Reseña

El laberinto del siglo XVI, de Óscar Rivera-Rodas

Este libro analiza los efectos del pensamiento dogmático que prevaleció en Europa en el siglo XVI y alcanzó a la gente del Nuevo Mundo.
domingo, 14 de febrero de 2021 · 05:00

Humberto Párraga Chirveches
Poeta y narrador boliviano

El libro El laberinto del siglo XVI: Teología, mito, retórica y Colonialismo, de Óscar Rivera-Rodas, 343 páginas, Editorial Juan de la Cuesta, Newark, Delaware, 2016,  está meticulosamente estructurado siguiendo un esquema que incluye una Introducción al Colonialismo y el lenguaje, y diez capítulos –con subtítulos y minuciosas notas de pie de página– presentados ordinalmente. 

En la Introducción, se anotan aspectos relacionados con el descubrimiento de América, a fines del siglo XV, y su invasión   en el

siglo XVI, acotando que “tanto Cristóbal Colón –que creyó haber descubierto en 1492, una nueva ruta a la India– como las huestes europeas que invadieron América, no tenían otro calendario que el Juliano”. El sistema vigente desde el año 46, instituido por Julio César.   

Se anota también  que en ese entonces,   las culturas de América, seguían su rutina diaria de  acuerdo a sus propios calendarios, algunos de los cuales despertaron la admiración de historiadores como el norteamericano William H. Prescott (1796-1859), que en su Historia de la conquista de México (1843), al analizar  el calendario de los aztecas–  o más apropiadamente, sus antepasados, los tultecas– exalta la admirable exactitud a que habían llegado en  sus cálculos matemáticos.

Posteriormente, los trabajos del investigador mexicano Miguel León-Portilla(1926-2019) al revelar en su Imagen del Mexico antiguo (1963) que “en el mundo náhuatl había dos calendarios” y del Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), al dedicar varios capítulos de su libro Comentarios reales (1609), a los conocimientos astrológicos y el calendario de los incas atraen la atención a su importancia. 

Igualmente, Guamán Poma de Ayala (1534-1615) en su Primer nueva corónica (1615), al ocuparse de la “edad de los indios” calcula que pasaron 5300 años antes del régimen incario. Por lo tanto, escribe Rivera-Rodas: “Exactos o inexactos estos cómputos, lo cierto es que remiten a la presencia de calendarios”.

El calendario Juliano fue sometido a modificaciones en 1582 por el astrónomo y profesor de medicina de la Universidad de Perugia, Luigi Lilio (c. 1510-1576).  Gregorio XIII, puso en vigor las reformas de Lilio el 15 de octubre de 1582 y cambió el nombre del sistema juliano para llamarlo “calendario gregoriano”. 

El tema de este trabajo es entonces el siglo XVI de ese calendario, exportado e impuesto en las invasiones cristianas. Siglo que representa el inicio de la degradación y esclavitud de los pueblos latinoamericanos ,    que   “bajo la amenaza de las armas, fueron obligados a oír peroratas en una lengua advenediza e ininteligible y a construir iglesias, con escenarios y decorados propios de  teatros”. 

El autor enfatiza, así mismo, las opiniones de algunos intelectuales europeos, tal el inglés Francis Bacon (1561-1626), que en su Novum Organum (1620) afirmaba que la filosofía invadida por la “superstición y por la teología, es el peor de todos los azotes, y el más temible para los sistemas en conjunto o para sus diversas partes”. 

El teólogo y jurista canónigo español Paulino Castañeda Delgado (1927-2007), en su libro La teocracia pontifical en la conquista de América (1965), estipulaba que “sin conocer la Teocracia en su proyección histórica, no podemos entender las Controversias de Indias”. Más aún, que “no es posible estudiar los orígenes de la civilización cristiana y europea en el Nuevo Mundo sin tropezar con las Bulas pontificias de Alejandro VI”. 

Naturalmente se refería a las escrituras firmadas por Rodrigo Borgia, que figuraba entre los hombres más corruptos de su tiempo, que desde el vaticano, donó los territorios del Nuevo Mundo a sus compatriotas los reyes católicos.

Esa realidad de los pueblos latinoamericanos del siglo XVI,  quedó registrada en los discursos de los cronistas españoles y en la obra de los cronistas indígenas. La lectura de esos discursos dio por resultado el presente libro  que Rivera-Rodas explica en diez capítulos.

El primero, enfocado en las Escrituras del colonialismo, gracias a historiadores tales como   Silvio Zavala (México, 1909-2014) y Leopoldo Zea (México, 1912-2004). 

Zea sostuvo que “los pueblos latinoamericanos no han alcanzado la emancipación mental, pero en cambio sí nuevas formas de subordinación”. 

El segundo, enfocado en la Oralidad y escritura, en altercación retórica, que trajo como resultado el escrito del Requerimiento que  establecía  que el papa había donado los territorios americanos a los reyes católicos españoles; en consecuencia, ambos emperadores eran los dueños y no los indígenas americanos. Tal el mensaje altisonante leído a los indígenas en un idioma advenedizo.

El tercero , analiza la  Retórica del laberinto visible e invisible enfatizando que inmediatamente después de las confrontaciones violentas y matanzas ,  los invasores cristianos desarrollaron dos empresas.  La de explotar los recursos naturales (oro, plata, perlas), y la de destruir el pensamiento simbólico de esos pueblos.  

El cuarto, analiza el Saqueo del saber y pensamiento  por los invasores europeos a los pueblos de América, la destrucción del pensamiento simbólico y el saqueo de la cosmovisión precolombina con sermones repetidos en un idioma desconocido ante audiencias indígenas para las cuales  los sermones no eran más que peroratas sin sentido.

El quinto analiza la Escritura historiográfica colonialista, metafísica y mítica en los territorios invadidos, desde el punto de vista   de un aparato represivo, conformado por milicianos con armas,  resguardados  por  arneses  y  sobre  caballos, para   intimidar a los  indígenas  y  lograr sus fines  retóricos: el colonialismo. 

El sexto, enfocado en la Reconstrucción del discurso aborigen depredado,  apunta que “el discurso indígena, o discurso preso en el coloniaje, es la expresión de una ideología sometida a un proceso de manipulación de su saber y su interpretación del mundo por la agresión de otra ideología. 

El séptimo está centrado en el Pensar fabuloso y pensar empírico. En este tópico también se ve otra forma de altercado, de visiones de mundo, cuyo choque se manifiesta en los textos de ambas partes: la visión teológica de orígenes escolásticos de los europeos en el siglo XVI y la representación empírica de los pueblos americanos.

El octavo analiza los  Límites del entendimiento teológico,  punto desde el que se retorna al choque de los pensamientos simbólicos, ahora vistos como dos sendas concepciones del mundo: la concepción religiosa de los invasores europeos; y la concepción pragmática de los aborígenes invadidos.

El noveno analiza las  Tradiciones inconciliables, religiosa y moral, ya que ambas actitudes divergentes obligaban volver a las dos historiografías; la evangelización y el uso de los métodos más inhumanos para lograr sus objetivos.

El décimo está enfocado en La oralidad y el laberinto de la escritura, que sostiene que el pensamiento aborigen se acomodaba –sin renunciar a su resistencia–, a la realidad impuesta por los invasores. Los intelectuales indígenas comprendieron pronto que, como herederos de culturas orales, debían asumir un recurso y arma para su pensamiento: la escritura.

 
Sumario

Este libro analiza los efectos del pensamiento dogmático que  prevaleció en  Europa en el siglo XVI y alcanzó a la gente del Nuevo Mundo  por medio de brutales  invasiones militares cuya única justificación fue una supuesta obligación de evangelizar  y difundir  los valores cristianos; obligación refrendada   por una tácita alianza  entre el Vaticano y  la corona de España.  

Sin embargo, los verdaderos motivos de las invasiones fueron explotar los recursos naturales y esclavizar a los indígenas que fueron denigrados como bárbaros usando exclusivamente argumentos teológicos. 

Entonces los principios colonialistas eran religiosos, la política era religiosa y religioso era el gobierno de España. Las invasiones militares a veces culminaron en genocidio y pretendieron destruir el pensamiento predominante, la tradición y cultura de los nativos.

El autor sostiene que “siguiendo las instrucciones del Vaticano, los curas difundieron la retórica escolástica y dogmática sobre las ruinas de ese pensamiento  deformado de la gente, con representaciones supernaturales puestas en el mundo natural y empírico”, precipitando de esta manera el laberinto en  el  lenguaje  y pensamiento que parece  persistir hasta nuestros días.  

La escrupulosidad académica de este libro está  reflejada no sólo  en  el cuidado con que fue seleccionada la información para elaborar estos capítulos, sino también en el análisis detallado de los tópicos en discusión. 

Discusión comprometida, que alcanza, en veces, un tono justificablemente  acusatorio, quizás más contra el jesuita  José de

Acosta  (1540-1600), un  historiador –cuya intolerancia  le empujó a oponer  la ordenación de mestizos–, que contra el colonialista Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), cuya incapacidad de explicar la realidad de las atrocidades cometidas por los “conquistadores”, le empujó a desprestigiar a las víctimas de los crímenes, sosteniendo que los nativos no eran humanos y que muchos de ellos “se mataron con ponzoña por no trabajar y otros se ahorcaron con sus propias manos”.  

En suma, un libro bien documentado, que concuerda  con la reputación  de Óscar Rivera-Rodas;  un excelente texto de consulta para los interesados en este importante tópico.
 

 

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