Lenguas y metamorfosis

El cambio de lengua, el pasarse a otra lengua, vistos por la americana-hindú Jumpha Lahiri.
domingo, 19 de diciembre de 2021 · 05:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.

Considerando que en este país se hablan varias lenguas y hay constantes traspasos entre ellas, otras aventuras lingüísticas, en otras lenguas, no resultan indiferentes.

En un artículo sobre temas de esta naturaleza, la escritora americana-hindú Jumpha Lahiri hablaba de las vicisitudes por las que pasó en el proceso de aprender italiano, tarde en su vida. Lo hizo a lo largo de varios años y de pronto, una noche, se puso a escribir en esa lengua y ya no paró. Con grandes dificultades, sabiéndose mucho más limitada, pero igual. Así le salía. Desde entonces escribe en italiano. Había sufrido una metamorfosis.

El artículo en que ella cuenta todo esto, y que acaba con un vibrante elogio a Ovidio y sus Metamorfosis, fue publicado en el New Yorker del 2015 y de hecho fue escrito en italiano,  traducido luego al inglés por otra persona.  Cuando ella misma ya había sido varias veces premiada y reconocida por sus anteriores novelas y cuentos en inglés, también ampliamente traducida al castellano. Pero ahora ya lleva otra novela, su segunda en italiano.

¿Y fue el inglés su idioma original? Ni siquiera. Cuenta Lahiri que este es, o sería, el bengalí, la lengua de su madre hindú, pero ni eso, pues el suyo es un bengalí imperfecto y truncado. El de una niña que creció en Rhode Island. “Quizá soy una escritora que no pertenece del todo a ninguna lengua”, dice, lo cual inmediatamente recuerda el concepto de extraterritorialidad tal como lo desarrollaba George Steiner, teniendo en cuenta casos como los Becket o Nabokov, quienes escribían tanto en su lengua materna y como en otra de adopción tardía. Aún habría que agregar a esta lista, y entre otros, a Cioran, de origen rumano y que famosamente se pasó al francés o al argentino Héctor Biancciotti, que al final publicó laureadas novelas también en francés.

Volviendo a Jumpha Lahiri, su llegada al italiano no le hizo más fáciles las cosas, no es que hubiera encontrado, por fin, un idioma más afín a su alma o algo así. La cosa es mucho más complicada y más bella:

“Es como si estuviera escribiendo con mi mano izquierda, mi mano débil, con la que se supone que no debo escribir. Parece una transgresión, una rebelión, un acto de estupidez”. Se siente pobremente equipada y en una especie de acto literario de supervivencia. “No tengo muchas palabras para expresarme, más bien lo opuesto. Me doy cuenta de mi estado de privación. Y sin embargo, al mismo tiempo, me siento libre, ligera”.

Así, el texto se va deslizando hacia la metamorfosis, y vale la pena toda esta cita:

“Puede decirse que el mecanismo de la metamorfosis es el único elemento de la vida que nunca cambia. El recorrido de cada individuo, cada país, cada época histórica, no es nada sino una serie de cambios, a veces sutiles, otras profundos, sin los que nos estancaríamos. Ya sea una salvación o una pérdida, son los momentos que solemos recordar. Le dan una estructura a la existencia.  Casi todo el resto es olvido”.

Para ella el libro más hermoso del mundo, cuenta que se le hizo claro en este su proceso, es Las metamorfosis de Ovidio, ese gran clásico de la literatura latina, que siendo estudiante leyó, como aplicada estudiante de latín, traduciendo palabra a palabra. Y recuerda entonces, “vívidamente, el momento en que la ninfa Dafne se transforma en un árbol de laurel. Está escapando de Apolo, el dios enamorado que la persigue. Ella querría quedarse sola, casta, dedicada al bosque y la caza, como la virgen Diana. Agotada e incapaz de huir del dios, la ninfa le implora a su padre Peneu, la divinidad del río, que la ayude. Escribe Ovidio: ‘Apenas acabado el ruego, un pesado entorpecimiento se adueñó de sus miembros: su blando pecho fue rodeado de fina corteza, sus cabellos crecen como hojas, sus brazos como ramas; su pie, hace poco tan veloz, se queda fijo con lentas raíces, el lugar de su rostro lo tiene la copa’. Cuando Apolo pone su mano en el tronco de este árbol ‘siente que su pecho tiembla todavía bajo la reciente corteza’”

Y sigue todavía Jhumpa Lahiri:

“La metamorfosis es un proceso violento y regenerativo, una muerte y un nacimiento. No está claro dónde termina la ninfa y dónde comienza el árbol; la belleza de esta escena es que retrata la fusión de dos elementos, de ambos seres. Las palabras que describen a Daphne y el árbol están una al lado de la otra (en el texto latino frondem/crines, ramos/bracchia, cortice/pectus frente a   hojas / pelo, ramas / brazos, corteza / pecho). La contigüidad de estas palabras, su yuxtaposición literal, refuerza el estado de contradicción, de enredo. Expresa  el mítico,  primordial sentido  de ser dos cosas al mismo tiempo. De ser algo indefinido, ambiguo. De tener una doble identidad”.

¿Y cómo se anuda esto con su aprendizaje del italiano y luego haberse pasado directamente a este idioma en que hoy escribe? Ella misma lo dice: “como Daphne, yo misma me siento confinada. No puedo moverme como lo hacía en inglés. Una nueva lengua, el italiano, me cubre como una especie de corteza. Estoy adentro, renovada, atrapada, aliviada, incómoda”.

¿Y de qué huía  ella, como Dafne? se pregunta. Al responderse, dice que era del inglés, no tanto el idioma en sí como todo lo que este representaba y representó para ella, hija de migrantes: una carga pesada, una lucha agotadora, una constante sensación de fracaso y la ansiedad asociada. “Representaba una cultura que tenía que ser dominada, interpretada. (…) significaba una ruptura entre mis padres y yo. Me cansé de esa carga”.

Otra vez, esta reflexión es significativa en relación al español en Bolivia, (o en toda América) el idioma que al final todos hablan y muchos viniendo de otros idiomas de origen.

Recordemos, finalmente, que los relatos míticos y los informes antropológicos están repletos de transformaciones y metamorfosis, en todas las culturas, por todo el planeta. Simplemente porque todas las comunidades humanas nacieron ante la naturaleza y fueron viendo que ésta siempre procedía así. Podemos rastrear variantes de la metamorfosis desde el cine a la filosofía, desde los vampiros hasta el devenir deleuziano o incluso a  la gran historieta de humor: ahí tenemos a Mendieta, el perro de Inodoro Pereira (Fontanarrosa) que habla porque viene de una metamorfosis frustrada: lobizón que las noches de luna se metamorfoseaba en lobo, fue pillado por un eclipse y quedó en perro sentencioso. 

“Que lo parió!” dice.

Finalmente: véase este hermosísimo poema de Beatriz Vignoli:

Dafne

a Hugo Padeletti

Ser verde en el invierno,

ser brisa y ser azul,

deprisa:

que padre río me transforme en árbol.

Debo espejar lo eterno en el instante

del brillo,

ser la cava del grillo:

que padre río me transforme en árbol.

Entre las hojas el trueno al sol murmura;

yo huyo en la espesura.

No quiero ser la cosa

que un dios rapta y destroza

y durar como resto:

dadme al pesto.

Que padre río me transforme en árbol.

Sólo existir apenas,

floral, obscena sombra de la gloria

en una vana frente. No la afrenta

de Apolo.

Prefiero vegetar, vegetalmente.

Que sea sueño toda mi memoria.

 

Juan Cristóbal Mac Lean E. / Escritor

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos