El chicuelo dice

Toronjil, vidrio molido y raticida

Ha muerto una época en la que yo era más o menos feliz, cuando descubrir personajes para mis novelas era una aventura...
domingo, 21 de febrero de 2021 · 05:00

Wilmer Urrelo Zárate 
Escritor

¿Estarás muerta, Chullpa? Muerta como se murió la Choca, una perrita larga y amarilla que fue mi mejor amiga del mundo a principios de este siglo. Así como también murió el Káiser, un perro que era como mi yunta y que está enterrado bajo un árbol de eucalipto. ¿Muerta y enterrada, Chullpa? Muerta como la Nana, otra perrita que era el universo para mí y que duerme plácidamente a orillas de un río.

Sin embargo, tal vez ella esté viva aún. Viva porque la gente como vos, Chullpa, no se muere así no más. Que no se confunda: No era batalladora ni tampoco tenía una salud de hierro. Que no se confunda, porque una Chullpa como vos miraba a la muerte con desprecio. 

Murió también una tía de ojos verdes y que tenía solo una oreja y que una vez, cuando yo era niño, me salvó de ahogarme con un pedazo de carne. Me tomó de las piernas, cabeza abajo, y me sacudió hasta expulsé la carne y volví a respirar.

Que no se confunda. Ha muerto, por ejemplo, la vieja Tula, una señora que vendía libros allá en Villa Fátima. Ha muerto ella porque tuvo un hijo que murió años antes vaya uno a saber de qué. Murió y la vieja Tula vendía su biblioteca poco a poco. Ahí compré Alrededor de la jaula, de Haroldo Conti; ahí compré Viaje afuera del tiempo, de Tibor Sekelij. La vieja Tula, que ha muerto ya, vendía los libros de su hijo y tenía el gesto agrio y la mirada turbia.

Aunque claro que la Chullpa no ha muerto. O por lo menos eso quiero creer, porque alguien como la Chullpa no debería morirse. Porque vos no eras ni una luchadora ni nada de eso. Porque tampoco eras la yerba mala que nunca muere.

La conocí en un consultorio de fisioterapia, hace veinte años atrás o quizá más. Nunca le vi la cara, a la Chullpa, quiero decir, porque cuando yo estaba de espaldas con la electricidad golpeándome el tobillo derecho, ella llegaba con su risa vulgar y su voz de ultratumba y saluda al doctor Carlos y luego contaba alguna anécdota, que ayer, por ejemplo, casi se trompea con un chofer del 261 porque el voceador quiso engañarla con el cambio; que, por ejemplo, casi mata de un patadón a su dueña de casa porque no la dejaba secar ropa después de las tres de la tarde.

Ha muerto la Ingrid, la loquita que vivía al frente de mi casa. Ha muerto mirando los gatos negros que la atormentaban. Ha muerto entre el olor a alcohol Caimán que le gustaba tomar frente a las puertas del colegio Copacabana mientras veía salir a los escolares.

Ha muerto también el cieguito que tenía en braille la novela Aeropuerto, de Arthur Hailey, y que a veces subía a mi lado en el minibús. Ha muerto, de igual manera, la librecambista del barrio. Una señora de ojos saltones y con la cara cortada. Una señora a quien habían asaltado muchas veces y que por eso andaba armada con un revólver metido en su cartera.

Ha muerto el Igor, un perrito que conocí en Santa Cruz y que se convirtió en mi mejor amigo cuando yo vivía allá. Ha muerto también la Kiarita, una perrita que era mi vecina y que alguien atropelló y que luego escapó.

Sin embargo, dudo que la Chullpa se haya muerto. Primero porque alguien como ella no debería morir. No ha muerto porque nunca la vi, porque venía al consultorio por una parálisis facial, no ha muerto porque no conocí su cara, aunque sí su voz. No murió porque cuando vos entrabas al consultorio de fisioterapia yo dejaba de leer y le contabas a Constanza, la enfermera, por qué no debería tener hijos antes de los treinta años. 

Sin embargo, dudo que haya muerto porque antes que alguien dijera mirá, esa señora tiene cara de Chullpa, porque antes de que eso pase, ella misma se ponía el apodo y cuando el doctor Carlos la llamaba por su nombre  –Virginia, Verónica o algo así– ella se reía, mejor dígame Chullpa, no hay problema, doqui. Porque cuando la enfermera Constanza le preguntaba algo y al final agregaba su nombre  –Vania, Victoria o algo así–, ella se enojaba y si bien no hacía un escándalo decía enfurecida mi nombre es Chullpa, por favor, señorita Constanza.

También ha muerto el Ojitos, un chico del colegio que alguna vez fue mi amigo. Ha muerto de una enfermedad terrible e impronunciable. Ha muerto, me han dicho, rogando no morirse porque según él era muy joven y el Cementerio General le daba mucho miedo.

Ha muerto el Perro Vargas, un profesor de Física que a veces nos miraba en medio de la clase y con la voz afligida nos decía que no teníamos futuro.

Han muerto todos ellos, aunque dudo que la Chullpa ahora esté enterrada. Lo dudo porque cuando hablaba de la muerte al lado mío, cuando solo nos separaba una cortina, daba consejos de cómo hacer para embrujar a alguien con cualquier fin: Solo agarrá un puñado de toronjil y colocá debajo de su colchón y listo, el fulano amanecerá muerto.

Ha muerto la señora de la farmacia de la esquina de mi casa. La que tenía en las paredes de su negocio los discos de los Caminantes y que una vez no me cobró porque decía que los escritores deberíamos tener todo gratis.

Ha muerto también el Willy García, del grupo Los Puntos, uno que cantaba Listón amarillo, una canción que habla del retorno y del arrepentimiento y de las señales que debe dar un corazón enamorado.

Han muerto todos ellos, sin embargo, dudo que la Chullpa ahora mismo esté adentro de un cajón. Lo dudo porque su voz era demasiado espantosa para morirse. Dudo que sea cadáver porque una vez aconsejó a la enfermera Constanza cuando ella habló sin querer de los celos de su novio: Dale vidrio molido en su hamburguesa, para qué quieres celosos vos.

Ha muerto el que era yo por esa época, sobre todo. El que esperaba ansioso su llegada porque sabía que diría algo misterioso y porque también sabía que nunca me atrevería a correr un poco la cortina para verte la cara, Chullpita. Y sobre todo porque sabía que algún día, porque sabía que si algún día me convertía en escritor vos aparecerías en alguna de mis novelas. 

Ha muerto una época en la que yo era más o menos feliz, cuando descubrir personajes para mis novelas era una aventura. 

Pero dudo que la Chullpa se haya muerto, les digo, porque cada vez que siento el olor del toronjil o veo una hamburguesa me acuerdo de vos: O si no comprá raticida y echá en su gaseosa, qué cosa ganas vos al lado de un celoso, señorita Constanza.

Qué te vas a morir vos, Chullpa. Las batallas ganadas. Eso imposible.

 

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