la sola pequeña dosis de verdad que puede tener un expediente, sobre las formas de sobrevivencia a las que nos acostumbramos todos los reclusos y penitentes: nosotros, cautivos de nuestros juicios, historias familiares pendientes, amores inconclusos o imposibles, deseos y limitaciones, debilidades y temores, pero también nos impulsa a una dosis de respeto, o al menos humanidad, para quienes se equivocaron y lo pagarán, aún libres, el resto de su vida. ¿Acaso los lectores somos tan diferentes?

 

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