Literatura

... Y toda su gloria cupo en un zapato

Toda la gloria quedó atrás. El general en su laberinto narra cómo el protagonista pierde la esencia de su intelectualidad y su genio militar.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros   
Abogado

No sé si en la historia de la humanidad existió guerrero que haya incursionado territorios extraños al suyo que no fuera para someter o conquistar. El gran paladín de la América, excepcional aún en eso, lo hizo para libertar.

La gran obra literaria de Gabriel García Márquez, el escritor latinoamericano más traducido del mundo, que en 1989 dio luz a El general en su laberinto, retrata de cuerpo entero la parte más humana de lo que fue el Libertador. Con la maestría de siempre y una escrupulosa investigación previa, el  aplaudido novelista culmina la obra con la muerte de quien no había vislumbrado para sí un final de esa naturaleza. 

Pero la novela no se reduce a aquel luctuoso 17 de diciembre de 1930 en que nuestro hombre exhala por última vez, más bien relata el sufrimiento de esos tormentosos días de su angustia, porque a partir de su partida la excelencia de la narración adquiere un carácter profundamente humano sin tocar los linderos del morbo; el genial escritor describe la agonía de un guerrero que no es sino la copia caricaturesca del gran caballero que por casi veinte años ha transitado toda la geografía andina, superando con abundancia las distancias que Cristóbal Colón hizo en sus viajes a América y que el militar ha logrado recuperar.

El general en su laberinto es una novela que puede clasificarse sin duda en el género dramático y en el subgénero histórico, y como en toda novela de estas características, sin duda hay mucho de ficción, que en nada desmiente la esencia de lo que fue el desenlace de una vida que de muy antes ya tenía síntomas no únicamente de un mal del cuerpo; es que en Simón Bolívar ya se percibían los dolores del alma. Esos que son los más tempestuosos, porque la mezquindad humana lastima más que las enfermedades del cuerpo… 

Así y todo, El general en su laberinto no es una narración cronológica de hechos una vez terminada su gloria solamente, ni una descripción plana de acontecimientos cuando el mundo lo había rechazado. A lo largo de la obra hay muchos recursos técnicos a los que García Márquez nunca renuncia; de modo que la marcha hacia una muerte lenta a la que el General se resiste está matizada siempre en los tiempos oportunos, usando la elipsis para suprimir alguna escena o interrumpirla para echar mano de la analepsia, cuando retrotraer hechos es un reclamo clamoroso de una lectura apasionante, ya que permite a través de la narración disfrutar, en el sentido literario, de esa travesía que lo llevaría a la muerte, pero también permite documentar al autor la grandeza del personaje en un tiempo pretérito. En cambio, es meticuloso respecto a hechos que son el nudo de la historia. En ese ámbito hace énfasis en innúmeras veces al apelativo de “General” para referirse al protagonista, que es sustantivo más genérico y por varias razones más apropiado al argumento de la trama.

El General, sobre todo en la recta final de su vida, se había transformado en un ser casi hermético, porque al borde de sus días pudo confirmar que la naturaleza humana, ya sin hacer distingos de razas o culturas, sin importar que sean chapetones o criollos o de cualquier casta, estaba dominada por la vileza de los sentimientos más bajos que nada tenían que ver con el altruismo con que su intelecto y sus armas puso al servicio de la independencia. 

Por tanto un elemento esencial de la historia, es el desengaño que el General siente respecto a gran parte de esas élites militares con quienes, en su desempeño como soldado y a la flor y nata de la política que como hombre de Estado, pudo y tuvo que tratar. Aquel desencanto fue el mejor aliado de un estado depresivo que cada día iba calando su resistencia. Pero no todo fue traición hacia la señera figura de quien en ciertos círculos es considerado el hombre más importante del siglo XIX en el mundo. En contraposición a la insidia y los egoísmos de que los hombres son capaces, hubo un entorno pequeño que formó su séquito que lo escoltaba hasta su último minuto de vida. La novela hace hincapié más que justificado, porque la historia reconoce la nobleza hasta el extremo de su fiel José Palacios, manumitido por su mismo amo y fiel mayordomo y edecán suyo; por eso tanto en la obra como en la vida real el exesclavo de la familia Bolívar es al General lo que Sancho Panza es al Quijote. El buen José, a quien la imaginación del Nobel colombiano le atribuye haberle dicho a su amo “lo justo es morirnos juntos”, le sobrevivió hasta su ancianidad y alcohólico, cuando en realidad la historia desconoce su vida a partir de esa tarde en San Pedro Alejandrino. 

Toda la gloria del militar quedó atrás, y El general en su laberinto se encarga de narrar justamente a partir de la tristeza que el protagonista comienza a sentir, reduciéndose en esencia a aquellas dotes que a lo largo de su corta vida adquirió: el cultivo de su intelectualidad y la destreza de su genio militar.  Su fortuna, sus títulos, su obra y aún su vida de pareja, habían pasado a formar parte de su propia historia; mas el aprendizaje y permanente cultivo de lo que él todavía sabía hacer, se redujeron a una maleta hecha por su fiel escudero; cierto, ¿quién más pudo saber que aún en esta partida que tuvo matices de funeral no podía faltar El contrato social de Rosseau y El arte militar de Raimundo Montecuccoli, que, según el autor, pertenecieron al mismísimo Bonaparte?... lo que muy probablemente responde a esa parte irreal de la obra, pero que se sustenta en la conocida influencia que Bolívar recibió del emperador francés. Hubo otras valijas conteniendo minucias, pero ni la sombra del equipaje con que tres años antes regresó de Lima y una recua transportando setenta y dos baúles y más de cuatrocientas cajas.

Así fue el destino de un egregio hombre de armas y del pensamiento de la época, que cuando desenvainó su espada podía compararse con Atila, que devastó La Galia, o con Alejandro Magno, que conquistó Egipto; más cuando de visibilizar una sociedad organizada se trata, su temple puede ser parangonado con el Montesquieu de la ilustración. 

Y así, El general en su laberinto, una de las obras consulares de la literatura latinoamericana y de las geniales composiciones de Gabriel García Márquez, hace una recreación de quien en los últimos fulgores de su existencia no supo cómo salir de ese laberinto en que la proximidad de una inevitable muerte le situaba. Tampoco supo cómo tanta gloria pasada cupiera dentro de un zapato, como se lo dijo a su fiel servidor.

 

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