Viajar no es morir un poco

El libro de Carlos Decker-Molina atesora interesantes ensayos, entretenidas crónicas, relatos que podrían ser novelas cortas y versos que no pretenden ser poesía.
domingo, 19 de diciembre de 2021 · 05:04

Daniela Murialdo

Al leer el prólogo –escrito por Ken Benson– de Viajar no es morir un poco, me vino una imagen del autor del libro que mi cabeza ya retenía. Pero fue hasta que terminé el texto –una composición de mosaicos–, que reafirmé ese retrato que tengo de Carlos Decker-Molina: un antropólogo con espíritu trashumante, que usando instrumentos como el periodismo o la literatura, nos describe rigurosa, aunque no necesariamente en orden, las manifestaciones de sus ya a estas alturas múltiples culturas.

A la vez que indefinible, este libro atesora interesantes ensayos, entretenidas crónicas,relatos que podrían ser novelas cortas y versos que no pretenden ser poesía.

Por momentos, cuando lo leía, sentí hablar a mi padre chileno o a mi padrastro boliviano. Fugar de un golpe de Estado para caer en otro era, en los 70, un modo común de migración. Los viajeros, como Carlos o mi papá, adoptaban exilios y rasgos comunes. Santiago, Ciudad de México, Buenos Aires. Desarraigos, torturas, orfandades, huidas. Nada de esto le fue ajeno a nuestro escritor, que terminó recalando en una Suecia tan gélida y solitaria, como educada, segura y quizás más feliz.

Carlos no es John Lennon, ni el Che Guevara (no busca reflectores ni glorias impostadas). Carlos es más bien un Forrest Gump sentado en una banca de la vía pública, relatando sus vivencias a quienes como él, esperamos el bus que nos lleve a nuestros destinos. Y ustedes, como yo, querrán que su bus no aparezca hasta terminar de escuchar lo que el escritor tiene para contarnos.

El libro se divide en tres partes que no guardan equilibrio ni responden a ninguna cronología. La primera es un conjunto de ensayos sociológicos, como aquel trazado a partir de un personaje que llega con una carga histórica de frustración, que solo los latinoamericanos somos capaces de soportar. Sebastián Pérez Condori supone la síntesis de “dos malos vecinos metidos dentro de un mismo pellejo”. Y es el hilo que permitirá al autor de este libro pasearse por el París de las concentraciones comunistas, en las que Pérez Condori –un revolucionario huido de la dictadura de Banzer–  deja de ser quechua o aymara, para convertirse en un camarada. Y en el Chile de Pinochet donde los militares torturaron a Sebastián por rojo comunista y boliviano enemigo de Chile (como a los demás bolivianos, entre los que estaba nuestro autor), pero a quien además laceraron “por ser un indio de mierda”.

Y es que Decker-Molina destapa una forma más de racismo que no necesariamente está en nuestro radar. Nos plantea, por ejemplo, la dificultad de quienes participaban de conflictos revolucionarios (habituados a analizar la sociedad a través de las clases) para clasificar a compañeros como Sebastián Pérez-Condori, al que no reconocían como igual, pese a compartir ideología.

Pero quien “se las arreglaba mejor en el exilio” en tanto conseguía trabajo más rápido, pues “siempre se necesita un jornalero y no un periodista”.

Carlos retrata como pocos el alma nacional. Y a partir de ahí, es capaz de encontrar semejanzas con otro de sus protagonistas -en principio antagónico-. Tanto su personaje boliviano como el sueco, se mueven en la soledad y el silencio. Solo que “Sebastián habla poco por temor al error. Sven, el sueco, habla poco porque no tiene con quien”.

Carlos cierra su capítulo sobre lo boliviano y nos lanza (como palomitas de maíz), pequeños ensayos sobre etnicidad, religión, violencia, cultura, etcétera. Mientras nos abre la lonchera en la que conserva los libros que acumuló en sus refugios en Bolivia, Chile, Francia, Argentina o Suecia, que aún le sirven de alimento. Aunque algunos –presumo– solo como tentempié.

El segundo libro es una consagración de la mini-no-ficción. Carlos se vuelca a la danza del fuego, al que ofrenda algunos pensamientos, que vuelven purificados para instalarse nuevamente en él. El autor recuerda en voz alta episodios de su vida, o los de otros que han llamado su atención; reflexiones filosóficas; descubrimientos idiomáticos; encuentros con el arte y la literatura.

El capítulo más fascinante es el de los hoteles. La estadía de nuestro escritor en Honduras a pocas habitaciones de los comandantes de la contra y los agentes “yanquis”, rodeados de prostitutas; el dictado de reportajes a Jorge Lanata desde el cuarto de un hotel en Buenos Aires; o su noche en la misma cama de un hotel en Marruecos en la que había dormido Henry Kissinger se convierten en cuentos de cuya verosimilitud quisiéramos dudar, pero no podemos.

El tercer fragmento ocupa un espacio muy pequeño. Carlos se guarda para sí lo más preciado: la familia, con sus fracturas, sus lazos y sus distanciamientos. Nos regala unos relatos con tono poético pero que no quieren ser poemas. Y opta a ratos por una belleza descriptiva poco coloquial. Como cuando narra su propio nacimiento: “Tendida en un camastro de hospital público, lanzó un grito, sentí el río de sangre que nos inundó y me convertí en su estirpe”.

Pero son las cartas a sus padres las que más calan. No hay en ellas residuos de cursilería, ni excesos emocionales, y sin embargo, están cargadas de amor. Pero no de esos que no se permiten reclamos (conscientes o inconscientes); sino uno de aquellos que aun sabiendo de alguna bisagra oxidada en la relación, la siguen añorando.

Y “Ella”, su compañera, la “conductora del tren” que no ha soltado el volante. Ella que ha visto con paciencia a Carlos subir y bajar de los distintos vagones. Que ha acompañado al “trotamundos perseguidor de información; que ha sido enviado en ocasiones a hurgar basureros”; que ha tenido que huir. Y sobre todo, que siempre ha querido volver.

Conocí personalmente a Mircea Cartarescu, uno de los autores preferidos de Decker-Molina. El escritor rumano exuda sabiduría. Una que le han dado muchos años de búsqueda, luchas, desapegos, inestabilidad política, carencias, viajes, variadas lecturas, afectos y humildad. Carlos me recuerda a Cartarescu. Este Carlos que ya ha redactado su epitafio: “Aquí yace el futuro escritor”.

Después de leer su libro convendrán conmigo en que aún es muy pronto para hablar de ello. Las letras de Carlos Decker-Molina son tan vitales como su espíritu. En todo caso, una leyenda más acertada, digo yo, sería algo como: “Aquí yace el periodista y escritor, mientras bebe un aperol y gesticula una mueca de satisfacción”.

 

Daniela Murialdo / Abogada

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