Coati, la isla cárcel para presos políticos

Escritores como Arthur Posnansky, Rubén Ardaya, Alberto Crespo Rodas, entre otros, describieron en libros y diarios aquellos oscuros días de confinamiento.
domingo, 28 de noviembre de 2021 · 05:04

Freddy Zárate

La isla Coati o isla de la Luna se encuentra en el departamento de La Paz, es una isla situada en el lago Titicaca y está considerada como la segunda isla sagrada de los incas. Por esta razón, su ubicación geográfica y sus vestigios prehispánicos llamaron tempranamente la atención a varios investigadores.

En la primera década del siglo XX, el capitán teniente de ingenieros, Arthur Posnansky, publicó la Guía general ilustrada para la investigación de los monumentos prehistóricos de Tihuanacu e Islas del Sol y la Luna (La Paz: Imprenta y Litografía Boliviana, 1912), donde indica que “al Este de la isla Titicaca y a una distancia de tres millas, está la isla de la Luna (Koati), de tres kilómetros de extensión, que sobresale de las aguas cual si fuese una colosal ballena (…). Al aproximarse a la isla se distingue desde la distancia las ruinas de los andenes de que estaba cubierta, que antes le daban el aspecto de un grande, bellísimo jardín”.

Posnansky, al referirse al nombre de la isla, dice: “Koaty es la apostrofación de dos palabras aymaras: koa, planta silvestre (satureja obovata) de que está cubierta la isla y aty, espalda, loma (la isla tiene forma de una loma que sale de las aguas del lago)”. Más adelante, Federico E. Ahlfeld, Manuel Rigoberto Paredes, Maks Portugal, Dick Ibarra Grasso, Antonio Díaz Villamil, Carlos Ponce, Ismael Montes de Oca, entre otros, dedicaron esbozos geográficos, históricos, acuáticos, arqueológicos, antropológicos sobre la isla Coati.

La isla Coati como campo de reclusión  

Saliendo del esquema geofísico, vetusto y mítico de la isla Coati, podemos advertir que gobiernos autoritarios utilizaron como campo de confinamiento para recluir a opositores políticos. La memoria corta recuerda que bajo la dictadura del coronel Hugo Banzer Suárez, la isla Coati fue habilitada para encarcelar a dirigentes, estudiantes, periodistas, campesinos y mineros en los primeros años del gobierno de facto.

Sobre ello se tiene el texto de Rubén Ardaya Salinas, titulado De la Isla del diablo a la libertad. Un testimonio de fuga de Koati (1997); el periodista Carlos Soria Galvarro publicó el relato de Jorge Sattori Ribera, con el título Coati 1972: Relatos de una fuga –recogido en el libro Contextos, 2002–; el testimonio de Eusebio Gironda bajo el rótulo Furia de los Andes. Fuga de Coati (2014), entre otros.

Según estas declaraciones, el gobierno banzerista empezó a reducir a toda oposición mediante la persecución, reclusión y exilio. Esto dio pasó a la habilitación del campo de confinamiento en la isla Coati, que retuvo a 66 presos políticos. La vida cotidiana para los presos estuvo llena de incertidumbres, pesadumbres existenciales, martirios, torturas, desconfianza al prójimo, enfermedades y la escasa alimentación.

A esto se suma el clima cambiante de la isla, que de día irradiaba un calor sofocante y por las noches era cubierto por un frío desolador. La historia de los reclusos tuvo un dramático desenlace que culminó con la fuga de la isla, que luego de pasar por varias peripecias, llegaron a salvaguardarse en otra isla: en La Habana, República de Cuba.                                  

El testimonio olvidado de Alberto Crespo Rodas

La isla Coati como un campo de prisión tiene una historia larga. Un testimonio poco conocido, es la suscrita por el historiador Alberto Crespo Rodas (1917-2010), que en su juventud, a la edad de 28 años, fue recluido en la isla durante cuatro meses por el año 1945, durante el gobierno de Gualberto Villarroel. Años después, denunció el hecho en un largo escrito que fue divulgado en la antigua La Razón, el 14 de diciembre de 1950. En esas páginas, Crespo manifiesta que “no hay duda que la crueldad tuvo un positivo acierto al elegir la isla Coati para la reclusión de los hombres. Nunca sentí como allá la sensación perfecta del aislamiento”.

Alberto Crespo asevera: “En todo el tiempo que estuve allá, jamás se acercó una embarcación y el bote del gobernador era amarrado al frente en un pequeño puerto de la península de Copacabana, llamado Sampaya, para evitar posibilidades de fuga (…). Evidentemente, allá se deja un poco de ser hombres a medida que se va apoderando de la conciencia la idea de que uno forma parte de una singular subdivisión de la especie humana, sin parecido ni vínculos con los seres libres que están más allá del lago”.

De forma que para Crespo, “el hombre que se ha convertido en el condenado. No creo que ese sentimiento se haga presente con tanta fuerza en el hombre que guarda prisión en una cárcel o penal de tipo corriente, porque allá está en contacto con personas libres. Mira y tiene alguna relación con otros hombres libres. En cambio, Coati es un pequeño mundo solamente habitado por condenados, aunque no tengan propiamente ninguna condena”.          

Un diario proscrito por la historia  

Por la década de los años 50, el jurista Salomón Baldomar Balcazar publicó el texto  37 días en Coati. Diario de mi confinamiento (La Paz: Editorial e Imp. Artística, 1951); el libro constituye una relación diaria de un grupo de hombres que fueron recluidos en la isla Coati, “por el hecho de no ser partidarios de la dictadura” de Gualberto Villarroel, surgida del golpe militar del 20 de diciembre de 1943.

Según el relato de Baldomar, el 15 de febrero de 1944 varios uniformados irrumpieron en su domicilio a altas horas de la noche, invitándolo a subir a uno de los vehículos, “rápidamente tomaron la dirección de la Plaza Murillo, haciéndome entrar a la Sección Segunda de la Policía de Seguridad”. Al preguntar a sus captores a donde lo llevaban y porqué lo detuvieron, no recibió ninguna respuesta. Pero intuía que se dirigía al “Calama”.

Ya en ese reclusorio. En una de las habitaciones se encontró con varios militares en la misma situación. Luego de pasar dos noches de encierro, se les hizo saber que saldrían de viaje, “llevando solamente dos frazadas, sin poder sacar cochones ni maletas grandes. En un apresurado viaje por el altiplano, los presos comprendieron que se dirigían a la isla Coati”.

“En Coati no hay nada –dijo el Coronel Gonzales, que era uno de sus custodios– y sus palabras tenían autoridad de conocedor de la isla. Nos apresuramos en comprar en el único almacén abierto, lo que creímos esencial para nuestra alimentación (…). Sin apuros, pero en obedecimiento de la orden impartida de embarcarnos, fuimos acomodándonos en su interior como pudimos, venciendo la estrechez de la pequeña embarcación destinada a llevarnos hasta la prisión en medio lago”.

Una vez que arribaron a la isla Coati, tuvieron que organizarse con distintas labores: la cocina, cortar leña y limpiar las precarias habitaciones-celdas. A los pocos días llegaron otras embarcaciones que sumaron más presos políticos.

En esos días, aprovechando su reclusión en la isla, los presos fueron a conocer las ruinas. Al respecto, Baldomar describe lo siguiente: “Un templo incaico de gran valor histórico para un estudio del arte arquitectónico, el signo escalonado y la vida de los incas, pero el abandono imperdonable en que encontramos estos valiosos restos del gran imperio incaico demuestran la ninguna preocupación de los gobernantes bolivianos por conservar valiosos tesoros que deben ser protegidos contra su total destrucción”.

Con referencia a la vida diaria en la isla, Baldomar manifiesta que a causa de la desolación  los días se hacen largos, monótonos, aburridores. Frecuentemente, se hacía las siguientes preguntas: “¿Hasta qué día nos tendrán en la isla?, “¿cómo estarán nuestros familiares?”, “¿qué novedades se habrán producido en La Paz?”.

Para alivianar la pesadumbre existencial, los presos fueron recreando –en sus largas horas de inacción– el uso de naipes para predecir su liberación o su continuidad en Coati. Otros presos daban la vuelta completa de la isla para solazar su espíritu.

Pero una de las dificultades latentes entre los presos eran las enfermedades: “La Pinta –una embarcación que trasladaba personas y víveres a la isla– zarpó hacia Copacabana llevando encargos nuestros especialmente para avisar que varios confinados están enfermos; encargué bismuto, obleas de benzonaftol, fenaspirina y otras medicinas”.

En otro pasaje del texto, el autor indica que la isla también albergaba a delincuentes. Según registra en su diario, el 28 de febrero de 1944, llegó de Tiquina una embarcación de 8 rufianes de La Paz: “Hoy hice una breve interrogación a un ratero: ¿Por qué te han traído?”, a lo que responde: “He robado 300 bolivianos”, otros afirman que robaron 4.000 y 5.000 bolivianos que “tuvieron que repartir a los agentes y se quedaron en La Paz, a esos no los traen (…) es de costumbre de los agentes viejos, corrompidos, agarrarlos en la calle a los rateros y quitarles lo robado en dinero, dejándolos en libertad”.

Una espeluznante revelación de uno de los delincuentes es la práctica del canibalismo: “Entre los rateros llegó uno que antes estuvo acá y que, junto con otros amigos,  se comían a sus compañeros muertos”.     

Siguiendo la narración de Salomón Baldomar, el 4 de marzo de 1944, arribaron al muelle de la isla algunos dirigentes del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), entre ellos se encontraba el político y escritor José Antonio Arze, el poeta y artista Luis Luksic, Aurelio Alcoba, el húngaro Francisco Neolander. Baldomar pudo advertir que “Arze está muy demacrado. Los invitamos a tomar café caliente con pan, que se sirvieron en la pieza principal del primer patio, mientras la conversación se tornaba más interesante. Los capturaron en una comida de la noche del jueves. En el momento de la captura dice Arze que tuvo un cambio violento de palabras con Escobar, a quien dijo que en esa maleta que le estaban secuestrando no había documentos de carácter revolucionario, sino resoluciones simples del partido y copias de circulares”.

Pero la llegada de Arze a la isla produjo una interrogante entre los presos: “¿El confinamiento del jefe del PIR, empeorará nuestra situación, prolongando nuestra permanencia en esta isla?”.

Varias semanas después, Baldomar registra en su diario la llegada de siete miembros del PIR, los nombres que figuraban son los siguientes: Hernán Melgar Justiniano, Fernando Siñani, Gabriel Moisés Terán, Severo Clavijo Suárez, Waldo Álvarez España y Rigoberto Villarroel Claure. En el transcurso de los días, los piristas se lanzaron a protestar contra los custodios exigiendo la pronta liberación a raíz de los sucesos políticos en la plaza Murillo: “Seguimos comentando la inesperada salida de los movimientistas que dejan el gabinete, lo que coincide con la amnistía y el llamamiento a elecciones generales en toda la República. El régimen quiere constitucionalizar el país mediante las elecciones y la formación de un parlamento”.

Transcurridos varios días, el 26 de marzo de 1944, los gendarmes dieron la orden de libertad a los presos políticos: “Concluía al fin esta prisión con sus horas de incertidumbre, nostalgia y privaciones”. Al día siguiente, “dos botes se balanceaban junto al muelle de Coati, esperándonos (…). El bote Puerto Guaqui de mayores dimensiones debía regresar a Tiquina llevando a J. A. Arze y un grupo de sus partidarios. El otro, San Lorenzo de Copacabana, debía traernos al puerto de Copacabana directamente”.

El autor termina su relato alcanzado la añorada libertad: “¡Inolvidable domingo 26 de marzo de 1944! En que salimos de Coati 13 confinados a la misma hora, pero en dos botes que tomaron distintas rutas. Abrazados, despedidas, miradas de compañeros que dejaban tan prolongado encierro para restituirse a sus hogares, dando final ese momento a su vida de desesperanzas, inquietudes y privaciones”.

A manera de conclusión

Luego de varios años, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) tomó el poder en abril de 1952. Una de sus principales medidas fue fomentar la propaganda estatal para promover en la memoria colectiva a los mártires de la revolución, sus héroes y sus intelectuales al servicio del movimientismo.

Es por esta razón que la figura del “presidente colgado” representó para el gobierno del MNR un mito político, en donde no cabe la crítica para ese período. Pero es necesario cuestionar  toda mitificación para dar paso a la otra cara de la historia y ver las circunstancias que marcaron al gobierno RADEPA-MNR.

Entonces se encontrará una cruda persecución a todo opositor al régimen; encarcelamientos; destierros; los aterradores asesinatos de Chuspipata; los muertos de Challacollo; los cadáveres encontrados en Coroico; el confinamiento en la isla Coati; todos estos rasgos de violencia política culminaron con el colgamiento de Villarroel. Una historia llena de tragedias que merece ser releída con un espíritu crítico, esto para tener una mejor comprensión de nuestro pasado y entender las raíces de nuestro presente autoritario.

 

Freddy Zárate / Abogado

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