Seúl, São Paulo: desde El Alto o La Paz

“Todos somos migrantes de alguna manera, extranjeros vagando en mundos dispares permanentemente, buscando identidad de maneras heterogéneas...”.
domingo, 5 de diciembre de 2021 · 05:00

Isabel Mercado

Son apenas nombres de ciudades, juntas casi por azar. Pero, como toda ciudad, lo importante no está en lo que muestra, sino en lo que esconde; y eso, lo que no se ve pero se palpa, es lo que dibuja Gabriel Mamani Magne en esta su primera novela publicada y también Premio Nacional de Novela, que lleva por nombre Seúl, São Paulo.

Están aquellas dos urbes, que son apenas el pretexto para una introspección en una tercera, El Alto, que se desvela desde la mirada de dos primos jovenzuelos, entregados a las veleidades de una adolescencia que transcurre con sus correspondientes cánones de época, de origen, de clase, hasta de herencias ancestrales.

La de Tyson, el primo del adolescente alteño que es la voz del relato, puede ser la historia de cualquier hijo de migrante que regresa a Bolivia: con raíces enterradas en lo más profundo, pero al mismo tiempo con una permanente añoranza por lo que es ese mundo mejor –que buscan los que se van– que ha sido dejado atrás por la fuerza. Es la evidencia del ímpetu de lo telúrico –tanto de ida como de vuelta–, y de cómo donde se nace o donde se vive es al final lo que se es, y que cuando se mezclan residencias y vivencias, se aterriza en lo que es ahora el ciudadano del mundo: de todas y ninguna parte.

Pero, mientras eso se constata, el libro explora otros linderos: las entrañas de esa ciudad alterna a la sede de Gobierno boliviana; esa ciudad que vive en las afueras de la primera pero que tiene dimensiones propias y podría, geográficamente, tragarse a aquella.

Al mismo tiempo, Mamani desliza en el relato las enormes distancias que separan la vida de un adolescente alteño a la de un paceño de clase media (ambos podrían tener algo en común: quieren fugar hacia afuera. El alteño de sus fronteras marcadas/constreñidas por su origen campesino/aymara; los otros de su condición de bolivianos).

“Ya sé de qué somos el intento fallido, respondió. Argentina es un intento fallido de Europa, Brasil es un intento fallido de Estados Unidos… Bolivia es un intento fallido de no ser Bolivia”.

En tanto el relato desgrana actitudes, pensamientos y preocupaciones propias de un muchacho que fracasa en la escuela y asiste obligatoriamente al servicio militar, también hurga en las particularidades del mundo alteño/aymara, sus rasgos diferenciales, su enorme distancia con ese otro mundo que habita precisamente a su costado y que es visto con ojos extranjeros.

¿Es La Paz para el alteño como cuando migras e ingresas y pisas tierras de otros, con otros códigos, otros lenguajes, otras miradas? Mamani desliza algunas de estas impresiones: “Zona Sur de La Paz. Tres y media de la tarde. Se nota que no pertenecemos aquí porque somos los únicos que buscamos el calor. Ellos, los residentes, escapan del sol porque están demasiado habituados a él. Vienen de Achumani o Los Pinos, uniformados con sus mochilas Totto, con una lengua que apesta a inglés de CBA, un amaneramiento que parece decir soy boliviano pero no tanto. Entre ellos y nosotros existen unos cinco o seis grados de diferencia, lo suficiente para definir un estado de ánimo, el tono de la voz, la elección de un camino. La zona sur es caliente, siempre y cuando lo caliente sea sinónimo de no tan frío. Ellos, los residentes, buscan la sombra, se resguardan en mamparas, usan bloqueador. Nosotros, que venimos del verdadero frío, hemos aprendido a aprovechar todo el calor posible. Nada de bloqueadores. Nada de andar por la sombra. Necesitamos calor. Y si usamos gorra, no es para interceptar algún rayo solar, sino para esconder nuestros cabellos rebeldes. No importa que uno vista chompa beatle o canguro con frisa, ni que no se tenga plata para un jugo y que la garganta sea un Sahara del ande: en el sur, uno busca calor para almacenarlo y usarlo cuando haga falta. Sé que no pertenezco aquí porque tomo sol en una banca de Irpavi y siento que hago fotosíntesis”.

La otredad lado a lado; la migración y sus modos. Todos somos migrantes de alguna manera, extranjeros vagando en mundos dispares permanentemente, buscando identidad de maneras heterogéneas.

Podría ser solamente un thriller y ya no tendría desperdicio, pero la novela de Gabriel Mamani no se queda en el retrato de estos dos primos alteños y su paso por aquellos años de buscarse a sí mismos imperiosamente (la hombría, la sexualidad, la amistad, los lazos familiares).

Seúl São Paulo retrata la migración en toda su complejidad: 1) como la búsqueda de oportunidades que no se tiene en el entorno; 2) como la apuesta aspiracional de un mundo que, siendo indígena, puede ser tan excluido acá como fuera del país; 3) como la incursión en lo ajeno y, también, 4) como la naturalización de las diferencias, de las exclusiones, de la discriminación y el rezago de dos universos que no se terminan de unir.

Por eso São Paulo puede ser La Paz y El Alto; las Bolivia(s) que conviven sin compenetrarse, la desigualdad que se profundiza.

Gabriel Mamani, con sus poco más de 30 años, logra un relato con personalidad, con consistencia, como quien maneja apropiadamente los hilos de la narrativa pero no se conforma con ello y decide desnudar a sus personajes y mostrarlos en toda su dimensión y vulnerabilidad.

Mamani termina haciendo la denuncia de una sociedad fracturada hacia adentro, hacia afuera, por los márgenes.

Más claro, agua.

 

Isabel Mercado / Periodista, exdirectora de Página Siete

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