El altar de papel

En un ejercicio narrativo complejo, Cristina Rivera se mete en la herida por la pérdida de su hermana Liliana, que murió asesinada por un exnovio a los 20 años.
domingo, 12 de diciembre de 2021 · 05:00

Ros Amils

Cristina describe, reescribe, transcribe, escribe a Liliana. Liliana revive en el texto de Cristina. Cristina se anima a no callar, a no cubrir de silencio el dolor. Cristina mete toda la bulla que puede. Cristina exige a gritos por Liliana, por todas. Una escritura que no es silenciosa. Una escritura que duele. Un dolor que cuenta. 

Dos hermanas, una viva, una invariablemente muerta. No, no muerta, asesinada. Liliana. Cristina. Dos voces que se funden en un texto.

En un ejercicio narrativo complejo, Cristina Rivera Garza, se atreve a hurgar en la herida propia. La herida de la pérdida de su hermana, Liliana Rivera Garza, que murió asesinada a los 20 años por un exnovio. Liliana, víctima de feminicidio en un México cada vez más violento.

Con un estilo muy propio, historiográfico, casi taxidérmico, en su pulcra reconstrucción de la vida, Cristina hace un homenaje a Liliana, pero también a todas las víctimas de feminicidio. Crea una historia en tres actos.

Comienza con la autora, la búsqueda de una justicia que sabe retórica. ¿De qué sirve la justicia cuando ya no están quienes amamos? ¿De qué sirve la justicia cuando la batalla está perdida? Y como en una respuesta retórica, construye su propia justicia. Una justicia feminista que no cae en ruegos inútiles. Una justicia que es un libro. 

Cristina (la voy a tutear, como se tutea al personaje y no a la autora) busca el expediente de su hermana, perdido en la burocracia estatal. Así nos adentra en esta historia, desde su afán historiográfico. Desde una obsesión con los documentos. La reconstrucción histórica desde el archivo es el mecanismo, muy personal, que usa Cristina para construir su justicia.

Después, el texto nos adentra en los archivos personales de Liliana. Reconstruye su vida. Una vida real. Una vida vivida. Una vida inacabada. Una vida trazada en su propio puño y letra, en las voces de sus amigas y amigos. Cristina no vivía ya con Liliana en esa época y eso le ayuda a reconstruir, con curiosidad meticulosa, casi obsesiva, la vida de su hermana en ese periodo de dos años previos a su feminicidio. La esculpe desde las palabras, las expresiones y, también, los recuerdos de otras. Desentierra con cuidado las “capas de experiencia que se han sedimentado con el tiempo”.

Estas capas se acompañan de un contexto teórico que ayuda a comprender la violencia machista que vivía Liliana. En un giro que es a la vez sanador y pedagógico, Cristina usa el análisis de Rachel Louise Snyder para comprender la violencia doméstica, sus mecanismos y sus invisibles dolores. Estas referencias, colocadas meticulosamente en el texto, ayudan a darle un foco, un sentido. Este libro no es solo un homenaje, es un ladrillo más en la construcción de una justicia propia. 

Hay en El invencible verano de Liliana un cuidado especial al lenguaje. Una selección exquisita de palabras que se van tejiendo, para salir de la “cursilería” fácil que Liliana nunca le hubiera perdonado a Cristina. Para construir este texto sobre el amor se pivota siempre sobre las palabras. Especial atención merecen los títulos de los capítulos, que, enmarcados entre corchetes, marcan una cadencia. La cadencia de la vida y la muerte. Como un baile en el que nos sumerge Cristina y que contrasta con ese trabajo meticuloso de reconstrucción histórica.

De todos los personajes que nos van cincelando la vida y el contexto de Liliana hay uno que me conmueve especialmente. Ana Ocampo es su amiga. No una amiga, es la amiga. La amiga que le permite palpar los contornos del amor. Se construye ese amor entre mujeres. Un poco obsesivo, tal vez por lo que es cuestionado o mirado con recelo e incredulidad. El amor que siente Liliana por Ana, un amor que se trunca cuando Ana cambia de curso, llega a ser sublime en su momento. Este amor es un esbozo adolescente de otra forma de amar. Este amor, entre otros, es la respuesta que Liliana estaba construyendo en su vida para amar sin ser devastada.   

Este libro es un equilibrio de detalles con los que se va creando un ritmo. Detalles que se colocan con cuidado, para construir un altar en papel, armado sobre una hoja membretada de Hello Kitty donde se van colocando stickers y comentarios a mano, que logran desfigurar lo cursi de la propuesta estética. Este libro es un altar de Todos Santos en papel. 

Y como esculpimos t’anta wawas, esculpir a Liliana, es esculpirlas a todas. Contar su historia es contar la de todas. En la bulla de Liliana, está la bulla de todas.  

Por nuestras muertas, ni un minuto de silencio, toda una vida de lucha.

 

Ros Amils / Librera y editora de La Libre

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