Piranesi , novela de Susanna Clarke

La escritora británica empezó a escribir las primeras páginas en la década de 1980, inspirada en Borges. La novela se publicó en 2020, en plena pandemia.
domingo, 14 de noviembre de 2021 · 05:00

Gonzalo Araoz

Cuando el artista y arquitecto veneciano Giovanni Batista Piranesi (1720-1778) descubrió que gran parte de antiguos monumentos romanos yacían abandonados en el campo, eran devorados por la naturaleza, o usados como canteras de donde se extraían piezas pétreas para nuevas construcciones, decidió registrarlos al máximo detalle. Ver reproducciones de sus grabados y dibujos de ruinas clásicas me inspiró admiración y nostalgia. Nunca supe con exactitud la causa de la nostalgia, pero intuía que estaba relacionada a ambientes muy amplios y silenciosos ya inexistentes, a cierta solitud, paz y añoranza. Añoranza de enormes espacios arquitectónicos (posiblemente vistos en sueños), habitados únicamente por gigantescas esculturas en mármol, e invadidos por la maleza y las olas del mar.

 En forma similar, observar los trabajos de Maurits Cornelis Escher me transporta a un mundo mágico de eterno retorno, donde no existen el arriba y abajo, el antes y después o el adentro y afuera. Un universo en el que podrían desarrollarse los cuentos de Jorge Luis Borges. Fue una gratísima sorpresa re-visitar estos imaginarios durante la lectura de la novela Piranesi de Susanna Clarke, publicada por la Editorial Bloomsbury en Londres, 2020. 

Cuenta la escritora británica que empezó a escribir las primeras páginas que dieron origen a la novela en la década de 1980, y que fue inspirada por la lectura de La biblioteca de Babel, La casa de Asterión y otros cuentos de Borges, para describir una Vasta Casa (un universo en sí) en la que se encontraba preso el océano. Dos personajes principales habitan inicialmente esta formidable morada. Uno de ellos, Piranesi, entiende este universo en forma instintiva y lo navega con facilidad, mientras el Otro solo puede entenderlo parcialmente, mediante el estudio del primero. Clarke desarrolló estos y otros personajes para convertirlos en los protagonistas de un mundo paralelo y meta-racional.

Solo encontré el libro en la sección de novelas fantásticas en la biblioteca local; como muchas obras que abren brecha, esta novela parece no ser fácilmente clasificable. En ese sentido, me trajo a la memoria los libros de Carlos Castaneda, que fueron fuertemente rechazados por círculos antropológicos, ya fuese por falta de objetividad y de rigor académico, o por describir fantásticas invenciones o alucinaciones del autor. Los libros de Castaneda siguen siendo catalogados como ficción fantástica o como new age, a pesar estar claramente basados en trabajo de campo antropológico y de introducir muchas reflexiones existencialistas y ontológicas.

Más allá del reconocimiento académico o su ausencia, esas obras incentivan a que el lector considere pensamientos y experiencias a las que se puede acceder, en parte, mediante ciertas prácticas culturales que permiten desarrollar percepciones alternativas a una absoluta y dominante racionalidad.

Mientras Castaneda abiertamente abandonó el análisis antropológico tras la publicación de Las enseñanzas de don Juan para dedicarse a explorar ese universo, Clarke inicia su novela con un simpático guiño: utiliza como  sus epígrafes una cita de C.S. Lewis y la siguiente declaración de uno de sus propios personajes, Laurence Arne-Sayles:  “Me llaman filósofo, o científico, o antropólogo. Ninguna de estas cosas soy. Soy un anamnesiólogo. Estudio lo que fue olvidado. Yo presagio lo que ha desaparecido completamente. Trabajo con ausencias, con silencios, con curiosos vacíos entre las cosas. Soy, realmente, un mago, más que cualquier otra cosa”, (mi traducción.)

Además de visitar una misteriosa e infinita mansión en ruinas mediante la lectura del diario del epónimo héroe, Piranesi nos ofrece la posibilidad de recordar ese tiempo pre-racional, cuando éramos muy pequeños, inocentes y todavía capaces de sentir asombro; cuando veíamos y oíamos todo por primera vez.

En este universo es el Otro quien nombra al narrador y protagonista como Piranesi. Qué mejor apelativo para el dedicado observador, archivista y protector de la Vasta Casa, que registra en forma sistemática todo lo que observa y lo que vive en un mundo donde, aparte de Él mismo y el Otro, solo existen aves, peces, moluscos, cientos de esculturas y los restos óseos de otros 13 seres humanos.

Es notable que esta novela fuera publicada durante una estricta cuarentena por la pandemia, cuando las calles de Londres se encontraban casi completamente desiertas. Los animales y seres mitológicos, tallados en las paredes del Museo de Historia Natural, observaban a los animales silvestres paseándose libremente en las calles y los jardines vecinos. La ausencia de ruido, de tráfico vehicular y otro tipo de actividad humana en las vías públicas en general sugería una atmósfera post-apocalíptica, pero al mismo tiempo de mucha paz.

La lectura de esta novela me transportó a similares escenarios donde, a diferencia de Piranesi, las aves y los peces se encuentran a salvo, tanto de inundaciones como de amenazas humanas, en esta laberíntica mansión. El afuera y el adentro se confunden con la presencia del mar y las nubes, de las que nuestro héroe obtiene su sustento y agua fresca. La Casa se despliega en tres niveles (equivalentes al mar, la tierra y el cielo) de interminables espacios, vestíbulos, corredores, salas, patios y portales que sugieren diseños oníricos fractales. “La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo”, escribía Borges en La casa de Asterión, el cuento en el que el Minotauro relata sus últimos instantes de vida mientras espera pacientemente a Teseo, su redentor. Como Asterión, Piranesi tampoco se cree prisionero.

Además de estar libre para pasear por las infinitas galerías, asume como suya la tarea de tomar nota de todo lo que observa, incluidas las gigantescas esculturas de hombres, mujeres, niños y seres mitológicos, entre ellos un Fauno, un Centauro, un Pegaso y varios Minotauros. Piranesi da crédito, sin dudar por un instante, a todo lo que se le presenta ante la vista y se le susurra al oído. Registra en sus cuadernos todo lo que ve. Al igual que la casa que (lo) habita, Piranesi mantiene abiertos los brazos, los ojos, los oídos, las ventanas y las puertas.

 

Gonzalo Araoz / Antropólogo, artista plástico y escritor

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