Versos

La causa de la poesía

Preguntándose sobre la suerte de la poesía y sus condiciones de recepción, el autor cita los polos extremos y opuestos de Mallarmé y Amado Nervo.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.
Escritor

De la causa como origen a la causa como bandera que defender, media un trecho que múltiples veces recorren las voces de la poesía en su historia, si tal cosa unitaria como la poesía existiera.  Es tal la diversidad de poemas, en efecto, de versos o estilos por el mundo, de lo oral a lo escrito y a lo largo de la historia, que ya en las primeras páginas de El arco y la lira, Octavio Paz prevenía: “uno se siente tentado a coincidir con Ortega y Gasset: nada autoriza a señalar con el mismo nombre a objetos tan diversos como los poemas homéricos, los Upanishads, los sonetos de Quevedo, las fábulas de La Fontaine y el Cántico Espiritual”. Y Ortega aún no sabía de la vieja poesía china, del haikai o Gilgamesh… Mucho menos, que con los años irían a aparecer antologías y recopilaciones de poesía oral de todos los rincones de la tierra.

Pese a todas sus versiones, variaciones, metamorfosis o disimilitudes, sin embargo, parece que en todas las culturas, un mismo impulso o movimiento, elán, causara una u otra suerte de canto, recitación o escritura particular, en todo caso un hecho singular y privilegiado de lenguaje, separado y puesto aparte, ya tenga derivas o contiguidades religiosas, míticas o de mero cuento o entretención, muy próxima a la canción. En su sentido más amplio y abarcador, el menos restringido, la poesía pareciera casi un universal cultural, casi como la música, aún si reconociéramos que, en efecto, hay diferencias y distancias “abismales” entre tal y cual ejemplo. 

Pero pasado el momento de reconocer esa comunidad de origen, y que bajo una misma denominación, la de poesía, agrupa los textos y tradiciones más disímiles, llega la hora de preguntarse, inevitablemente, sobre la suerte actual de la poesía y sus condiciones de recepción. O sobre cómo anda la causa de la poesía, ese género a un tiempo en auge festivalero y, paralelamente, divorciado del público general. Pero esta interrogación, a su vez, concierne en cada caso a distintos idiomas y países, ciudades y tradiciones. 

Hay, sin embargo, algunos aspectos generalizables de la deriva de la experiencia poética, a su manera emparentada con la suerte de la música, o la pintura mismas, en su tránsito a la “contemporaneidad” y con su consiguiente divorcio, también, del grueso del público. En cuanto a la poesía, incluso, el parteaguas que la escindió (generalizando muy excesivamente, por razones de espacio) tiene un nombre propio: el de Mallarmé (1842-1898). De pronto y cada vez más, la poesía empezó a tornarse “difícil”, requiriendo de lectores cada vez más experimentados, más leídos, más cultos… Si antes hubo una poesía hermética, ésta lo había sido a la luz esotérica e iniciática, rondando espacios mágico religiosos, cultivadora de claves y secretos. 

El nuevo hermetismo posmallarmeano en cambio, que tanto puede tocar a Lezama o a Celan es, evidentemente, de muy otra índole, aunque igual más apelaría, por supuesto, a hermeneutas que a lectores comunes. Se trata, digamos, de un hermetismo estético y profundamente individual, en el que las palabras se preocupan más por jugar entre sí mismas que por la revelación de sus contenidos. 

Para ver cuán difícil es descifrar y comprender cierta poesía hermética, basta recordar que, por ejemplo, que en muy buenos libros Garden Davies “traduce” lo que quiso decir Mallarmé. Lo mismo hizo Dámaso Alonso (y otros) con Góngora, que ya en el Siglo de Oro español se alejó del lector común y Alonso lo  “traduce” al lenguaje normal a fin de que se pueda comprender lo que el poeta “quiere” decir.

Octavio Paz, por su parte, traduce así al español la primera estrofa del soneto de Mallarmé rimado, en el original, en ix: “El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda,/La Angustia, es medianoche, levanta, lampadóforo, / Mucho vesperal sueño quemado por el Fénix /Que ninguna recoge ánfora cineraria…” Para entender bien todo ese poema, y acabar gozándolo asombrado, hay que leerse antes todo el artículo que Paz le dedicó y en el que lo explica (en Traducción, literatura y literalidad).

Pero si bien ese parte aguas que significó Mallarmé cambió para siempre la poesía, no todos, sin embargo y menos mal, (ya que es buena una multiplicidad de técnicas y formas), siguieron sus profundas y difíciles sendas. De ninguna manera se cerraron otros caminos para la poesía y ésta, en otros lados y con otros modos, siguió cosechando sus éxitos y lectores, aún a riesgo tantas veces de emprenderla, en el peor de los casos, como número en escenarios decorativos o  cursi-sentimentales.

Ningún ejemplo más espectacular, en las antípodas de Mallarmé, del que fue ese gran “clásico” latinoamericano, que no faltaba en ningún salón o biblioteca que entonces se preciara  y luego sería olvidado por los lectores, relegado por la historia literaria: Amado Nervo (1870-1919). Los datos sobre el largo velorio marítimo del poeta son alucinantes: Murió en 1919, a sus 49 años (que hoy parecen poco) en Montevideo, siendo cónsul de México. Y “su cadáver fue trasladado a México por el crucero Uruguay de la Armada Uruguaya, escoltado por el crucero Argentino 9 de julio. Al llegar a La Habana se unieron a esta escuadra internacional los buques Zaragoza y Cuba.” (Wikipedia). 

Y comenta Monsivais (en Aire de familia) que “la llegada a Veracruz es apoteósica, y en el recorrido a la capital de la República hay veladas literarias y honras fúnebres. Esto culmina en el magno entierro en donde de un modo u otro participa la tercera parte de la población de la ciudad, trescientas mil personas.” 

Que su poesía alcanzaba por igual, había comentado antes Monsivais, “a gobernantes y amas de casa, a liberales y conservadores”. Y en semejantes escenarios propios del modernismo, ¡ni qué decir de Darío! (al que ni muchos lectores abandonarían y la historia mantiene en el más alto podio). Monsivais de nuevo, comenta: “En Lima, Buenos Aires, Santiago de Chile, Guatemala o Ciudad de México, también los analfabetos declaman: “La princesa está triste/ ¿qué tendrá la princesa?/ Los suspiros se escapan/ de su boca de fresa…”

Al escuchar semejantes cosas, uno no puede menos de lanzar un histórico suspiro y preguntarse, incluso lamentarse: ¿y esos tiempos, qué se hicieron? ¿Se rompió algo en el camino, y qué?

Actualmente, ni en el mejor de los casos, ningún poeta logra un grado de “popularidad” (nótese la palabra) latinoamericana de semejantes dimensiones. Juzgar hoy severamente el contenido ligero de esa poesía y esos poetas (Jaimes Freire está con ellos) es menos interesante que preguntarse por las condiciones de posibilidad de su penetración en el “pueblo”, para usar tan fatídica palabra. Teniendo en cuenta, además, el fenómeno inverso y actual, en que la poesía de calidad se aleja y divorcia enormemente del lector común, mientras al mismo tiempo se agita, más desaforada que nunca, la actividad poética con sus festivales, encuentros, premios, talleres, pequeñas editoriales artesanales, Instagran, YouTube, lecturas… Un tema, la verdad, que merece seguirse.

 

 

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