Moderno, no modernista: a propósito de Freyre

En sus crónicas publicadas entre 1904 y 1907, Ricardo Jaimes Freyre asume, desde el comentario periodístico, una mirada desconsolada de la historia humana.
domingo, 31 de octubre de 2021 · 05:00

Como ya sentenciara tiempo ha y adecuadamente don Octavio Paz, los motivos, los temas, y sobre todo el lenguaje y los ritmos de la poesía modernista latinoamericana, han envejecido. Y si ya lo dijo Paz en sus años de pope de la crítica de poesía latinoamericana, cuánto más no lo será ahora, entrados ya de pleno en el siglo XXI, para quien lea algún poema, pongo por caso, de Ricardo Jaimes Freyre. Más si, como es más o menos habitual, los comentarios o lecturas que uno encuentra en busca de ayuda para entender su obra se circunscriben casi siempre a la suite de 13 poemas iniciales que da nombre a Castalia bárbara, su libro más famoso (1899). Y se lo hace afirmando que se trata de una suerte de celebración lírica del triunfo histórico del cristianismo.

Blanca Wiethüchter ha salido al paso de esta apreciación un tanto mecánica. En su largo ensayo sobre el poeta incluido en Hacia una historia crítica de la literatura boliviana afirma que la actitud general de Freyre en su obra es más bien la de una protesta o rechazo del cristianismo. Y es cierto. Por ejemplo, en Alma helénica, que retrata el “momento” griego como un estadio de cierta felicidad estoica (“Presente de los dioses, la vida es suave y breve”), de una manera que recuerda al heterónimo Ricardo Reis de Pessoa, pero que termina escenificando el irrumpir cristiano como un destino aciago:

Después, mis pasos fueron entre ruinas y escombros, y se pobló mi espíritu de terrores extraños…

Cayeron dos mil años sobre mis hombros.

Pero solo hasta cierto punto, porque también es evidente que en ese famoso Aeternum vale, y en otros varios poemas, está el mundo católico como contexto intelectual. En cualquier caso, esta ambivalencia o conflictividad religiosa imprime precisamente a su poesía un sello harto moderno. Pues la afirmación del cristianismo –claro, de un cristianismo en ruinas–, lo mismo que su rechazo, son ambas formas de la desesperación en un mundo desacralizado.

En esas circunstancias es que la lírica se convirtió en un canto o meditación ante una bola planetaria sin derrotero y ya suficientemente vieja como para esperar nada de ella. Así se puede leer pasajes como este, del poema Sublimar: “riamos mientras perdura este vil planeta nuestro, con sus nieves en el polo y su fuego en las entrañas”.

Pero como dijo Paz, la música modernista era nomás una música decimonónica. Esto se podría advertir si hubiera copiado el poema entero que rodea a esa frase. Para ser verdaderamente hijo del siglo XX hacía falta algo muy diferente, algo que trajeron las vanguardias literarias, el surrealismo, el expresionismo, el futurismo, etcétera, y que ha sido canonizado en obras como La tierra baldía, o en nuestro vecindario Residencia en la tierra. Pero también en gestos o tonos más estoicos o prosaicos, como el de un Benn en Restaurante, que ahora prefiero:

El señor del otro lado pide todavía una cerveza;

me agrada; así no debo reprocharme nada,

supuesto que yo también vacíe otra.

Siempre se piensa lo mismo, que se es adicto;

incluso he leído en una revista americana

que cada cigarrillo acorta la vida en treinta y seis minutos;

yo no lo creo: probablemente la industria de la Coca Cola

o una fábrica de chicle están detrás del artículo.

Una vida normal, una muerte normal

tampoco es mucho. También una vida normal

lleva a una muerte enferma. En todo caso, la muerte

no tiene nada que ver con la salud y la enfermedad;

aquélla se sirve de éstas según le convenga.

Hay aquí un tono muy otro al de Castalia bárbara, en efecto. Pero volvamos a nuestro poeta.

Sin duda, constituiría un abuso de lesa literatura hablar de un segundo Freyre al referirse a Los sueños son vida (1917), su segundo y último libro de poemas. Sin embargo, tengo para mí que en un sentido intelectual y emocional ha tenido que jugar su papel el cambio de siglo de 1900 (como nos ocurrió a nosotros, ilusamente, con el inicio del 2000).

Pero no en los poemas, sino en las crónicas que publicó en la Revista de letras y ciencias sociales, creada por él mismo con otra gente en Tucumán, entre 1904 y 1907, y que he podido leer gracias a que la carrera de Literatura de la UMSA, muy atinadamente, las ha publicado. Ese Freyre asume, ahora desde el comentario periodístico, una mirada desconsolada de la historia humana. En una de ellas dice, a contracorriente de cualquier optimismo cultural: “Pero nuestro siglo lleva consigo la fatiga de muchos siglos”.

Freyre, hombre cuya vida cabalgó en la bisagra de los siglos XIX y XX, lo cual podría producir ambigüedad al pensar en cuál pensaba cuando hablaba de “su siglo”, asume plenamente la actualidad inicua de lo que se vendría en las siguientes décadas. Observador lejano y escéptico de esos primeros años del flamante siglo XX, testimonia las malas nuevas del acontecer mundial: la guerra ruso-japonesa (1904) la primera revolución rusa (1905) (sobre la cual escribió el poema Rusia, incluido en Los sueños son vida), y el devenir de siempre de los paisitos de siempre: Noruega, Marruecos, la incursión inglesa en el Tibet, la lucha por la independencia de Egipto. Id est, el espíritu de la historia desplegando sus alas ominosas, como ahora nos enteramos de cosas como la brutalidad despótica del militarismo en Myanmar, la toma del poder de los talibanes en Afganistán ante la mirada tranquila del mundo, o la eterna atrocidad haitiana.

Modernización, mundialización, globalización, no importa el nombre: es el ritmo acelerado de los “hechos mundiales”, entonces preocupantes y llamativos, pero ahora muertos y enterrados, como todo pasado, lo que Freyre hace sentir en esas páginas. Y también, comprensiblemente, muestra una sensibilidad socialista, cuando ésta era una forma genuina de la esperanza, no la manipulación grosera y cínica de consignas para promover dictaduras y oligarquías populistas, como ocurre ahora.

Incluso cuando –destino o castigo al parecer inevitable de cualquier boliviano notable– se vio involucrado, mucho después, en la siempre patética y abyecta política nacional, como parte del partidismo. Entonces eran republicanos y nacionalistas (los primeros, de Hernando Siles, no los posteriores del MNR). Y en el trance, califica de “odiocracia” a la política nacional, en una carta dirigida a su hermano desde Washington, en 1924. Tal cual.

 

Walter I. Vargas  / Ensayista y críticoº

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