Poesía

Blanca Wiethüchter y El verdugo

Un comentario sobre esta obra lírica desde la imagen de su autora que narra su propia experiencia, como novel sujeto poético, en otra temporalidad.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Jorge Saravia Chuquimia
Arquitecto

Jaime Saenz, en el poema Muerte por el tacto (1957) escribe el verso “no sé aún quién eres”. Y, de hecho, quizás, esta expresión sea la mejor forma de condensar el acercamiento a la vasta obra poética de Blanca Wiethüchter (1947-2004). Poeta que está en “la búsqueda de trascender la condición humana”, con la poesía, con el lenguaje. Y ese trascender significa viajar al territorio del arte poético porque la mejor forma de transitar la poesía es explorar la estética del poema. 

Centraré la tarea en El verdugo, poesía (del período temprano) que compone Wiethüchter, a la edad de 22 años y publica en la revista Temas sociales, N° 2 de febrero de 1969, publicación de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la UMSA. La revista  acoge artículos literarios, históricos, políticos y sociológicos, con ilustraciones de Pedro Shimose. Desde esta óptica, ensayaré un comentario a esta creación lírica desde la imagen de la poeta que narra su propia experiencia, como novel sujeto poético, en otra temporalidad. 

El título confunde de principio, pues da énfasis a la palabra “verdugo” que, partiendo de lo obvio y según la RAE es “el sujeto que se encarga de ejecutar a los condenados a muerte o, antiguamente, de aplicar los castigos corporales”, a otro sujeto. Más evidente es el gráfico que acompaña el poema, un dibujo de Shimose, donde aprecio a un hombre musculoso parado, desnudo del torso, encapuchado con gorro de verdugo, que porta en lo alto un hacha y esta a la espera de matar. En el suelo, el sentenciado está desnudo, arrodillado rehuyendo a la ejecución o a la muerte. Sin embargo, estas descripciones podrían hacer pensar, en alguna medida, que el tema del poema ha sido develado. Que el poema trata de una persona que hace cumplir la pena de muerte. La verdad es que esta interpretación es muy llana y esta opción provoca el deseo de indagar el efectivo sentido del enigma de ¿qué o quién es el verdugo? en el poema. 

Para revelar el enigma de la equivalencia del verdugo identifico términos claves dentro el poema de Wiethüchter, que me ayudarán a esbozar el posible tema de esta inspiración poética, desde la isotopía. Dentro este campo de significados encuentro las expresiones: “misántropo”, “miasma”, “madreselva”, “vientre”, “muerte”, que me hacen especular que el poema hablaría de alguien que está enfermo y este malestar es la aversión al ser humano. Esta suposición apresurada me crea más dudas. Entonces analizo desde otra orilla y expreso que El verdugo es un poema que reúne diez estrofas, en verso libre. Y está dividido en tres partes: El ser que mira el pasado vacío de su ser, El individuo que logra ocultarse de sí mismo y El poeta huye a otra dimensión de entendimiento. 

En la primera parte, la voz poética está estacionada y aterrada en una dimensión espiritual desierta. Desde allí, mira una imagen rara. Figura monstruosa que emana cierta enfermedad: “Ante la gruta / vacía de idolatría / arrojado / por sí mismo / y arrodillado / ante sí / absorto y condenado / gime / el misántropo / enumerando / sus entrañas / vacías”. El inhumano no tiene Dios, no tiene cuerpo porque esta hueco, deshabitado y “Por sus venas / fluye la miasma / del antiguo comercio / con la muerte, / y el desgajo / de tres noches buenas”. El inhumano estimula pánico y siente que es mirado: “Me asusta, su mirada / perdida en tumbas; / su anciana mirada / de perro / mendigando / una limosna / de dolor”.

 Las tres estrofas evidencian, la aparición de un pasado superficial. Un pretérito que según Walter Benjamin, expone “una noción ininteligible de vida”, pero, en el acto de mirar(se) “aparece ahora un orden espiritual y concreto, el nuevo cosmos del poeta” (Iluminaciones IV, 2011), un tiempo donde visualiza momentos de padecimiento y de tensión consigo mismo, donde solo exclama: “Le huyo…!”.

La construcción poética me devela un segundo espacio, el yo lírico (atiborrado) emigra a otra temporalidad para ocultarse del perseguido: la ensoñación. La entidad vacía lo acompaña como si fuera el mismo, e: “Intenta robar / a la noche / su crucifijo… / a la luna / sus venas azules. / Extiende sus garras / aullando / miseria / implorando / la pena / de mi vecino / al que falta dinero / para el pasaje / de regreso”. Le es difícil mirar retrospectivamente porque la impresión de esta figura con apariencia de muerte causa miedo. Sensaciones que son poetizadas: “Me inquieta / su boca / murmurando / piedad! / sus labios / móviles, / violetas / que presumen / tres cardenales, / estigmas impuros / de su función / despiadada”. El territorio de la ensoñación debe entenderse como el lugar de alojamiento del perseguido de su propio pasado y distinguir “la identidad de situación y situado” (Benjamin), o, dicho de otro modo, el poeta sale de un mundo conflictivo para inscribirse en un universo rodeado de otras diferentes incertidumbres.

Finalmente, el tercer momento proclama al poeta habitante del conflictivo mundo poético. Huye del verdugo para esconderse en regiones con nuevos estremecimientos. Es la experiencia nueva del poeta. En este lugar el hostigado pronuncia estas palabras: “Me espantan / sus manos / olvidadas / que apresan / lo desconocido / que reducen / mi vida / a su imperio / amputado / por lo absoluto / de su estirpe”. 

Los versos alcanzan a mostrarme el sentido de la muerte en el pasado. El verdugo sigue bregando, sin agotamiento, sobre la existencia del poeta. “Expulsa / su invitación / por sus llagas dormidas / naufraga / en las astillas / de mis cristales / quebrados! / viola mis noches / sagradas / amordazando / mi oración / al hombre y al tiempo”. El misterioso verdugo es la poesía.

Blanca Wiethüchter, según Jorge Luis Borges, busca la vida, busca la poesía porque la vida está hecha de poesía (Arte poética, 2010), y esa búsqueda es pelear constantemente con el verdugo, el lenguaje. El verdugo sería la figura de un no sujeto que persigue al poeta para transformarle. En definitiva, es la imagen de la poesía que problematiza la existencia del poeta. La poesía es la “gruta vacía” que acoge al verdugo y que acecha a la joven poeta paceña. Borges sentencia –citando a Emerson–, que la poesía es una “especie de caverna mágica llena de difuntos”, entonces Blanca Wiethüchter en El verdugo revive a esos difuntos, pues en ella la poesía es “inquebrantable / esculpe / mi danza de muerte”. 
 

 

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