Letras

Octavio Paz, Joyce y la historia

“Joyce dijo que la historia era una pesadilla. Se equivocó”, sostuvo el Nobel mexicano. Pero el que se equivocó fue Paz y en más de un sentido, plantea este ensayo.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Walter I. Vargas
Ensayista y crítico literario

Supongo que puedo adelantarme un año a la centuria del Ulises de James Joyce, que se cumplirá en 2022, como pretexto para comentar una referencia que hace Octavio Paz en La otra voz. Poesía y fin de siglo (1990), uno de sus últimos libros (como se sabe, murió ocho años después). En uno de los ensayos que conforman este volumen, Poesía, mito y revolución (en realidad, un discurso pronunciado por la entrega de un premio en Francia), dice en cierto momento: “Joyce dijo que la historia era una pesadilla. Se equivocó: las pesadillas se disipan con la luz del alba, mientras que la historia no terminará sino hasta el fin de nuestra especie”. Pero quien haya leído con la suficiente curiosidad la novela joyciana –que será todo un tostón que solo puede leer quien tiene mucho tiempo libre, pero ofrece tesoros que así lo ameritan– se dará cuenta que el que se equivocó un tanto groseramente fue el propio Octavio, y en más de un sentido. 

En primer lugar, la idea, tal como está citada por Paz, está incompleta. En el cuarto capítulo de la segunda parte se dice que “la historia es una pesadilla de la que no se puede despertar” (la cursiva es mía). Esto es, precisamente aquello que Paz presume corregir: la idea terrible de la historia como un mal sueño, pero que, a diferencia de las pesadillas cotidianas, es interminable, desde hace miles de años y quien sabe hasta cuándo; o, en la célebre versión shakespereana: “la vida es una sombra, una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, y que nada significa”.

He escrito “se dice” porque en efecto, ningún personaje parece ser el que sostiene semejante idea (la escena es una charla en las oficinas de un periódico entre amigos y periodistas), a diferencia de lo que pasa antes, en el segundo capítulo de la primera parte, donde –y esto enriquece y hace más interesante el asunto– es Esteban Dédalus –uno de los dos protagonistas famosos de la novela– el que alude a la misma imagen, pero en un sentido diferente, en realidad contrapuesto. Dice: “la historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar” (la cursiva…). El jovenzuelo artista que gustaba de lanzar frases oraculares a sus amigos lanza aquí una suerte de profesión de fe en la transformación y/o superación de la realidad.

Dejo el arduo asunto de quién dice en realidad esas palabras en el primer caso, al estudioso joyciano que seguramente ya lo ha hecho en algún lugar, solo una de las mil sendas técnicas que ofrece “el” Ulises a una ciencia cuya práctica tengo el orgullo de no haber ejercido: la narratología. En todo caso, y esta es una tercera observación a la declaración de O. Paz, hay que recordar la obviedad de que atribuir al autor de una novela las palabras de un personaje es un abuso en el que suelen caer los poetas que miran con condescendencia a los novelistas. 

Total, que la cita es la típica de alguien que no parece haber leído la frase en el libro, sino haberla escuchado por una referencia o de oídas. De lo contrario, habría usado a Joyce para reforzar sus ideas pesimistas sobre el devenir, por lo demás tan enjundiosas. 

Porque el Paz ensayista era así. Uno de sus deportes intelectuales era explayarse a placer sobre la identidad y destino de la poesía, no solo como arte literario, sino en relación con la sociedad y la historia. Según su propia explicación (por eso precisamente lo subtitula Poesía y fin de siglo), La otra voz es una continuación y culminación de aquellos afanes que lo entusiasmaban tanto, libros orgánicos como El arco y la lira, de los años 50, y Los hijos del limo, de 1974, pero también otros muchos ensayos sueltos. Es decir, conserva el tono y postura con el que hablaba el mexicano en sus ensayos: como si la poesía fuera una suerte de corporación destinada a luchar sus luchas en la historia de la cultura. Así en este libro bailan conceptos como modernidad y romanticismo, analogía, revolución (o mejor, razón revolucionaria), posmodernidad, etcétera, ideas a las que está acostumbrado el lector de Paz. De acuerdo a eso, la “otra voz” –esto es, los poetas y sus poemas– ejerce de una u otra manera una respuesta a la historia y sus miserias. 

A esa incierta y tenue luz, vale la pena reflexionar lo que pensaba ante la inminencia del siglo XXI, que hoy nos tiene a nosotros un tanto apesadumbrados. En otra parte, por ejemplo, afirma con clarividencia: “Es imposible desde luego saber hacia dónde se van a dirigir las sociedades y los pueblos en el siglo XXI. Ya están a la vista en muchas partes del mundo signos inquietantes del regreso de las viejas pasiones religiosas, los fanatismos nacionalistas y el culto a la tribu”. Como el oficio de comentar la actualidad en modo aficionado es cómodo, se puede pensar al respecto en cosas como el islamismo terrorista y salvaje del estado islámico, la nueva guerra fría, la guerra caliente en Siria (aproximadamente 400 mil muertos rápidamente olvidados), los populismos aquí y acullá, etcétera. Sin embargo, yo diría que estos asuntos sólo aparentan ser rebrotes de los viejos vicios sigloventinos, pues exceden los esquemas mentales del siglo pasado. Por ejemplo, el despotismo militar venezolano que tan entrañable y fraterno es para nuestros “socialistas” domésticos, no se diferencia nada del birmano que acaba de reverdecer viejos laureles estos días, por lo cual sería bueno que dejemos de una buena vez de hablar de izquierdas y derechas como loritos. Por ejemplo, ¿quién podía imaginar –excepción hecha de Mr. Bill Gates incriminado por Miguel Bosé de ser el responsable de lo que pasa, a eso hemos llegado–, la plaga egipcia que estamos soportando? ¿Qué Orwell podía imaginar que el Big Brother aparecería en forma de redes sociales, fibra óptica y satélites?

Ni modo: el mal sueño continúa. Pero, al fin y al cabo, Joyce era un hombre europeo que vivió muy de cerca las dos guerras mundiales, así que para no terminar tan sombríamente, yo compararía ahora su frase, no con Shakespeare, sino con alguien más nuestro, más latinoamericano: el poeta argentino César Fernández Moreno, quien con optimismo sentenció: “La vida es un burdel, pero a la larga uno aprende a regentarlo”.
 

 

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