Homenaje

Centenario de Huáscar Cajías Kaufmann

Descrito como “un hombre ejemplar”, el maestro de maestros destacó en la criminología y el periodismo. Este es un repaso de su fructífera vida y carrera.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Lupe Cajías
Periodista

 

El próximo 7 de julio de 2021 se cumplirá el centenario del nacimiento de Huáscar Cajías Kaufmann, un cruceño universal que dedicó principalmente su vida al Señor que fue su guía y su soporte y desde ese compromiso realizó múltiples actividades intelectuales y profesionales para el Bien Común de Bolivia y del mundo.

 Huáscar Cajías Kauffmann nació el 7 de julio de 1921 en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, donde vivió sus primeros años hasta el traslado de su familia a La Paz.

 Después de realizar sus estudios primarios en esa ciudad, fue alumno interno en el Colegio Don Bosco de Buenos Aires, Argentina, donde recibió diferentes distinciones por su excelencia académica.

 Volvió a su país para cumplir con el Servicio Militar y completar su formación universitaria. Realizó sus estudios profesionales en Derecho en la Pontificia Universidad Mayor de San Francisco Javier, de la capital de Bolivia y sede del Poder Judicial, Sucre. A la vez completó su carrera en Filosofía en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz.

 Cajías obtuvo su título de especialista en Ciencias Penales en la Universidad de Roma, Italia. Desde entonces fue considerado uno de los mejores, sino el mejor criminólogo boliviano del Siglo XX.

 Fue catedrático en la UMSA desde sus 22 años y cumplió casi cinco décadas de enseñanza, formando a decenas de generaciones de abogados, sobre todo en las materias de Criminología y Ciencias Penales. Fue profesor de Filosofía y director de esa carrera. Sus textos de criminología fueron y son lectura obligatoria en las principales facultades de ciencias jurídicas en Bolivia y en varios países latinoamericanos. 

Por esos aportes fue invitado a dar conferencias en diferentes lugares del mundo y perteneció a sociedades académicas en Bolivia y en América Latina.

 También organizó y fue Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Boliviana en La Paz, dictando cátedras y ayudando a jóvenes en sus tesis de grado.

 Fue profesor de maestros de educación física, en el INSEF, y de policías, en la Academia de Policías, aportando a la formación de decenas de maestros y policías.

 Dentro del área educativa se destaca su participación en el equipo que redactó el Código de la Educación Boliviana en 1955.

 En 1952 fundó el semanario y luego periódico católico Presencia, el cual habría de convertirse en el principal medio escrito de la prensa boliviana, con las marcas nacionales de mayor tiraje por sus primicias noticiosas. A la vez, por su calidad ética, este impreso mereció distintos premios de periodismo. Por su redacción pasaron los mejores periodistas bolivianos.

 Cajías recibió el Premio de Periodismo Moros-Cabot, el Premio Nacional de Periodismo –de la Asociación de Periodistas de La Paz– y esa misma entidad creó la medalla “Huáscar Cajías” para distinguir al mejor periodista de las nuevas generaciones.

 Como editorialista, Cajías se distinguió tanto por el contenido de sus comentarios y artículos como por el cuidado de su estilo y su amplio conocimiento de la lengua española. Perteneció a la Academia Boliviana de la Lengua y, como en sus otras actividades, fue igualmente reconocida su sabiduría.

 Cajías, católico militante y miembro activo del Movimiento Familiar Cristiano, fue embajador de Bolivia ante la Santa Sede, Italia, cargo que le permitió servir a su país en el extranjero.

 Naciones Unidas y otros organismos internacionales lo invitaron a exponer en foros, tanto como criminólogo y como periodista. Representó a Bolivia en la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes en Viena, Austria. Cajías hablaba italiano, inglés, francés, conocía el alemán, el griego y el latín y leía el portugués.

 En los últimos años de su vida hasta su muerte fue presidente de la Corte Nacional Electoral, cargo para el que fue elegido por unanimidad por su ética y ecuanimidad. Cajías dio credibilidad y autoridad a esa entidad que hasta entonces no era imparcial.

 Falleció a los 75 años de edad, el 1 de octubre de 1996. Sus hijos crearon la Fundación Cultural Huáscar Cajías K. para mantener su legado. Su biblioteca de casi 8 mil volúmenes, además de revistas especializadas, fue donada a la Biblioteca Nacional de Bolivia, donde una sala la guarda para que esté al servicio de la población.

 

Huáscar en el recuerdo

 Muchas personas recuerdan a Huáscar como amigo, colega, maestro. Su prima Carmen Terrazas tiene la imagen del patriarca siempre correcto y sencillo. Uno de sus más cálidos colaboradores, Mario Maldonado, remarca su serenidad, las múltiples anécdotas en Presencia enfrentando el poder. Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach escribió: “Para mí fue una experiencia muy significativa trabajar con el doctor Huáscar Cajías, cuando él dirigía el periódico Presencia y yo cumplía funciones como corresponsal en Tarija. Tratar con él era muy grato e instructivo, organizaba reuniones de trabajo y paliques con diferentes personas, lo que daba lugar a que uno aprenda mucho de sus enseñanzas. Tengo un recuerdo muy agradecido para su memoria.

 Rosángela Conitzer de Echazú, una de sus discípulas preferidas en la Facultad de Filosofía de la UMSA lo describe como el “hombre ejemplar”.

“Antes de hacer reminiscencias de don Huáscar Cajías Kaufmann, quiero reflexionar sobre lo que entiendo por ‘hombre ejemplar’. No es el sabio, el héroe, el asceta, el ser humano con dotes casi sobrenaturales. No, es una persona que se convierte en modelo para muchas otras porque ha sabido tomarse la vida en serio, con responsabilidad, sensatez y dedicación, poniendo amor sin aspavientos en todo lo que realiza, allí donde le toca actuar; en su círculo familiar, su ámbito laboral, su trato personal; sirviendo a su comunidad para que todos alcancen una vida digna, llena de sentido, más grata y feliz.

 Así, destacando los rasgos que resalto en él, para mí, hombre ejemplar parece que no hubiera hecho otra cosa que describir a don Huáscar Cajías, quien, además de todo lo que atribuyo a este ser humano modelo, tenía un importante y destacado rasgo: la entrega generosa y desinteresada de todo lo que tenía, sabía y que fue acumulado a lo largo de su vida. Don Huáscar, como lo llamábamos sus alumnos (esto prueba su modestia; tuve en mi carrera catedráticos que no renunciaban al ‘doctor’ por nada del mundo) fue no sólo mi profesor, fue también mi maestro. Scheller diría –haciendo una paráfrasis– que uno olvida el contenido de lo que le enseñó un profesor, pero mantiene vivo lo que le transmitió el maestro. Curiosamente no he olvidado lo que aprendí en dos materias centrales dentro del estudio de la filosofía: Filosofía Griega y Filosofía Medieval; pero ante todo varias cosas me quedaron impregnadas para siempre en mi larga práctica docente con el pasar de los años: su profundo conocimiento de la materia; nunca tuvimos sus alumnos la impresión de que simplemente estaba leyendo de su cuaderno, una carpeta como la que solíamos tener en la primaria, unida por un ‘guato’, que abría al empezar su clase. 

Ese tesoro era la elaboración escrita y resumida de años de lecturas, meditaciones, disquisiciones, interpretaciones de los grandes pensadores de la antigüedad y la Edad Media que él tenía la magia de transmitirnos de manera ‘clara y distinta’, nos presentaba cualquier contenido como inteligible, sorprendente y enriquecedor. 

A este su profundo conocimiento y dominio académico se sumaba su impecable disciplina y rigor docente. Jamás llegó tarde a una clase, ni la terminó 10 minutos antes, no existía aquello de que ‘se suspendió la hora, el profesor no puede venir’; él estaba pulcro, puntual sentado en su mesa así hubiera un solo alumno. Su honestidad en el desempeño de la cátedra era proverbial, la Universidad le pagaba para enseñar y él no sólo cumplía, sino que lo hacía con amor y devoción por su materia como si se tratara casi de una sagrada misión. 

En el Goethe Institut daba yo clases de alemán a las 11:30 de la mañana, principalmente para las madres de familia que querían ayudar a sus hijos en el colegio y que se iban luego, caminando y charlando, a recogerlos a la Ecuador y Aspiazu. Cuál no sería mi sorpresa cuando en un curso veo sentados en mi aula a don Huáscar Cajías y a don Luis Ossio. ¡Qué honor, qué responsabilidad! Don Huáscar era el mismo ya sea en el rol de profesor o de alumno, puntual, atento, cumpliendo con todas las tareas y los requisitos, pero además siempre ávido por aprender, por poder interpretar la vida en otro idioma, es decir en una mentalidad diferente y extraña. 

A 100 años de su nacimiento estoy ansiosa de enterarme de los testimonios de gente que estuvo cerca de él, pienso en primer lugar en sus hijos; ellos recibieron el intangible legado de su ejemplo y siguieron sus huellas destacando como gestores culturales, extraordinarios y sobresalientes docentes, académicos, educadores, escritores, periodistas, artistas; cómo lo revive el resto de su familia, la gente con la que él trabajaba en la prensa, la curia, la Universidad. 

Estoy segura de que siempre y donde estuviera don Huáscar fue definitivamente un hombre ejemplar”.

 Por su parte, Juan Cristóbal Soruco, quien también fue director de Presencia, lo describe así: “Cuando recuerdo al Dr. Huáscar Cajías Kaufmann me vienen, como una sucesión de imágenes, tres escenas. La primera, cuando lo escuché por primera vez en ‘vivo y directo’. Era una reunión de periodistas que convocó el viejo y hoy inexistente MIR para explicar su propuesta de convocar a una Asamblea Constituyente, sosteniendo que no era un acto inconstitucional, por aquello de que lo que la ley no prohíbe, se puede hacer.

El Dr. Cajías, con su suave, pero contundente tono, les dijo que no era tal, pues la Constitución en vigencia incluía la forma en que debería ser reformada, por lo que la propuesta del MIR no era constitucional y, sobre todo, era muy peligrosa (el tiempo de encargaría de darle la razón, tanto porque la mejor reforma de la CPE fue realizada como disponía la norma, como por las consecuencias de la reforma vía Asamblea Constituyente).

La segunda escena está compuesta por las charlas con el Dr. Cajías en Presencia. Ana María Romero de Campero me nombró Jefe de Redacción de ese periódico, y el Dr. Cajías iba los días sábado a dejar la columna dominical que publicaba; fueron varios, pero siempre pocos a mi gusto, los sábados en los que con toda sencillez –era presidente de la entonces Corte Nacional Electoral—me charlaba de una serie de temas recayendo en nuestro oficio de periodistas. Y estoy consciente de que, como me sucedió con José Gramunt, por ese método se convirtió en uno de mis maestros más generosos.

La última escena es de la última vez que lo vi y abracé. Fue en la misa de nueve días en recuerdo de mi madre. Él se sentó cerca de mí, rezó como él sabía hacerlo como laico católico que era, y al terminar se me acercó y me abrazó, sentí, mucho afecto…

Luego sobrevino su enfermedad y sólo le mandaba saludos…

A esta sucesión de recuerdos, debo agregar el legado que ha dejado en varios campos, especialmente sobre nuestro oficio, que siempre rescato porque es obra de un ser humano íntegro y generoso…”.

 

Recordarlo siempre

 Son muchísimas las voces que quieren recordar a HCK en este centenario de su nacimiento. Es posible que los actos preparados en las diferentes áreas donde destacó no se puedan dar como deseaban los hijos.

 En cambio, continuaremos difundiendo esos aportes para que las nuevas generaciones sepan que hubo y hay bolivianos ejemplares para la nación y para la humanidad, sin distinción de épocas, culturas, religiones y clase social.

 

 

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