Literatura

Elogio de un padre a su hija

Un repaso a la obra de René Ballivián Calderón, que escribió sobre diversidad de asuntos, desde economía (que era su fuerte) hasta filosofía.
domingo, 14 de febrero de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada 
Escritor

Entré por el pasillo de una casa tranquila que tenía un aire de paz, habiendo atravesado un jardincillo de setos, césped y rosales prósperos. Seis libros había sobre la mesa vítrea del recibidor. Algunos eran de Salvador Romero Pittari (uno era su clásico, Las Claudinas), y otros sobre su padre, René Ballivián. El último de ellos era los Nuevos rubáyát, de Franz Tamayo, en su edición primera de 1927, editado por la Imprenta Artística Ayacucho (un librito de bolsillo, de pequeñas dimensiones, pero valiosísimo para quienes, además de amar la alta poesía, adoramos el libro desde la perspectiva del bibliófilo, que lo ama como un objeto de colección para apreciarlo en su valor de singularidad o antigüedad). Nos sentamos en el sillón mullido y me los comenzó a obsequiar uno por uno, explicándome algo de su contenido. Yo fui recibiendo los regalos como se reciben las joyas, porque el libro es un objeto sublime, quizá uno de los mejores inventos del ser humano en su paso por el mundo.

Quince meses antes, creo que en agosto de 2019, en la Feria del Libro de la ciudad de La Paz, la vi sentada entre el público, mientras yo comentaba en la testera dos libros que estaba presentando Mariano Baptista sobre la vida y obra de Augusto Céspedes. Al terminar el evento, mientras los asistentes pedían firmas y fotografías con el autor de las obras, Florencia y yo comenzamos a platicar sobre libros y política, y esa charla, que no debió sobrepasar los cinco minutos, fue como una unión amistosa que quisiera fuera perenne. 

Hay personas que tienen un espíritu tan profundo y cultivado (mi amigo Armando Soriano, verbigracia, fue una de ellas) que no producen otra cosa que impresión ante los que se topan en su camino.

Aquel día, luego de que me entregara los libros, me comenzó a mostrar su biblioteca. Una biblioteca grande, solemne, hermosa no solo por el contenido de sus volúmenes, sino porque era agradable a la vista: colecciones y más colecciones enteras: los lomos de los libros invitaban a que se los mirase como si constituyeran, todos juntos, un juego uniforme de colores, con diferentes patrones a largos intervalos: un mosaico. En los estantes había también muchos relojes antiguos, que Romero solía examinar, desarmar y rearmar con la experticia de un viejo relojero.

Florencia Ballivián de Romero es una de esas personas –escasísimas tristemente– que usa las redes sociales para informarse, cultivarse y para aportar con sus conocimientos históricos a la educación colectiva de sus usuarios recurrentes. Se diría que está al margen del grupo que Humberto Eco calificó más o menos como legión de idiotas que vierten opiniones ligeras y que las usan para el ocio (en su peor acepción).

Su conocimiento sobre la historia de Bolivia, sobre las tradiciones paceñas y andinas y sobre el urbanismo y la conformación arquitectónica, orográfica y legendaria de la ciudad de La Paz, contribuye sobremanera en los debates cultos que se desarrollan en las redes sociales (también escasos, tristemente), entre grupos pequeños de intelectuales que, periódicamente, van aportando con material de hemeroteca o fototeca al crecimiento del acervo histórico nacional.

El día en que me regaló los libros, anduve por los pasillos de su casa como se camina por una pinacoteca: impresionado por la cantidad de material valioso que sería merecedor de un curador o un guardián. Muebles antiguos, pinturas coloniales, ediciones de libros que hoy son difíciles de hallar, cristalería fina, y un buen gusto general para la decoración que hacía que allí se despertaran los más sublimes estímulos del espíritu de un escritor o un lector voraz. En una vitrina, sobre un pedestal, había un libro con tapa forrada en terciopelo y bordado con hilo de oro, el más peculiar de todos, y no me resistí a la tentación de pedir que me lo mostrara; era la declaración de hidalgos de los Ballivián, escrita con la mejor de las caligrafías antiguas.

Florencia seguramente heredó de alguien aquel gusto fino y valorador del arte. Su padre, René Ballivián, fue un aristócrata en el mejor y más exacto significado de este vocablo: no un altivo que pregona su abolengo sin más, ni un arrogante que cree sin razón ni causa que su apellido lo es todo, sino un señor con educación, con cultura, dotado de un espíritu noble y de servicio; como se diría en la mejor Inglaterra de otrora, un gentleman. Y es que la palabra aristócrata no es, como algunos creen, un eufemismo de la frivolidad, sino todo lo contrario: un apelativo de la profundidad del espíritu, de la educación y, acaso, de la humildad.

René Ballivián Calderón escribió sobre diversidad de asuntos, desde economía (que era su fuerte) hasta filosofía. Su libro Sentido y actitud en la vida consagra las ideas de un hombre ya maduro, poseedor de una idea pionera pero consolidada sobre el liberalismo y la democracia plural y defensor del librecambio. Pero no solamente fue hombre de escritorio y traje impecable. En su juventud, regresó de Chile a Bolivia para pelear en el Chaco, mas no en la retaguardia, menos aún en un aislado escritorito de burócrata, sino en el frente de batalla, en las trincheras… Testimonio de esa experiencia es su obra Bajo la luna de Tarairí, una crónica de la guerra, talvez con algunos añadidos de imaginación, publicada por sus hijas póstumamente.

Ballivián se muestra en todos sus escritos como un hombre de sensibilidad superior. No son de los que están con la moda progresista, con la ideología del momento… Luego de la guerra, en ese largo periodo en que las corrientes marxistas y nacionalistas dominaron la política hasta 1985 en Bolivia, se mantuvo firmemente parado en la orilla segura del liberalismo con justicia social, defendiendo la libertad individual y la empresa, todo esto vinculado con una profunda fe cristiana, que lo llevó a interpretar el mundo racional y filosóficamente.

No soy amigo de santificar estirpes ni apellidos (cada ser humano tiene sombras y debe ser enjuiciado autónomamente, según lo que hace y obra en la vida), pero varios de los Ballivián llegaron a ser, al menos para Bolivia, eso que muchos no pudieron: hombres. Justamente Tamayo, el vate indio, a través de la referencia de Goethe, les dedica un scherzo sinfónico e inmortal a todos ellos: Su horóscopo sin dolo/ Se trazó en rúbricas/ Olímpicas y lúbricas/ D’ Hermes y Apolo./ Hado sin nombre!/ Si no era un dios por poco,/ Fue todo un hombre!

Ante personas como los Ballivián uno puede decir lo que Schiller dijera alguna vez del patriarca Goethe, cuando se dio cuenta de que a éste le unía una amistad inexorable y espontánea, de aquéllas que son como finas cuerdas de plata, o que están predestinadas para iniciarse y no morir: “Frente a lo eximio no hay otra libertad que el amor”.

 

 

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