La U frente a los retos de la democracia moderna

Las carreras de ciencias sociales, jurídicas y humanísticas permanecen en una atmósfera intelectual autoritaria y dogmática que no se ha alterado desde la colonia
domingo, 19 de diciembre de 2021 · 05:00

H. C. F.  Mansilla

La  UMSA ha creado la Cátedra Rectoral Nelson Mandela para fomentar el encuentro, el diálogo y la reconciliación entre los bolivianos. Se trata de una tarea de gran envergadura, porque estos valores normativos pertenecen a la tradición del racionalismo occidental, tendencia que fue escasa en la época colonial y que no ha sido aclimatada adecuadamente durante la república.

El fundamento que subyace a un auténtico diálogo, a un encuentro entre personas de distintas creencias, es una actitud basada en el pluralismo cultural e ideológico. En cambio el sistema escolar, las tradiciones populares y hasta los intelectuales más conocidos del país promueven un modelo civilizatorio proclive a los sentimientos, las emociones y las intuiciones, que puede ser muy fructífero en la vida familiar, pero que es anacrónico y  hasta peligroso en las esferas política y económica.

Segmentos importantes de la población, que creen ser las víctimas del proceso de modernización, perciben la pluralidad ideológica como algo incómodo y hasta amenazador. En el área andina las corrientes populistas, socialistas e indianistas han propugnado desde siempre la homogeneidad como norma, el uniformamiento político-ideológico como meta y el organicismo como factor estructurante. Estos fueron los factores normativos de la era colonial, que ahora los descolonizadores profesionales los consideran como altamente positivos. Es indudable que esta constelación favorece aspectos tradicional-autoritarios de la mentalidad popular, los cuales han sido consolidados por las políticas gubernamentales de los últimos años.

Encuestas de alta representatividad nos señalan claramente que una buena parte de la población boliviana es reacia a comprender concepciones racional-abstractas como los derechos de terceros, el  pluralismo cultural, el Estado de derecho y el pensar en el largo plazo.

En la base de la cultura política boliviana –que no ha cambiado gran cosa en siglos– se hallan el caudillismo, la desproporción entre medios y fines, el activismo ciego y la intolerancia con respecto al que piensa de manera distinta a lo aceptado convencionalmente. En la praxis política cotidiana predominan además factores adicionales que pueden ser adscritos al irracionalismo: la evocación de las pasiones, la fuerza de la atracción carismática, la pujanza de los instintos y los prejuicios, la influencia de las “místicas” nacionalista o revolucionaria y el estilo altisonante, pero vacío de la retórica pública.

Todos estos fenómenos gozan aún de una estimación positiva en cuanto manifestaciones de una cultura original. No es raro que se los contraponga con bastante orgullo a la democracia aparentemente formal de las sociedades metropolitanas del Norte. En vista de la popularidad de estos fenómenos, un genuino aporte al encuentro, al diálogo y la reconciliación tiene que analizar cuidadosamente los obstáculos que se enfrentan a una convivencia razonable de los ciudadanos, sobre todo para evitar lo habitual en la historia intelectual del país: el discurso reiterativo de las buenas intenciones, que no obliga a nada concreto.

La universidad boliviana, tanto la pública como la privada, ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Se percibe el sano intento de acercarse a las normas internacionales y a los parámetros actuales de excelencia. Muchas universidades han instaurado cursos de postgrado y algunos de ellos poseen un encomiable nivel. Algunas universidades estatales se esfuerzan ahora al fomento de la investigación y hasta en la invención de aparatos técnicos. Sus aportes promisorios en los campos de la ecología, la medicina y las matemáticas aplicadas, son indiscutibles.

Sin embargo, un poderoso factor regresivo sigue tan vigente como siempre. Las carreras de ciencias sociales, jurídicas y humanísticas permanecen en una atmósfera intelectual autoritaria y dogmática que no se ha alterado desde la época colonial. En estas carreras la mayoría de los estudiantes tienen como meta profesional la adquisición de aptitudes técnicas y no el aprendizaje de métodos científicos.

 En este sentido prevalecen todavía la mentalidad de la escuela convencional, la enseñanza memorística y el aprendizaje de trucos y artimañas. Una visión autocrítica del sistema universitario en torno a estos temas incómodos podría ser un buen comienzo para organizar un futuro mejor.

   Las metas normativas del encuentro, el diálogo y la reconciliación no pueden ser alcanzadas si el Estado no cumple algunas funciones básicas indispensables, como educación, salud, protección del medio ambiente y administración de justicia. “Defender la naturaleza es defender la humanidad”, dijo el portador mexicano del Premio Nobel, Octavio Paz, pero esta reflexión pertenece al ámbito del largo plazo, el cual es menospreciado por los regímenes populistas.

   El desempeño cotidiano del aparato judicial boliviano es pésimo en todo sentido. Y, lamentablemente, hay que analizar los vínculos entre la formación universitaria y el comportamiento posterior de los funcionarios del sistema judicial. Los códigos paralelos o informales que practican estos señores son aprendidos, aunque sea parcialmente, durante los estudios universitarios. Algo similar pasa con la influencia decisiva que ejerce la vida familiar con respecto a posteriores comportamientos autoritarios e irracionales.

   Un auténtico encuentro de opiniones dispares no puede significar una pérdida de tiempo, el factor más valioso en la vida, porque es el único irrecuperable. Los ciudadanos bolivianos pierden una parte de su tiempo en trámites burocráticos, todos mal diseñados, muchos superfluos e innecesarios. Sobre este tema hay muchos análisis que nunca han sido tomados en cuenta por la opinión pública. La burocracia universitaria, por ejemplo, se caracteriza por ser muy enrevesada, lenta e improductiva, fenómeno del cual las autoridades y los estudiantes universitarios no son conscientes.

En la actualidad las tendencias intelectuales prevalecientes prolongan y fortifican una antigua tradición conservadora, muy difundida en la universidad colonial, que favorece la realización de un consenso compulsivo y no el respeto a un disenso creador, como lo formuló Jorge Lazarte, antiguo catedrático de la UMSA, hoy totalmente olvidado. Como conclusión se puede afirmar que este proceso significa en realidad la supremacía de las habilidades tácticas sobre la reflexión intelectual creadora, la victoria de la maniobra tradicional por encima de las concepciones de largo aliento y el triunfo de la astucia sobre la inteligencia.

 

H. C. F.  Mansilla / Filósofo y escritor

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